Gorillaz - Huida del planeta de los simios
Rolling Stone - México|Marzo 2018
Gorillaz - Huida del planeta de los simios

Hace dos décadas, Damon Albarn imaginó un futuro caótico y oscuro. Desde entonces trabaja para convertirlo en otra cosa

Por Pablo Plotkin

Damon Albarn tiene algunas fantasías no resueltas con Gorillaz. Si le alcanzara el presupuesto, haría un largometraje de ciencia ficción político protagonizado por 2-D (su álter ego: el cantante con ojos en black out), Murdoc Niccals (el hooligan que toca el bajo), Noodle (la guitarrista japonesa que fue reemplazada por un cyborg) y Russel Hobbs, el baterista de Brooklyn poseído por un beat letal. Si pudiera, también delegaría los shows en sustitutos hologramáticos. Podría estar en Mali o en Londres mientras su versión incorpórea –un humanoide digital con rasgos de primate, pelo azul y dentadura incompleta– canta canciones de amor y apocalipsis en el Jockey Club de Asunción del Paraguay. Todo muy lindo, muy futurista y muy espectacular. Pero Damon Albarn no es Taylor Swift. “Ciertamente”, dice Albarn en el bar del Greenwich Hotel. “No soy Taylor Swift”.

Ubicado en la zona de Tribeca, en el surde Manhattan, el edificio tiene tanta clase que para definirlo basta con un dato: Robert De Niro es uno de sus propietarios. Es un hotel boutique con frente de ladrillos rojos y habitaciones decoradas con azulejo marroquí y mármol de Carrara.

“No soy un artista comercial”, dice reclinándose en el sofá. “Sobrevivo como puedo en el circuito comercial porque tengo una base de fans grande, pero a mí no me pasan por la radio. No me pasaron por radio durante 12 años, quizás. Creo que se dieron cuenta de que mi música es un poco distópica para el consumo pop masivo. Es lo que es, me aguanto”.

Para alguien que ha cerrado varias fechas en festivales importantes como el Vive Latino, el discurso del outsider incomprendido parece fuera de lugar. “Por supuesto”, dice Albarn con una sonrisa. “Soy muy afortunado, puedo hacer muchas más cosas que la mayoría, pero cuando empezamos en esto quizás vendías 10 millones de discos y te podías gastar un millón de libras en la producción de una película. Ahora vivimos en otro mundo, y tengo que ser más pragmático”.

Eso explica, en parte, por qué sigue embarcándose en giras enormes como la de Humanz, el disco del año pasado que le devolvió a Gorillaz el centro de la música global, y que llevará a la banda a presentarse en vivo el 18 de marzo en el Vive Latino. “Es importante para mí… trabajar”, dice Damon con total simpleza. “Tengo un par de proyectos para estos próximos dos años –cosas que quiero hacer en el oeste de África, por ejemplo– que me van a demandar mucho tiempo, aprendizaje de idiomas y demás, y que ciertamente no me van a dejar mucho dinero. Así que una gira grande de Gorillaz ayuda bastante”.

Por el momento, además, no están los hologramas. Es él con su guitarra o su melódica al frente de una orquesta de músicos de carne y hueso –humanos, después de todo–, mientras los personajes animados se mueven en las pantallas como fantasmas condenados a un largo encierro digital.

Quizás no es el futuro que soñaron alguna vez con el dibujante Jamie Hewlett, pero se le parece bastante.

Hacia fines de los años noventa, Damon y Jamie eran dos artistas que vivían momentos de quiebre en sus carreras: Damon lidiaba con la transformación de Blur mientras la espuma del britpop bajaba (él aparecía como el mariscal de la derrota frente al triunfo popular de Oasis), y Jamie buscaba nuevos rumbos después del éxito del cómic Tank Girl, que en 1995 había sido adaptado al cine. Ambos se acercaban a los 30 años, acababan de separarse (Albarn de Justine Frischmann, la cantante de Elastica, y Hewlett de Jane Olliver, amiga de Justine) y compartían un departamento mítico en la zona de Notting Hill.

Expuestos a la pantalla de MTV durante buena parte del día, en el auge de las bandas prefabricadas, Albarn y Hewlett tuvieron la idea de crear su propio producto pop con una dosis de subversión estética, y armaron Gorillaz en el año en que se fundó Google: 1998. Esos dos datos parecen inconexos, pero sirven para figurarse en qué clase de mundo surgió la banda insignia de la era de internet. Un mundo completamente distinto al que tenemos hoy. Facebook todavía no era siquiera un proyecto. Los teléfonos inteligentes aún no existían. Cuando salió el primer disco de Gorillaz, en marzo de 2001, las Torres Gemelas seguían dominando el paisaje de Manhattan.

Pasaron menos de 20 años y todo eso suena arcaico. Sin embargo, Gorillaz sigue pareciendo nuevo, y no hay otra banda que haya definido con tanta plasticidad el Zeitgeist de estas dos primeras décadas del siglo: alienación, caos, grabaciones colaborativas, mixtura rítmica, realidad virtual y multiculturalismo. Apoyándose en intuiciones políticas elementales, su extraordinario talento musical y una firme disciplina de trabajo, Albarn generó una matriz lo suficientemente maleable como para contener casi todo: del soul clásico al punk electrónico, de Lou Reed a Ibrahim Ferrer, Albarn procesa cualquier información sonora y la convierte en un tema de Gorillaz. Puede ser un rap bombástico una canción de cuna para robots, pero siempre estará su filtro, su melancolía radiactiva para llevar la producción a un campo de batalla amplio e inconfundible: el ruido de fondo de un parque de niños posnuclear.

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