El secuestro de 276 alumnas nigerianas indignó al mundo, si bien 112 siguen desaparecidas, las supervivientes recuperan su futuro.

National Geographic en Español|Marzo 2020

El secuestro de 276 alumnas nigerianas indignó al mundo, si bien 112 siguen desaparecidas, las supervivientes recuperan su futuro.
Esther Usman posa detrás de su dormitorio al noreste de Nigeria, donde vive y estudia junto con más de un centenar de “niñas de Chibok”. Estas jóvenes sueñan con hacer carreras en negocios, medicina o como defensoras de derechos humanos.
Por Nina Strochlic. Fotografías de Bénédicte Kurzen
El 14 de abril de 2014, el grupo militante Boko Haram secuestró a 276 colegialas en Chibok, una ciudad del noroeste de Nigeria. Aun cuando 112 de ellas siguen desaparecidas, la mayoría de las supervivientes ha reanundado sus estudios en New Foundation School (NFS), un programa de preparación universitaria implementado en el campus de Yola, de la Universidad Estadounidense de Nigeria (AUN). Entre ellas se encuentran (hacia la der., desde arriba a la izq.) Awa Abuga, Glori Aji, Mwada Baba, Yana Joshua, Kume Ishaku y Grace Paul, quienes posaron en un estudio fotográfico imporvisado en el salón de recreo de su dormitorio.

AQUELLA NOCHE DE ABRIL, PATIENCE BULUS Y ESTHER JOSHUA SE TOMARON DE LAS MANOS CUANDO LAS SACARON DEL DORMITORIO A PUNTA DE FUSIL.

Las separaron al abordar un camión de caja abierta, pero Patience pudo distinguir la voz de Esther entre la multitud de alumnas aterradas que preguntaba: “¿Qué va a pasar?”.

Alguien saltó por un costado y, de pronto, otras jóvenes comenzaron a precipitarse hacia la oscuridad, dispuestas a correr el riesgo de recibir un balazo o perderse en la selva con tal de escapar de sus captores. Patience miró a su lado. Esther estaba al fondo del camión, así que empezó a abrirse paso hacia un flanco del vehículo y saltó sin su amiga.

Desde hacía cinco años, la insurgencia rebelde que aterrorizaba el noreste de Nigeria había ocasionado el cierre de centenares de escuelas. Pese a ello, en abril de 2014, la Secundaria Gubernamental Femenina en Chibok reabrió sus puertas para que las alumnas presentaran sus exámenes finales. En una región donde menos de la mitad de las niñas estudia la primara, aquellas escolares desafiaban la convención social que imperaba desde mucho antes del conflicto. Y así, hacia las 11 p.m. del 14 de abril, los militantes de Boko Haram –nombre que se traduce como “prohibida la educación occidental”– secuestraron a 276 jóvenes, irrumpiendo en los dormitorios de la escuela para forzarlas a abordar los camiones en que habrían de transportarlas a su guarida, en el bosque de Sambisa, reserva natural que el grupo yihadista había ocupado para librar una guerra contra el gobierno nigeriano.

En 2016, una patrulla civil dio con Amina Ali que deambulaba por la Reserva Dorestal de Sambisa. Amina fue la primera estudiante rescatada. Ese mismo año, el gobierno nigeriano negoció la liberación de 21 jóvenes y, en 2017, rescató a otras 82.

El ataque desató la campaña #BringBackOurGirls, una protesta internacional. Aun cuando Chibok no era más que una población apartada y casi desconocida, los secuestros transformaron la localidad en símbolo de algunos de los problemas más apremiantes de Nigeria, entre ellos la corrupción, inseguridad e invisibilidad de los pobres. El incidente recibió amplia cobertura mediática: las 57 víctimas que escaparon desde el inicio; el calvario de las 10 muchachas que terminaron en diversas escuelas estadounidenses; videos en los que Boko Haram mostraba a sus apesadumbradas cautivas; dos emotivas liberaciones de un total de 103 jóvenes, presuntamente a cambio de dinero y militantes capturados, y las adolescentes que, según los relatos, escaparon por su cuenta poco después.

Estudiantes de Chibok se fotografían el último día de clases, antes de los exámenes finales y las vacaciones de verano. Quince egresadas del programa NFS han iniciado sus estudios en la AUN. Cada semana, algunas colaboran como mentoras del NFS.

De las 276 estudiantes secuestradas en Chibok, 112 siguen desaparecidas y se presume que algunas han muerto. Hace dos años y medio, el gobierno hizo arreglos para que más de 100 supervivientes continuaran sus estudios en campus estrechamente vigilados en el noreste de Nigeria. Después de eso, poco se ha hablado de ellas.

EL VERANO SIGUIENTE al secuestro, Patience regresó a su aldea natal de Askira, donde se dedicó a escuchar música góspel y asimilar el hecho de que el ataque había puesto fin a su educación. Entrevistada muchas veces para que explicara lo ocurrido aquella noche y acosada por otras familias que preguntaban por sus hijas, Patience estaba harta de repetir la historia del 14 de abril.

Al igual que otras nueve supervivientes, recibió una invitación para estudiar en Estados Unidos.

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