Mujeres en movimiento
National Geographic en Español|Febrero 2021
Ya sea por temor, esperanza o desesperación, millones de mujeres en el mundo migran cada año en busca de una vida nueva.
By Aurora Almendral. Fotografías de The Everyday Projects

Una mujer camina a casa a través de un campo abrasado por la sequía en Somalilandia. Un clima cambiante y más extremo ha trastornado millones de vidas en el Cuerno de África. A medida que el ganado, las cabras y los camellos mueren, los pastores seminómadas como ella no han tenido más remedio que emigrar, a menudo a campamentos de desplazados o ciudades.

Raxma Xasan Maxamuud nunca quiso dejar su casa en Somalilandia, pero un ciclo implacable de sequías convirtió los ríos en polvo y secó los pastos de los que dependía su ganado. En Honduras, la violencia llevó a Kataleya Nativi Baca, una mujer transgénero, a un viaje peligroso hacia la frontera con Estados Unidos.

Las mujeres constituyen cerca de la mitad de quienes emigran fuera de sus naciones y dentro de sus propios países, algunas atraídas por la promesa de un futuro mejor; aunque para quienes se enfrentan a la hambruna o al peligro en sus territorios de origen, la migración es una apuesta por su propia supervivencia.

Para este reportaje, las fotógrafas de The Everyday Projects –una red mundial que desafía estereotipos con perspectivas diversas– exploran cómo las adversidades y obligaciones, la violencia, la pobreza, el cambio climático y otras fuerzas menoscaban la vida de las mujeres, lo que las impulsa a realizar viajes que les cambian la vida.

La Organización Internacional para las Migraciones informó que, en 2019, había 272 millones de personas, 130 millones de ellas mujeres, que vivían en una nación que no era la de su nacimiento. Más de 60 % de esos migrantes viven en Asia y Europa. Sin embargo, la mayor parte de la migración internacional es de carácter regional, con movimientos hacia y entre países del Medio Oriente, África del Norte y el África subsahariana, que son los que crecen con más rapidez.

En los últimos decenios, las mujeres han emigrado cada vez más a países ricos para convertirse en el sostén de la familia, en lugar de reunirse con sus parientes. Aceptan empleos en el trabajo doméstico, en el cuidado de niños y ancianos, así como en la manufactura y la agricultura, un cambio que se describe como “la feminización de la migración”. Las mujeres migrantes que viven en el extranjero tienen más probabilidades de estar sobrecalificadas para esos trabajos y ganar menos que los hombres; la mayor parte de los ingresos la envían a sus familias en su nación de origen.

Para las mujeres que escapan de la violencia o la pobreza, las rutas clandestinas que toman aumentan su vulnerabilidad al tráfico sexual, agresiones y violación. Y para aquellas que van a territorios con leyes débiles o son indocumentadas, asegurar sus derechos humanos puede resultar imposible.

La migración forzada de refugiados y solicitantes de asilo aumentó un promedio de 8 % anual de 2010 a 2017, en comparación con menos de 2 % de la migración internacional. De los 33.8 millones de personas que se vieron obligadas a emigrar al extranjero en 2019, casi la mitad eran mujeres. Ese año, otros 33.4 millones de personas, más de la mitad de ellas mujeres, se vieron obligadas a desplazarse dentro de sus propios países, 75 % de ellas debido a desastres naturales.

En las páginas siguientes contaremos las historias de cinco mujeres migrantes que ilustran diversas facetas de la experiencia de reubicación: la decisión de partir, la esperanza y las dificultades del viaje, la llegada a circunstancias desconocidas, la adaptación a una nueva vida y la comprensión de que, por más exigente o traumático que sea el desarraigo del hogar, la migración puede ser un camino hacia la libertad.

Aurora Almendral es una periodista radicada en el sureste de Asia, cuyo artículo anterior para la revista trataba sobre la cultura de la migración en Filipinas.

Esperanza y resiliencia

En los últimos años, millones de mujeres han dejado sus hogares para viajar entre pueblos y urbes, y a través de las fronteras, en busca de nuevas vidas. La COVID-19 redujo el flujo, pero las presiones para emigrar –violencia, opresión, sequía, pobreza…– aún persisten. La esperanza de cambio lleva a muchas a embarcarse en traslados que pueden ir de la alegría a la tragedia.

La red de The Everyday Projects utiliza la fotografía para desafiar estereotipos y expandir la narrativa en todo el mundo. Ocho fotógrafas se reunieron para documentar el impacto de la migración en las mujeres de todo el orbe.

Este artículo se creó con el apoyo adicional de National Geographic Society. Para obtener un plan de estudios complementario, creado por el Centro Pulitzer para estudiantes de secundaria, visita pulitzercenter.org/ womenonthemove.

01 SOMALIA PÁGINA 62

MIGRAR O MORIR | Después de que la sequía matara su ganado, una pastora somalí no tiene más remedio que unirse a un campamento de desplazados.

02 HONDURAS > MÉXICO PÁGINA 68

EL VIAJE | Para una solicitante de asilo transgénero, el paso a través de México hacia la frontera con EUA está lleno de expectativas. Entonces llega la desesperación.

03 VIETNAM > SINGAPUR PÁGINA 76

EL CONTRATO | Una mujer vietnamita busca seguridad financiera para su familia a través de un matrimonio negociado con un hombre en la próspera Singapur.

04 MYANMAR > AUSTRALIA PÁGINA 80

ENCONTRAR LA PAZ | Una mujer rohinyá, cuya familia escapó de la violen-cia y la opresión de su pueblo en Myanmar, disfruta de libertad y seguridad en Sídney.

05 PAKISTÁN PÁGINA 84

NUEVAS OPCIONES | Una joven nacida durante la diáspora afgana en Pakistán deja su hogar para encontrar más libertad a través de la educación.

01 SOMALIA

FOTOGRAFÍAS DE NICHOLE SOBECKI

Migrar o morir

PERDIÓ CASI TODO CUANDO LA SEQUÍA MATÓ SU GANADO. AHORA ESPERA SU OPORTUNIDAD EN UN CAMPAMENTO PARA DESPLAZADOS

Un camello joven tira del hiyab de Cadar Maxamed en Xinjiinle, al norte de Somalilandia. El camello se llamaba Baruud –“resistente”– porque su madre sobrevivió años de sequía, a diferencia de la mayoría de los animales de Cadar. Los camellos y otro ganado son la base de la riqueza de los pastores en la región.

Las ovejas fueron las primeras en morir. Incapaces de encontrar suficiente pasto para comer, se tornaron flacas y apáticas, sus balidos se desvanecían. “Morían a nuestro alrededor, como si estuvieran envenenadas”, dice Raxma Xasan Maxamuud. En la aldea de Haya, al centro de Somalilandia –un Estado no reconocido y autoproclamado al interior de Somalia–, Raxma y su familia de pastores criaron 300 cabras y ovejas, así como 20 camellos. Durante cuatro semanas de sequía, en 2016, todos sus animales habían perecido.

Los pastores seminómadas somalís, que cuentan el paso de los años con la llegada regular de las lluvias, comenzaron a notar que, durante los últimos 20 años, estas eran erráticas y ya no se alineaban con otros ritmos de vida, como cuando sus animales daban a luz. “Si alguien aún duda del cambio climático –dice Sarah Khan, jefa de la suboficina de Hargeysa del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados–, solo tiene que venir aquí”.

Una mujer mira al cielo y observa un enjambre de langostas en el centro de Somalilandia. Los extremos climáticos han provocado la mayor destrucción de cosechas por brotes de langostas en los últimos 22 años.

Raxma calcula que tiene unos 36 años. Durante su vida, las sequías severas solían ocurrir cerca de dos veces cada década, pero las sequías devastadoras entre 2016 y 2017 destruyeron casi 70 % de la economía pastoral de Somalilandia, su actividad principal. Los ríos y lagos alimentados por la lluvia, que habían dado sustento a generaciones de pastores, desaparecieron. En Haya, en 2016, los pozos se secaron por segunda ocasión en cinco años.

“La vida que teníamos antes era como vivir en un castillo –recuerda Raxma–. Vendíamos cabras y teníamos carne y mantequilla. No necesitábamos la ayuda de nadie: ayudábamos a los demás porque teníamos demasiado”.

Los pastores somalís miden la riqueza no con lo que pueden comprar sino con el tamaño de sus rebaños. Perder su ganado es como si su casa se incendiara, les robaran el coche y les vaciaran la cuenta bancaria el mismo día.

En Haya, el olor a muerte de miles de cadáveres podridos flotaba en el aire, pero durante tres meses, mientras la sequía de 2016 se profundizaba, los parientes de Raxma resistían. Las familias con camellos sobrevivientes compartieron la leche con aquellos cuyos rebaños habían muerto y, a medida que la comida escaseaba, los adultos guardaban las porciones más grandes para los niños pequeños. La diarrea se propagó, prosigue Raxma, y la gente temía por sus vidas. Con todos sus animales ahora muertos, los aldeanos reunieron dinero y alquilaron un camión que los llevara a un campamento de desplazados internos cerca de Burco, al centro de Somalilandia.

El Banco Mundial calcula que, para 2050, 143 millones de personas en el África subsahariana, Asia del Sur y América Latina se verán obligadas a desplazarse dentro de sus propios países debido a las condiciones climáticas. Hoy día, Raxma y hasta 600 000 personas en Somalilandia están varadas en campamentos, y dependen de la ayuda humanitaria para comer y beber.

Raxma no ha perdido la esperanza. Nombró a su hija menor Barwaaqo, una palabra que evoca la prosperidad, abundancia y felicidad que se siente cuando los rebaños están sanos, las lluvias son abundantes y la tierra es verde. Raxma lo perdió casi todo, pero el nombre de su hija es una expresión de gratitud, ya que la supervivencia de su familia es su propio tipo de riqueza. —AA

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