El costo mortal del aire contaminado
National Geographic en Español|Abril 2021
La contaminación es responsable de siete millones de muertes prematuras al año y puede ser perjudicial incluso a niveles bajos. Pero es un problema que podemos resolver.
Por Beth Gardiner. Fotografías de Matthieu Paley

FOTO ANTERIOR | El barrio Dari Ekh, en Ulán Bator, está lleno de inmigrantes del campo, pastores nómadas que llegan a la capital en busca de educación y trabajo. Viven en casas sencillas o tiendas de campaña redondas llamadas gers y queman carbón para calentarse en los duros inviernos. Un estudio reveló que los niños de la capital tenían una capacidad pulmonar 40 % inferior a la de los infantes de zonas rurales, una señal de alarma respecto a los problemas de salud a largo plazo.

Una niña de dos años recibe tratamiento en un hospital especializado en neumonía y enfermedades pulmonares en Ulán Bator, Mongolia, donde la contaminación del aire es una de las peores en el mundo debido a la quema de carbón. Cada invierno, los problemas respiratorios se disparan entre los residentes, en especial los niños, lo que obliga a los hospitales a superar su capacidad.

Cuando la Covid - 19 empezó a hacer estragos en el mundo, Francesca Dominici sospechó que la contaminación del aire aumentaba el número de muertes. Los habitantes de los lugares contaminados tienen más probabilidades de padecer enfermedades crónicas, y esos pacientes son los más vulnerables a la COVID-19. Además, la contaminación del aire puede debilitar el sistema inmunológico e inflamar las vías respiratorias, lo que deja al cuerpo con menor capacidad para combatir un virus respiratorio.

Muchos expertos vieron la posible conexión, pero Dominici, profesora de bioestadística en la Escuela de Salud Pública TH Chan de Harvard, estaba especialmente preparada para demostrarla. Ella y sus colegas han dedicado años a la creación de una plataforma de datos extraordinaria que alinea la información sobre la salud de decenas de millones de estadounidenses con un resumen diario del aire que han respirado desde el 2000. Ella me lo explicó el verano pasado.

Todos los años, Dominici compraba información detallada –pero anónima– sobre cada uno de los casi 60 millones de estadounidenses mayores. Dirigido por Dominici y el epidemiólogo de Harvard Joel Schwartz, decenas de científicos primero dividieron Estados Unidos en una rejilla con cuadros de un kilómetro de ancho; luego crearon un programa de aprendizaje automático para calcular los niveles diarios de contaminantes durante 17 años en cada cuadrado, incluso si no había un monitor de contaminación en él.

EL CARBÓN Y SUS CONSECUENCIAS ESTÁN POR TODAS PARTES EN ULÁN BATOR.

ARRIBA, IZQ. | Un hombre barre el suelo de una planta de procesamiento de carbón, donde el mineral en bruto se convierte en briquetas para estufas domésticas.

ABAJO, IZQ. | La radiografía de tórax de un niño en un hospital de Ulán Bator se revisa en busca de signos de neumonía. La contaminación es un factor de riesgo para esa enfermedad.

ARRIBA, DER. | Las centrales eléctricas de quema de carbón como esta son otra fuente de contaminación: una amenaza para la salud y el clima.

ABAJO, DER. | Un activista en contra de la contaminación se posa en la plaza Sühbaatar, frente al edificio del parlamento. El gobierno de Mongolia ha hecho poco para desarrollar energía limpia.

Con esas dos fuentes de datos, por primera vez Dominici y sus colegas pudieron estudiar los efectos de la contaminación del aire en todos los rincones de Estados Unidos. En un estudio de 2017 descubrieron que, incluso en sitios donde el aire cumplía con los estándares nacionales, la contaminación estaba vinculada a tasas de mortalidad más altas. Eso significa que “el estándar no es seguro”, añadió Dominici.

Dos años después, este equipo informó que las hospitalizaciones por una serie de dolencias aumentaban con el incremento de la contaminación.

Estos resultados se sumaron a una montaña de evidencias que demuestran los peligros de las PM 2.5 o partículas suspendidas menores de 2.5 micrómetros, cerca de un treintavo del ancho de un cabello humano. Algunas de esas partículas, de hollín, por ejemplo, pueden pasar al torrente sanguíneo. Los científicos han encontrado incluso partículas “ultrafinas” más pequeñas en el corazón, el cerebro y la placenta.

Cuando se produjo la pandemia, Dominici y su equipo decidieron con rapidez cotejar los datos sobre la calidad del aire en el país, con el recuento de muertes por COVID-19 que realizó la Universidad Johns Hopkins en cada condado. Como era de esperar, las tasas de mortalidad viral eran mayores en los puntos con más PM 2.5, es decir, en los lugares en los que décadas de exposición al aire viciado habían preparado los cuerpos de las personas para ser susceptibles al coronavirus. En diciembre, el equipo informó que la contaminación por partículas era responsable de 15 % de las muertes por COVID-19 en todo el orbe. En los países más contaminados de Asia oriental se trataba de 27 por ciento.

Muchas personas ajenas a la ciencia se sorprendieron. Los hallazgos llegaron a los titulares. “Para mí no fue sorprendente –admitió Dominici–. Tenía mucho sentido”. Ella sabía lo que gran parte del público no: que el aire contaminado acaba con muchas más vidas que el nuevo coronavirus.

LAS TASAS DE MORTALIDAD VIRAL SON MAYORES EN LOS SITIOS CON MÁS CONTAMINACIÓN POR PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN.

A nivel global, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la contaminación aérea es responsable de unas siete millones de muertes prematuras al año, más del doble que el consumo de alcohol y más de cinco veces que los accidentes de tráfico (algunas investigaciones sitúan el número de víctimas de la contaminación incluso por encima del cálculo de la OMS). La mayoría de esas muertes se debe a la contaminación del aire exterior; el resto son atribuibles sobre todo al humo que generan las estufas en interiores. La mayor parte de las muertes se produce en territorios en desarrollo –tan solo China e India son responsables de casi la mitad–, pero la contaminación atmosférica aún es causa importante de muerte también en países desarrollados. El Banco Mundial calcula que el costo económico mundial supera los cinco billones de dólares al año.

En Estados Unidos, 50 años después de que el Congreso aprobara la Ley de Aire Limpio, más de 45 % de los estadounidenses aún respira aire insalubre, según la American Lung Association. El aire contaminado todavía causa más de 60 000 muertes prematuras al año, sin contar las miles de personas que han fallecido porque el aire las hizo más vulnerables a la COVID-19. La contaminación es un asesino oculto: no figura en los certificados de defunción. Es posible que este año su intersección con amenazas nuevas y aterradoras –como un virus furioso e incendios forestales– nos ayude a reconocer el enorme daño que ha provocado todo este tiempo, consideró Dominici cuando hablamos.

El balance brutal de la contaminación atmosférica –entre más hay, más se acorta la vida de los que la respiran– quedó establecido de manera definitiva en un proyecto histórico de 1993 mejor conocido como el estudio de las Seis Ciudades. Los habitantes de la más contaminada de las seis pequeñas urbes estadounidenses analizadas por los investigadores de Harvard tenían 26 % más probabilidades de perecer de manera prematura que los de la más limpia de las seis. La contaminación le restaba unos dos años a su esperanza de vida.

“Fue muy, muy sorprendente. Y, de hecho, tuvo un efecto tan grande que no lo creíamos”, me dijo el ya jubilado autor principal Douglas Dockery. Sin embargo, otro conjunto de datos a largo plazo de la Sociedad Americana del Cáncer no tardó en confirmarlo.

Desde entonces, nuevas investigaciones han revelado otras dos verdades esenciales sobre la contaminación atmosférica: es perjudicial a niveles mucho más bajos de lo que se pensaba y de muchas otras maneras. La enorme variedad sorprendió a Dean Schraufnagel, profesor de medicina pulmonar en la Universidad de Illinois en Chicago, cuando en 2018 dirigió un panel que revisó y resumió décadas de investigación.

Según el comité de Schraufnagel, el aire sucio afecta a casi todos los sistemas esenciales del organismo. Puede causar alrededor de 20 % de todas las muertes por derrames cerebrales y enfermedades coronarias, provocar ataques cardíacos y arritmias, insuficiencia cardíaca congestiva e hipertensión. Se relaciona con los cánceres de pulmón, vejiga, colon, riñón y estómago, y con leucemia infantil. Perjudica el desarrollo cognitivo de los niños y aumenta el riesgo de que las personas mayores contraigan demencia o mueran por el mal de Parkinson. Se ha relacionado, con bases fundamentadas, con diabetes, obesidad, osteoporosis, disminución de la fertilidad, abortos, trastornos en el estado de ánimo, apnea del sueño... y la lista continúa.

“La amplitud es lo más sorprendente”, subrayó Schraufnagel.

Hay un lado de la moneda más esperanzador: un aire más limpio mejora la salud. Desde la Ley de Aire Limpio de 1970, un descenso de 77 % de la contaminación ha alargado la vida de millones de estadounidenses. Las enmiendas de 1990 a la ley evitaron 230 000 muertes solo en 2020, según un cálculo de la Agencia de Protección Ambiental.

LA CONTAMINACIÓN POR PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN FUE RESPONSABLE DE 15 % DE LAS MUERTES POR COVID-19 EN TODO EL MUNDO.

En otros sitios del planeta el aire es mucho peor. El fotógrafo Matthieu Paley y yo visitamos Ulán Bator, en Mongolia, una de las capitales más contaminadas de la Tierra, sobre todo en el riguroso invierno, cuando el carbón se vuelve una herramienta de supervivencia. Se quema por toneladas en las centrales eléctricas de la ciudad y por montones en las gers (yurtas mongolas) que albergan a los inmigrantes pobres del campo.

“Ya no sé cómo suena un pulmón sano –se lamenta Ganjargal Demberel, un médico que hace visitas a domicilio en uno de esos barrios–. Todo el mundo tiene bronquitis o algún otro problema, en especial durante el invierno”.

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