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Te escribo desde el Artico

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Julio 2025

El archipiélago noruego de Svalbard, más allá del círculo polar, es la tierra habitada más septentrional del mundo. Estas islas, tan lejos y a la vez tan cerca, nos hablan de nosotros, de nuestros dilemas y aspiraciones.

- Marine Lamoureux

Te escribo desde el Artico

Longyearbyen, la capital administrativa del archipiélago de Svalbard, tiene 2.500 habitantes.

La geografía. Empecemos por la geografía. La fascinación comienza con el mapamundi o al traspasar las líneas trazadas por Google Maps en la pantalla. Imagínate: un archipiélago de nieve plantado sobre el océano Ártico y coronado por 2.000 glaciares, a apenas 1.000 kilómetros del polo Norte.

Al oeste, Groenlandia y sus inlandsis (casquete glaciar); al sur, la punta curvada de Noruega; al este, la frontera rusa que se extiende hacia oriente. Y en medio de este triángulo de las antípodas, perdido en el gran azul: Svalbard.

Un territorio prácticamente virgen, tan remoto, tan hostil, que ningún pueblo autóctono se atrevió jamás a instalarse allí. Un mundo mineral, cuyo silencio solo se ve interrumpido por el tremendo estruendo de la banquisa —suficiente para estremecer a un explorador polar— o por el delicado resuello de una fauna extraordinaria, que se burla del frío y de la noche. No hay nada ni nadie en 61.000 km².

Bueno, casi. Porque desde que el navegante holandés Willem Barentsz descubrió estos «picos escarpados» en 1596 —que dieron nombre a la isla más grande de Svalbard, Spitzberg—, el ser humano no ha dejado de hacer incursiones, poniendo su vida en peligro en cada ocasión. Tanto pescadores como tramperos, y más tarde, a partir del siglo XX, mineros en busca de carbón, tuvieron que enfrentarse a un oleaje aterrador, a un hielo que amenazaba con retraerse y a temperaturas de 40 °C bajo cero que atentaban contra el alma y la salud.

Es en ellos en quienes pienso mientras mi avión inicia el descenso hacia el pequeño aeropuerto de Longyearbyen, la capital de Svalbard. El aparato sobrevuela fiordos y cadenas montañosas de un blanco inimaginable, hasta donde alcanza la vista. Decir que el Ártico está ahí, al alcance de la mano, qué sencillo es hoy.

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