En busca del fin de la tierra
National Geographic Traveler en Español|Mayo 2019

La vida en Bretaña, en el lejano confín occidental de Francia, gira alrededor de la tradición. Y una que otra buena fiesta.

Por Christopher Hall

En la aldea de Loc Ildut, un pardon –festival religioso típico de Bretaña– es una oportunidad para que los lugareños estrechen relaciones.

CAMINAR A TRAVÉS DE UN PASEO COSTERO EN EL CONFÍN DEL MUNDO PUEDE SER ABRUMADOR, PERO VAYA ESPECTÁCULO.

Fuegos artificiales iluminan el cielo nocturno en un fest noz, una velada de música y danza en Le Conquet, el poblado más occidental de Francia continental.

Golpeado por las ráfagas de viento, rodeo nervioso el borde de un precipicio en la Punta de Raz de Finisterre, Francia. Unos 600 metros abajo, el Atlántico se agita y choca contra los acantilados para convertirse en montañas de espuma cremosa. Es el fin de la Tierra. Finis Terrae, en latín. El fin literal de la Tierra para los antiguos y para mí, el objeto de una pasión peculiar. El mundo está salpicado por cabos, puntas y otros accidentes geográficos que han sido llamados "el fin de la Tierra" o un equivalente como Finisterre; yo los colecciono, así como otros viajeros compilan listas de países visitados. Por sí solos, sus nombres me son irresistibles; ecos seductores de una era primitiva, cuando el conocimiento del mundo terminaba donde comenzaba el mar abierto. Estos puntos equilibrados entre la familiaridad de la vida terrestre y la incomprensible vastedad del océano tenían un poder místico para nuestros ancestros y provocaban la contemplación de la creación y el lugar que la humanidad ocupa en ella. Aunque hoy día los satélites han cartografiado cada kilómetro del planeta –a veces agradezco profundamente la navegación GPS–, para mí estos encuentros entre la tierra y el mar ejercen un vestigio de ese poder ancestral. Tal vez esto explica mejor por qué he visitado Lands Ends en Inglaterra y California, Verdens Ende en Noruega, Fisterra en España, y ahora, Finisterre, un lóbulo de tierra del tamaño de Delaware con 904 000 habitantes. Finisterre, y su región Bretaña, es el departamento más occidental de Francia. Aunque está a tan solo 531 kilómetros de París, es un lugar aparte. Sobresale tanto hacia el Atlántico que pertenece al océano y al continente europeo a la vez. Hay encuentros sublimes con el mar en cada curva del camino.

Pero, para mi sorpresa y placer, también descubro que Finisterre cautiva más allá de su geografía. Aquí, en el corazón histórico del lejano borde de Francia, la auténtica cultura celta de Bretaña muestra signos de un renacer fascinante. Incluso para un visitante de paso –como yo– es difícil no verlo. Lo escucho en los programas en idioma bretón que pululan en la radio de mi automóvil. Lo veo en las multitudes que se reúnen para un desfile de trajes tradicionales o un fest noz, una velada bretona de música y baile. En especial, lo siento en la profunda identidad bretona de aquellos que encuentro a lo largo del camino, orgullosos residentes de un amado fin de la Tierra.

Conozco a Hervé Lavant en su casa, a las afueras de Ploungonven, cerca del límite oriental de Finisterre. Su atuendo incluye un sombrero de ala plana y un pantalón bombacho metido en sus botas a media pierna. En respuesta a mi mirada perpleja, el maquinista retirado y mi anfitrión de Airbnb por dos noches explica que se trata de un atuendo bretón tradicional y que su grupo de danza bretona sale en una hora para presentarse à l’étranger, es decir, en el extranjero. Estoy confundido, ¿se refiere a Inglaterra? “No –se ríe– aquí la expresión quiere decir cualquier lugar fuera de Finisterre. Estaremos en el departamento vecino, a unos 20 minutos de aquí”.

Llego a la hacienda restaurada de Lavanant tras cuatro días de explorar los caminos vecinales de Finisterre y manejar entre vacas blancas con manchas negras, atrios de iglesia repletos de estatuas de piedra fantásticas y jardines de cabañas donde los arbustos de hortensias rosas y azules crecen tan alto como un autobús. Los días rebosan de experiencias únicas en Finisterre. Visito el Cairn de Barnenez, el mausoleo neolítico más grande de Europa, que es mucho más antiguo que las pirámides de Egipto. También exploro los montes de Arrée en el interior de Finisterre y emprendo una caminata hacia la cima cubierta de helechos y brezales del monte SaintMichel, con 381 metros de altura.

A la mañana siguiente de mi llegada, Lavanant me prepara un huevo hervido de una de sus gallinas y me muestra uno o dos pasos de baile. “Lo que amo de la danza bretona –me dice– es que es una experiencia comunitaria.

Los dueños de Manoir de Kerdanet (arriba) transformaron una casa de campo de 590 años en un encantador hostal en Poullan-sur-Mer. Entre piedras con musgos y plagado de historias del rey Arturo, el pueblo de Huelgoat (pág. op.) es una base conveniente para las excursiones al bosque del Parque Natural Regional de Armórica.

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