El despertar de las leyendas en la costa celta
National Geographic Traveler en Español|Junio - Agosto 2021
Serpentea por la costa occidental de Gales desde la ventosa península de Llŷn, al norte, hasta la ciudad de Saint David’s, en el sur. Sigue el camino de mitos artúricos y misterios de la Edad de Bronce a lo largo de la Ruta de la Costa: un viaje de 290 kilómetros por carretera que incluye piedras antiguas en pie, minas de pizarra y árboles prehistóricos petrificados.
Por Julia Buckley. Fotografías de Richard James Taylor

MIENTRAS PERMANECEN COMO FOCAS EN LAS PLAYAS DE YNYSLAS, ME DETENGO A PRESENCIAR UN ENFRENTAMIENTO DE 5 000 AÑOS.

Veo sus formas oscuras que se enfrentan al mar, cabezas que se curvan hacia el cielo, cuerpos largos que se derraman detrás de ellos. Hay cientos alineados a lo largo de la arena, como soldados. Tensos por la acción, esperan pacientes al enemigo.

Y así es. La escucho venir antes de verla. El viento la delata. Tira de las olas mientras se inclina hacia adelante y atrás. Juega con las manchas oscuras como un gato con un ratón. Para empezar, está lejos; el ruido es un silbido suave. Durante el tiempo en que la veo se hace más hambrienta: las olas surgen más rápido, golpean más a las formas oscuras, sorben más fuerte mientras giran alrededor de ellas. La marea está en camino, y una vez que llegue, estas focas, estos soldados, estas figuras oscuras amorfas ya no existirán.

Hace 5 000 años esto no era una playa. En la Edad del Bronce, el pueblo de Ynyslas era un bosque de robles, abedules y pinos. Entonces sucedió algo. Quizá fue el aumento del nivel del mar; quizá, dice la leyenda, fue el día en que una sacerdotisa local permitió que un pozo de hadas se desbordara. En fin, el bosque fue tragado por el mar. Reapareció en 2014, cuando las tormentas invernales arrancaron la arena de la bahía de Cardigan y desenterraron troncos fantasmales que habían dormido durante miles de años.

De cerca, nadan para tomar forma. Ya no son focas elegantes sino árboles reales con troncos torcidos por la edad (incluso puedo contar sus anillos). Sus raíces, como tentáculos de pulpo, encuentran agarre en la arena. Algunos están envueltos en algas, otros han sido limpiados por el mar. Todos tienen el tronco cortado a la altura de mi rodilla, como si un gigante los hubiera atravesado con una guadaña antes de ahogarlos en la bahía.

¿Es esto, como algunos dicen, parte de Cantre’r Gwaelod, la mítica Atlántida galesa en algún lugar bajo la bahía de Cardigan? ¿O se trata de un descubrimiento arqueológico más ordinario? Aquí, en la costa occidental de Gales, llena de mitos, es difícil separar la realidad de la fantasía.

Llevo la tradición costera en la sangre. Crecí en Cornualles, entre páramos cubiertos de megalitos y acantilados en los que se respira la leyenda artúrica. Así que no es de extrañar que mi viaje de cinco días por carretera en Gales, a lo largo de la Ruta de la Costa –que recorre 290 kilómetros junto a la bahía de Cardigan, desde la península de LlÅ·n, en el norte, hasta Saint David’s, en el extremo sur–, me resulte familiar.

En realidad vine por la belleza: la elegante Portmeirion con sus casas artísticas apiladas en el acantilado; Aberdyfiy Aberaeron, con sus pequeños puertos llenos de casitas de colores pastel, muy alejados de los rústicos pueblos pesqueros en los que crecí. Mientras busco lo cursi, es la naturaleza la que me cautiva: la costa verde e irregular repleta de flores silvestres, los castillos medievales que se desmoronan en el paisaje y los tocones de los árboles de Ynyslas que esperan estoicos a que la marea los entierre de noche. Con sus cuentos de míticos luchadores galeses y pozos de hadas, esta tierra extranjera, donde hablan una lengua que no entiendo, se siente como si volviera a casa.

LA BELLA Y LA BESTIA

“¡Pobre de ti!”, me dice una mujer en la cima del acantilado de Porth Simdde, cerca de Aberdaron. No es la reacción habitual que recibo al revelar mis raíces; por lo regular, cualquier mención de Cornualles provoca una mirada tierna. Pero no en Llŷn, una garra de aspecto córnico que se extiende 48 kilómetros hacia el mar, al noroeste de Gales.

“Tenemos la misma costa, pero ustedes se quedan los turistas”, dice mientras me deja sola en el promontorio rociado de tojos olor a coco y dedaleras color neón. Bajo el sol, el mar de Irlanda destella un color plata como caballa y la costa se pierde a la distancia: rocas heladas teñidas de verde con campos esmeralda, mostaza y marrón grabados en la cima.

En este momento, el clima es engañosamente perfecto. Al otro lado del mar verde azulado se encuentra la isla Bardsey, donde vivían monjes y los enfermos buscaban curarse en la época medieval.

Hace unas horas la situación era otra. Al despertar, el viento soplaba en la bahía y mi barco a Bardsey se había cancelado. Pude ver por qué: la noche previa llegué a Aberdaron en medio de una tormenta tan fuerte que el personal de mi hotel tuvo que pastorear una bandada de patitos que salieron volando de la playa. Pasé la velada calentándome con ginebra local sabor alga (la orgánica Dà Mhìle); la única que hablaba inglés en el bar. Bardsey era conocida por los peregrinos medievales como “la Roma de Gran Bretaña”: el viaje para llegar era tan traicionero como cualquiera a la capital italiana.

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