Secretos de las ballenas
National Geographic en Español|Mayo 2021
Sabemos que algunos grupos de ballenas y delfines tienen dialectos, dietas y rutinas propias, diferencias culturales que antes se consideraban exclusivas de los humanos.
Por Craig Welch. Fotografías de Brian Skerry

CULTURA CETÁCEA | Cada verano, cerca de la isla Somerset, en el Ártico canadiense, alrededor de 2 000 belugas juguetean, amamantan a sus crías, charlan con chillidos y silbidos, y nadan en redes cambiantes de compañeros y familiares. Los científicos sospechan que muchas especies de ballenas comparten tradiciones culturales, tal como los humanos.

FESTÍN DE ORCAS | Una orca persigue arenques en un fiordo noruego. Los grupos de orcas tienen diferentes hábitos alimenticios. Unas acorralan a los peces en cardumen, otras cazan tiburones o focas, en tanto que algunas más se dan un festín casi exclusivo de salmón. Estos hábitos son, en parte, comportamientos aprendidos de manera cultural y transmitidos de generación en generación.

ESCOLTA DE JOROBADAS | Una ballena jorobada y su cría son acompañadas por dos machos en las Islas Cook. Estos escoltan a las hembras con crías con la esperanza de ser los próximos en aparearse con ellas. Las crías emitenchillidos suaves, tal vez para evitar que los depredadores las escu chen. Los machos adultos cantan con gemidos bajos y guturales, chillidos y aullidos agudos.

John Ford quería la perspectiva de una ballena. Un día de verano de 1978, una manada de orcas se acercó a una playa de guijarros en la isla canadiense de Vancouver, Columbia Británica. El joven biólogo esperaba con traje de buceo y esnórquel. La procesión fantasmagórica en blanco y negro se acercó como un equipo de submarinos: rápido y por el fondo. Ford ajustó su visor y se sumergió en el mar. En aguas de apenas tres metros de profundidad, las criaturas disminuyeron su velocidad y giraron sobre sus costados. Con los cuerpos en parte sumergidos y mientras agitaban el abanico en el extremo de sus colas –aletas caudales–, las ballenas comenzaron a retorcerse y sacudirse. Una por una raspaba su costado y su vientre contra las piedras, como los osos pardos cuando se rascan con los pinos.

LA LENGUA DEL CLAN | Los integrantes de una familia de cachalotes, cerca de la isla caribeña de Dominica, forman parte de un clan con una cultura distinta a los demás. Cada clan se comunica en su propio dialecto de patrones con chasquidos, como un código morse.

Ford, de 66 años, ha estudiado a las orcas –el mayor de los delfines y de una rama del orden de los cetáceos conocida como ballenas dentadas– durante más de 40 años. Ha visto este fenómeno (frotamiento en la playa) innumerables ocasiones desde aquel primer vistazo bajo el agua. Pero no sabe con certeza por qué lo hacen. Sospecha que es una forma de relación social. Sin embargo, hay una cuestión más compleja que lo ha carcomido durante gran parte de su carrera: ¿por qué estas orcas lo realizan, pero sus vecinos casi idénticos del sur no?

El frotamiento en la playa es rutinario en esta población llamada residentes del norte, que recorre los mares interiores durante el verano y el otoño, entre la isla de Vancouver y la parte continental de Canadá. No así en sus vecinos del sur. Nunca se ha registrado que las orcas de la frontera con el estado de Washington, donde vivo, realicen este ritual. Las orcas de Washington, o residentes del sur, tienen sus propias convenciones: celebran “ceremonias de saludo” en las que se colocan una frente a otra en filas estrechas antes de estallar en fiestas submarinas de roces y llamadas. Esto es rarísimo en el norte. Algunos años, las del sur empujan salmones muertos con sus cabezas; las del norte, no. Estas de vez en cuando golpean sus cabezas como borregos cimarrones. “Simplemente nadan hacia el otro y chocan”, dice Ford.

Las dos poblaciones ni siquiera se comunican con el mismo lenguaje. Los residentes del norte emiten chillidos alargados, estridentes y metálicos que suenan como el aire que se escapa de un globo. Los del sur añaden gritos de mono y graznidos de ganso. Para el oído experto de Ford, los timbres y las entonaciones suenan tan diferentes como el mandarín y el suajili. En los demás aspectos significativos no se distinguen unos de otros. Durante meses ocupan mares adyacentes al mismo tiempo. Sus zonas de alimentación coinciden. Aunque existen muchas variedades de orca en el planeta, las del norte y las del sur comparten una genética casi idéntica. Desde el norte del Pacífico hasta los mares alrededor de Antártida, las orcas también tienen dietas variadas. Algunas comen tiburones, marsopas, pingüinos o mantarrayas. En Patagonia se lanzan a las costas rocosas y arrebatan a las crías de foca de la playa. En Antártida, las orcas expulsan a las focas de Weddell de los hielos flotantes al unirse para hundirlos y arrastrar la cena. Pero tanto las del norte como las del sur se alimentan de peces, en especial de salmón real.

¿Cómo es posible que dos grupos que proceden básicamente del mismo lugar y que son similares en su genética se comuniquen y actúen de manera tan diferente? Durante años, Ford y algunos colegas solo se atrevían a susurrar lo que implicaba esta paradoja. ¿Será posible que estos seres sociales y complejos no estuvieran movidos solo por su impulso heredado del instinto genético? ¿Podrían las orcas transmitir rasgos únicos influidos por algo más que su entorno o su ADN? ¿Las ballenas tendrían sus propias culturas?

La idea parecía una blasfemia. Los antropólogos habían considerado durante mucho tiempo que la cultura –la capacidad de acumular y transferir conocimiento en sociedad– era en rigor un asunto humano, pero los investigadores describieron cómo los pájaros cantores aprenden dialectos y los transmiten a través de generaciones. Ford sugería que las orcas podían hacer lo mismo. Entonces empezó a escuchar los hallazgos de los biólogos que, a un mundo de distancia, estudiaban otra criatura: el cachalote. Ellos argumentaban que algunas especies de ballenas actúan y se comunican de manera diferente según la forma en la que son criadas. Al parecer, estos cetáceos conservan diversas tradiciones, tal como los humanos: unos comen con tenedores mientras otros usan palillos.

Hoy día, muchos científicos creen que algunas ballenas y delfines tienen culturas distintas. Los investigadores ven señales en los cachalotes de las Galápagos y el Caribe, en las ballenas jorobadas del Pacífico Sur, en las belugas del Ártico y en las orcas del Pacífico Noroeste. La posibilidad da pie a nuevas ideas respecto a cómo evolucionan las especies marinas. Las tradiciones culturales pueden ayudar a impulsar cambios genéticos y alterar lo que significa ser una ballena. Pero esta idea también reconfigura nuestra visión de lo que nos separa de estas bestias acuáticas. Al parecer, la cultura de las ballenas está sacudiendo las concepciones desgastadas de nosotros mismos.

A SALVO OTRA VEZ | Canopener y Hope nadan con otra hembra de cachalote (der.) a la que el investigador principal Shane Gero llamó Digit. Tras ser destetada, a Digit se le enredó tanto una lí nea de pesca alrededor de su cola que estuvo a poco de que se le amputara la aleta caudal. Al no poder o querer bucear por comida, parecía que empezaba a amamantarse de nuevo. Por fin libre, ha vuelto a bucear y saciarse de calamares.

Los humanos somos una raza narcisista. A lo largo de la historia oscilamos entre ver a los animales a través de la lente de nuestro propio comportamiento o negarnos a aceptar que nos parecemos en algo. Esto es cierto, en especial con las ballenas. A menudo se las considera casi humanas o que no se parecen en nada a nosotros. Antropomorfizamos o insistimos en nuestra propia singularidad. Por supuesto, ninguna de las dos percepciones es del todo correcta.

Y aun así, mientras gastamos miles de millones en escudriñar los cielos en busca de vida extraterrestre, los misterios que develamos bajo las olas revelan que hay seres extraños aquí, en casa, que son más parecidos a nosotros de lo que creíamos. Las alianzas de las ballenas, las complejidades de sus conversaciones y el modo en que cuidan a sus crías nos resultan familiares.

Incluso, algunas pueden vivir el duelo sin reservas. En 2018, una orca residente del sur llamadaTahlequah empujó con su hocico durante 17 días el cadáver de su recién nacido, que había muerto poco después del alumbramiento. “Durante años, los científicos evitaron el uso de términos como feliz, triste, juguetón o enojado para describir el comportamiento de los animales”, escribió Joe Gaydos, quien supervisa un programa universitario en el estado de Washington para proteger la vida marina mediante la ciencia y la educación. Sin embargo, Gaydos y muchos cetólogos creen que el comportamiento de Tahlequah fue una muestra de dolor.

BALLENATO | Una cría de cachalote llamada Hope descansa en un lecho de sargazo. La ha amamantado una adulta de nombre Canopener, pero eso no significa que sea su madre. Cada unidad social de cachalotes puede amamantar de manera diferente. En algunas, las tías o abuelas también proporcionan le che, o una sola hembra alimenta a dos crías a la vez, aunque ninguna sea suya.

Las ballenas residen en un lugar ajeno que apenas empezamos a entender. Es difícil imaginar un hogar menos parecido al nuestro. El mar profundo es un universo que hemos visto menos que la superficie de la Luna. Hay montañas y ríos, pero pocas fronteras. Aquí la vida atraviesa un plano vertical. Es tan oscuro que la vista tiene un valor limitado. Relaciones completas se forjan a través del sonido.

Los científicos comprendieron desde hace tiempo que muchas acciones de las ballenas fueron aprendidas de sus compañeros o mayores.

En tanto que los genes determinan la forma y función del cuerpo de una criatura al codificar las instrucciones para los rasgos y comportamientos esenciales, el aprendizaje social es sabiduría recibida: el desarrollo de conexiones neuronales permite que los animales adquieran el conocimiento de los demás. Los científicos concuerdan en que la cultura precisa que los comportamientos sean socialmente aprendidos, compartidos y que persistan. A medida que los grupos de animales transmiten múltiples comportamientos aprendidos, pueden desarrollar conjuntos de hábitos muy distintos a los otros de su especie. Por ejemplo, la capacidad de lanzar es genética, pero lanzar una bola curva requiere un aprendizaje social, y jugar beisbol en lugar de críquet es cultura. El riesgo es confundir cultura e inteligencia. No todos los científicos se ponen de acuerdo para determinar si la inteligencia es un ingrediente esencial de la cultura. El aprendizaje social se extiende por todo el reino animal, no solo entre los seres que consideramos “inteligentes”: ballenas, primates, cuervos, elefantes.

Desde luego que ser inteligente ayuda. Y la capacidad de aprendizaje de los cetáceos pronto captó nuestra imaginación. Durante décadas hemos atestado los parques marinos para admirar y aplaudir a las orcas, las belugas o los delfines nariz de botella que cantan o saltan a través de aros en piscinas gigantes. Estos débiles intentos de acorralar sus habilidades apenas rozan la superficie de sus talentos.

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