Los últimos cimientos de México
National Geographic en Español|Agosto 2021
Desde la Conquista y tras el desecamiento de sus manantiales, la zona lacustre de la capital mexicana ha sufrido los embates del crecimiento urbano irregular mientras algunas familias aún intentan vivir, como hace 500 años, de una técnica agrícola en peligro de extinción.
Por Erick Pinedo. Fotografías de Mauricio Ramos

Los chinamperos, agricultores que cultivan en estas islas hechas a mano, resguardan tradiciones lacustres al mantener viva su herencia cultural en el tratamiento de la tierra y el agua para producir alimentos.

La expansión urbana y los asentamientos irregulares han devastado 70 % del Área Natural Protegida Ejidos de Xochimilco y San Gregorio Atlapulco. Cerca de 140 000 personas viven en condiciones de pobreza y sin servicios básicos en la alcaldía.

Las tradiciones lacustres transmitidas por generaciones están bajo resguardo de los chinamperos de San Gregorio Atlapulco, en Xochimilco, donde aún proliferan cultivos provenientes de Europa como las alcachofas.

A su paso entre volcanes, los hombres de Cortés vislumbraron lo que parecía un espejismo: una ciudad más allá de su imaginación, erigida en un lago y trazada por canales de aguas tan llenas de vida como los productos que transitaban sobre ellas. Tenochtitlan, una urbe isleña conectada a tierra firme por calzadas larguísimas y abastecida por un complejo sistema hídrico y agrícola se presentó ante ellos como “entre sueños”, según dijo el conquistador Bernal Díaz del Castillo en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España.

Era 1519 y habían transcurrido dos siglos desde que el peregrinar de los mexicas –una de las siete tribus nahuatlacas que, según el mito, migraron desde la legendaria Aztlán hasta los valles centrales– los llevara a asentarse en definitiva sobre aquel islote del lago de Texcoco, luego de ser relegados de las tierras ribereñas pertenecientes a las principales ciudades de la región. Sin embargo, gracias a su ingenio y el conocimiento que heredaron en su andar, desarrollaron una técnica lacustre con la cual pudieron establecer uno de los mayores imperios de la América precolombina.

Tenochtitlan, la antigua capital del Imperio mexica, estaba conectada al continente por enormes caminos hechos a mano y abastecida por avanzados sistemas agrícolas e hidráulicos que, en su apogeo, proporcionaron alimentos para más de 228 000 personas.

“En 200 años los mexicas crearon una ciudad única en el mundo, la cual deslumbró a los españoles. Y eso, en gran medida, fue gracias a las chinampas”, afirma Ángeles González Gamio, historiadora y cronista de Ciudad de México. Junto con los xochimilcas (la primera de aquellas siete tribus que se instalaron frente a uno de los cinco lagos que componían la cuenca de México –Chalco, Texcoco, Xaltocan, Xochimilco y Zumpango– en el siglo X), “tenían una cultura lacustre de mucho tiempo atrás; hay vestigios de chinampas que se desarrollaron hace más de 1 000 años en Teotihuacan, por donde pasaron los nahuatlacas. Es una cultura en la que estaban inmersos y que el medioambiente les permitió fomentar”.

Al sur de la capital mexica, “en los sembradíos de flores” (significado en náhuatl de Xochimilco), el lago homónimo estaba tapizado por un paisaje de cultivos agrícolas y plantas ornamentales que se extendía cerca de 20 000 hectáreas (casi la totalidad de la actual alcaldía de Milpa Alta): estructuras rectangulares de varas y carrizo rodeadas por apantles (canales) donde se vertían estratos de fango del fondo lacustre, abono y composta hasta que emergían para crear islas de sembradío que, en su máximo apogeo, aseguraron la expansión de terreno habitacional y de cultivo para más de 228 000 personas (suficiente para alimentar a más de la mitad de la población actual de Xochimilco).

Gracias al riego por capilaridad y la plantación de árboles de ahuejote en los bordes de cada enramado para retener y amalgamar el suelo (una barrera que protege los cultivos del sol, el viento y el frío), estas cuadrículas de tierras fértiles y siempre húmedas “llegaron a proporcionar hasta cinco cosechas al año –añade la historiadora–. Fueron una de las técnicas de ingeniería más productivas y sostenibles de la humanidad que le permitió a Cortés exportar los vegetales nativos de América [tomate, aguacate, calabaza, maíz, chile, papa] y traer los de Europa [rábano, avena, cebada, lechuga, cilantro, espinaca, chícharo]”.

De esta manera se desarrolló una policromía floral otorgada por la vastísima diversidad de especies nativas como tabaco, calabaza, floripondio, sinicuichi, acahual (girasol), acocoxóchitl (dalia), cempasúchil y cuetlaxóchitl (Nochebuena), la cual solía fluir por los canales a nombre de Tláloc (dios prehispánico de la lluvia) y Xochipilli (príncipe de las flores, dios del amor, el juego, placer y arte). Sin embargo, el contacto europeo también trajo consigo brotes de alcatraces, claveles, gladiolas, rosas, manzanilla, hinojo, ruda y romero, entre otros, que enriquecieron la producción.

La Venecia del Nuevo Mundo, como entonces la apodaron los europeos, fue el corazón de un imperio que abarcó más de 30 millones de hectáreas hasta 1521, cuando comenzó su largo proceso de desecación: “Durante la guerra, los españoles destruyeron el sistema hidráulico mexica que controlaba el nivel del agua [incluido el albarradón de Nezahualcóyotl, un dique de 15 kilómetros con una serie de compuertas que envió construir el tlatoani en 1449 para evitar crecidas y separar las aguas dulces de las salobres]. Y la pagaron caro, porque tuvieron inundaciones terribles [incluida la de 1629, que mantuvo la ciudad bajo dos metros de agua durante casi cinco años]. No tenían una cultura lacustre; no lograron reconstruir el sistema hídrico y decidieron drenar el agua”, afirma González Gamio.

Con ello, los canales, ríos y abundantes cuerpos de agua que componían el valle de México comenzaron a secarse mientras se expulsaban junto con las aguas negras a través del nuevo sistema de drenaje. La cultura lacustre de la cuenca pasó casi al olvido conforme los planes de desarrollo urbano evolucionaron para sostener a la creciente población de la ahora capital de la Nueva España.

AÑO 2021. EL CRECIMIENTO de la capital mexicana, una de las mayores megalópolis del planeta, ha desecado las casi 110000 hectáreas que solían abarcar los humedales de la Gran Tenochtitlan; tan solo quedan 2 200 (2 % de lo original), la mayor parte en las actuales alcaldías de Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta.

Pasaron los siglos XVII y XVIII mientras los gobiernos virreinales intentaban erigir obras para contener las constantes inundaciones, como el albarradón de San Cristobal –reparación del dique original–, el Canal de Huehuetoca y el Tajo de Nochistongo, hasta que las últimas aguas de los lagos originales del valle de México se secaron con la construcción del Túnel de Tequixquiac, en el siglo xix, el Gran Canal del Desagüe y el Drenaje Profundo de Ciudad de México, con más de 150 kilómetros de largo y concluido en 1975. Los manantiales que alimentaban la última región lacustre al sur de la ciudad se extinguieron hace 70 años, tras casi medio siglo de extracción consecuencia del Acueducto de Xochimilco, con 30 kilómetros de longitud y construido durante el Porfiriato para llevar agua al centro de la urbe.

“Durante el siglo xx aún existían chinampas en la Central de Abasto; los productos llegaban en canoas al Centro Histórico por lo que antes era el canal de La Viga [el cual se pavimentó en 1957 para convertirse en calzada]. Hoy lo único que queda de ese extraordinario sistema lacustre son las pocas chinampas activas del sur de la ciudad. De no haber sido por la resistencia de los pueblos originarios, la zona chinampera habría sufrido una desecación total”, destaca González Gamio, quien también es conductora de la serie Crónicas y relatos de México.

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