El genio de Aretha
National Geographic en Español|Abril 2021
Fue una niña prodigio cuya genialidad estuvo forjada por el dolor y la pasión. Esta es la historia de una mujer nacida para la música.
Por Deneen L. Brown

En esta foto de 1967 se acentúan las raíces evangélicas de Aretha Franklin. Art Kane movió su cámara para que la luz se reflejara como aureolas en sus ojos. ART KANE

Con una blusa blanca impecable y un peinado alto y curvado, Aretha Franklin parecía pensativa pero segura de sí misma cuando entró a los legendarios estudios de grabación FAME, en Muscle Shoals, Alabama, en enero de 1967.

Franklin, con apenas 24 años, procedió a tomar el control con un aplomo excepcional. Todavía no se había convertido en un ícono musical y cultural. Todavía no se había convertido en Aretha Franklin, la Reina del Soul.

Ese día era una desconocida y un misterio. Los músicos del estudio no sabían qué pensar. La tensión creativa era tan pesada como el humo de los cigarrillos. Hoy es difícil imaginarlo, pero Franklin estaba desesperada por conseguir un éxito.

Había pasado los seis años previos grabando un tipo de jazz moderado en Columbia Records sin gran aceptación. Ahora, en Atlantic Records, el productor Jerry Wexler quería hacer emerger la “iglesia” de Franklin. Los músicos de los estudios FAME habían creado un sonido de rhythm and blues (R&B) sureño que había producido una serie de éxitos como “Land of 1 000 Dances” de Wilson Pickett y el clásico “When a Man Loves a Woman” de Percy Sledge.

FOTO ANTERIOR

Una hoja de contactos muestra a Franklin cantando una versión de “The Weight”, escrita por Robbie Robertson. No leía música, pero podía arreglar las canciones después de escucharlas.

FOTO ANTERIOR | Franklin, aquí en 1968, produjo una serie de éxitos que se volvieron himnos para movimientos por los derechos civiles y de las mujeres, y para las protestas contra la guerra de Vietnam.

Rodeada por un grupo de músicos que no estaban seguros de qué tipo de género tocarían con ella –Wexler los describía como una “sección rítmica de chicos blancos de Alabama que dieron vuelta a la izquierda en el blues”–, a Franklin no le interesaba hacer plática. Ella los llamaba señor fulano de tal; ellos la llamaban señorita Franklin.

Entonces, la hija del predicador criada en Detroit, Míchigan, se sentó al piano. Más tarde, los musicólogos explicarían que, aunque Franklin no leía música ni tenía instrucción formal, el piano era el lugar donde convocaba a su genio. La potencia de su voz era extraordinaria por sí misma, una fuerza aterciopelada que parecía reflejar una sabiduría ancestral. Combinada con su manera de tocar el piano, era gloriosa.

FOTO ANTERIOR | Aretha Franklin nació en esta casa, ahora abandonada, en South Memphis, Tennessee. Cuando falleció, en agosto de 2018, la gente llevó flores y dejó mensajes o las letras de sus canciones favoritas. A algunos lugareños les gustaría rendirle homenaje y hacer que la casa se conserve como monumento histórico.

Sin cantar una palabra, tocó un acorde en el piano. Luego enderezó la espalda, miró la habitación y se retocó el labial escarchado con la boca. Todos los hombres de la sala pusieron atención.

Cuando empezó a cantar, tocó una nota tipo “el infierno no conoce la furia de una mujer despreciada” que amenazaba con desprender las láminas de aislamiento acústico.

Su voz estalló con una emoción pura. Los productores describieron lo que brotó de Franklin aquel día en Muscle Shoals como algo fuera de este mundo.

Golpeó el piano como si las teclas marcaran una delgada línea entre el amor y el odio. Luego tocó una nota baja y surgió la iglesia.

FOTO ANTERIOR | Un retrato de Clarence LaVaughn “C. L.” Franklin, el padre de Aretha, aún cuelga al interior de la Iglesia Bautista New Salem de Memphis, donde fue pastor a principios de los años cuarenta.

Esa grabación de “I Never Loved a Man (The Way I Love You)” catapultaría a Franklin al estrellato. Los miembros de la banda dijeron que nunca habían visto ni oído a ninguna cantante como ella. La potencia de su voz, la fuerza de su narrativa y la forma de canalizar esa cosa intangible llamada soul eran espléndidas.

“Te puedo decir lo que vi”, me contó en una entrevista Spooner Oldham, organista y compositor legendario. Oldham, miembro del Salón de la Fama del Rock & Roll, ha visto algunos actos sobresalientes: ha tocado con Neil Young, Bob Dylan y muchos iconos más de la música. Pero aquella primera grabación con Franklin fue algo muy distinto, dijo.

“No se habló ni se planeó. Solo empezó a tocar. Sabía que estaba trabajando con alguien especial –recuerda Oldham–. Su voz era difícil de describir. Cubría tanto territorio. Era angelical. Conmovedora. Alegre. Triste. Si empiezas a ponerle adjetivos, los usarías todos. Ella era única. Ahí mismo pensé que era una genio de la música”. Durante esa sesión, Franklin, respaldada por la renombrada Muscle Shoals Rhythm Section, grabó el primero de sus muchos discos millonarios.

En 1963, C. L. Franklin organizó la Caminata hacia la Libertad en Detroit, Míchigan, donde Martin Luther King Jr. pronunció una versión preliminar de su discurso “Tengo un sueño”. Más de 125 000 personas asistieron a la marcha. C. L. Franklin, de pie a la izquierda de King, fue su asesor. Tras el asesinato de King en 1968, Aretha Franklin cantó “Precious Lord” en un servicio conmemorativo. BIBLIOTECA WALTER P. REUTHER, ARCHIVOS DE TRABAJO Y ASUNTOS URBANOS, UNVERSIDAD ESTATAL WAYNE

“Terminaron el tema y todos en la sala supieron que era un éxito”, me aseguró Rodney Hall, hijo del cofundador de los estudios FAME Rick Hall.

La fuente del dolor sobre el que Franklin cantaba con tanta pasión quedaría clara con lo que sucedió después. La sesión de grabación se suspendió cuando el infierno se desató en el estudio.

El marido-agente de Franklin Ted White acusó a un trompetista de coquetear con su mujer y exigió que despidieran al músico. Más tarde, Rodney Hall recordó que su padre le contó que la noche terminó con Rick Hall y White tratando de arrojarse el uno al otro desde un balcón del hotel donde se hospedaba Franklin.

La escena desastrosa era una ventana a su mundo privado. Ella canalizaba su dolor y le infundía su alma a canciones que se volverían universales al cruzar géneros musicales y atravesar el tiempo, las generaciones y las culturas. Aquella noche en Alabama la pondría en el camino de conducir la música popular durante décadas y llevar el sonido del soul a nuevas alturas. Su voz se convertiría en el sonido revolucionario de las mujeres, los afroamericanos y otros que exigían ser reconocidos. A los pocos días de haber dejado Muscle Shoals, Franklin grabaría otro éxito, “Do Right Woman, Do Right Man”, en un estudio de Nueva York. Una semana después grabó “Respect”, canción que se convertiría en un himno no solo del poder de Franklin dentro de la industria musical, sino también de los derechos de la mujer en momentos volátiles.

Más de medio siglo después de la épica sesión de grabación de Franklin en Muscle Shoals, y a casi un trienio de su defunción a los 76 años, su genio perdura como una especie de enigma. Su largo y exitoso periodo como Reina del Soul es indudable. Que podía cantar el blues más profundo, el funk más bailable, el pop más pegajoso, el jazz más sedoso, el R&B más potente, el gospel más conmovedor e incluso la ópera más dramática con facilidad fenomenal es indiscutible. Que era una genio de la música sin igual por su alcance, potencia y alma es irrefutable.

Así como Albert Einstein desafió los límites de la ciencia y Pablo Picasso creó una nueva forma de arte, Franklin extendió el sonido de la música a nuevas profundidades, lo arregló, lo expandió, lo capturó, lo compuso, lo hizo suyo y lo presidió durante más de seis décadas.

Pero, ¿cuál era con exactitud la fuente del arte de Franklin? Al igual que otros genios, fue una niña prodigio, su don fue reconocido desde pequeña y cultivado por su padre. Como Picasso y Einstein, tenía una personalidad dominante y un agudo sentido del detalle. Franklin tenía un oído muy desarrollado que le permitía desmenuzar las líneas melódicas de una canción y arreglarlas a su gusto. También tenía una ambición intensa y el deseo de grabar discos de éxito. Incluso cuando su salud se debilitaba en sus últimos años, quería volver al estudio y hacer música.

ERA LA FORMA EN QUE UTILIZABA SU VOZ, COMO CUANDO SALTABA LAS OCTAVAS, LO QUE REVELABA SU DON.

“El genio de Aretha era muy, muy natural en ella –me explicó el magnate de la música Clive Davis–. Sentía la música, la encarnaba y era capaz de interpretarla como nadie antes de ella”.

Davis, quien trabajó con Franklin durante 38 años, señaló que su genio residía en su capacidad para llevar las canciones a un nivel más profundo, a veces, incluso más profundo de lo que era la intención de los compositores. “Entendía la esencia del lenguaje y de la melodía, y era capaz de llevarla a un lugar al que muy pocos –o ninguno– podían llegar”, recordó.

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