EL FIN DE LA BASURA
National Geographic en Español|Marzo 2020
Un mundo sin desperdicios se antoja imposible. Pero la visión de una economía circular –en la que moderamos el uso de recursos y reciclamos materiales sin cesar– inspira a ambientalistas y empresas por igual. ¿Podemos hacerla realidad? ¿Podemos darnos el lujo de no intentarlo?
ROBERT KUNZIG

ENERGÍA

El silo del nuevo incinerador de Copenhague tiene capacidad para más de 22 000 toneladas de basura. Un incinerador de combustión limpia genera energía, de modo que la basura tiene un final mucho más provechoso que el vertedero. Aun así, el objetivo de la economía circular es que acabemos con toda la basura al evitar producirla.

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Apodado Copenhill, el incinerador de la capital danesa utiliza lo último en tecnología para transformar 485 000 toneladas anuales de basura en energía, para dar electricidad a 30 000 hogares y calentar 72 000. La planta ofrece también una pista de esquí abierta todo el año, un sendero para correr y un muro de escalada de 85 metros, el más alto del mundo.

EN ÁMSTERDAM conocí a un hombre que me reveló las corrientes ocultas de nuestras vidas, es decir, los flujos masivos de materia prima y las consecuencias, tan maravillosas como perniciosas, de los productos que creamos 7 700 millones de humanos. Digamos que vi nuestro metabolismo compartido. Era una mañana fresca de otoño y me senté rodeado de un espléndido montón de ladrillos viejos que se alza en Oosterpark. Construido a principios del siglo pasado, cuando Indonesia aún era una colonia de la que los holandeses obtenían café, petróleo y caucho, el edificio sirvió como sede de un instituto de investigación colonial. Hoy está ocupado por una colección de organizaciones idealistas y Marc de Wit trabaja en una de ellas: Circle Economy, empresa que forma parte de un movimiento internacional muy dinámico, cuya finalidad es reformar la manera en que hemos hecho casi todo en los últimos dos siglos.

Con 39 años, De Wit es un químico simpático, con gafas y apariencia algo desaliñada. Abre un folleto y despliega un diagrama que describe como “la radiografía de nuestra economía global”. Explica que, a diferencia de los ciclos que caracterizan los ecosistemas naturales –las plantas crecen en el suelo, los animales comen plantas, el estiércol nutre el suelo–, la economía industrial es eminentemente lineal. El diagrama representa los cuatro tipos de materia prima –minerales, metales, combustibles fósiles y biomasa– como corrientes gruesas y coloridas que corren de izquierda a derecha, y que se separan y trenzan conforme se convierten en productos que satisfacen las siete necesidades humanas. La arena entró en el concreto de las torres de apartamentos de cinco continentes. El metal se transformó en barcos, autos y cosechadoras con las que, en un solo año, cosechamos 20 100 millones de toneladas de biomasa, nada más para alimentarnos. Los combustibles fósiles energizan vehículos, nos calientan y se convierten en plásticos o en cualquier cantidad de cosas. En 2015, el total de lo que ingresó en la economía ascendió a 92 800 millones de toneladas.

Hasta aquí, todo bien; es más, fantástico. El problema es lo que ocurre después de que satisfacemos nuestras necesidades, porque ese es el origen de todos los problemas medioambientales. De Wit señala una sombra gris en el margen derecho del diagrama. Esa niebla gris representa los desperdicios.

El químico precisa que, en 2015, dos tercios del material que extrajimos del planeta se nos escaparon de entre los dedos. Perdimos más de 61 000 millones de toneladas arduamente obtenidas, y casi todas se dispersaron de manera irremediable. La basura plástica flotó hacia ríos y mares, y lo mismo ocurrió con los nitratos y fosfatos que se escurrieron de los campos fertilizados. Dejamos pudrir un tercio de los alimentos y, aun así, deforestamos la Amazonía para producir más. Imagina cualquier problema medioambiental. Lo más probable es que esté relacionado con los desechos. Y eso incluye el cambio climático, provocado por la quema de combustibles fósiles y las consiguientes emisiones de gases que se diseminan en la atmósfera, como el bióxido de carbono.

Aquel diagrama desequilibrado definía la tarea con una claridad unificadora y estimulante. Decía que, ciertamente, enfrentamos muchas amenazas abrumadoras. Y sí, son de escala planetaria. No obstante, solo tenemos que hacer una cosa para llevarnos mejor con la Tierra: dejar de desperdiciar tanto. De Wit indicó la parte inferior del diagrama, donde una flecha muy delgada giraba en sentido contrario, de derecha a izquierda, y representaba todo el material que hemos recuperado mediante acciones como reciclaje, compostaje y otras medidas. La cifra indicaba 8 400 millones de toneladas: apenas 9 % del total.

La “brecha de circularidad” –término que De Wit y sus colegas acuñaron en 2018, cuando presentaron su informe en el Foro Económico Mundial de Davos– es un concepto relativamente nuevo en la historia de la humanidad. Data del siglo xviii, cuando empezamos a utilizar combustibles fósiles en la era industrial. Antes de eso, casi todo lo hacíamos a fuerza de músculos, ya fueran humanos o animales. Cultivar, crear objetos, embarcarlos. Todo requería un arduo esfuerzo y en ello estribaba el valor. Por otra parte, nuestra limitada energía física restringía la mella que le hacíamos al planeta. Eso sí, la mayoría éramos muy pobres.

La situación cambió con la energía fósil barata, que el tiempo geológico y la presión concentraron en vetas de carbón o yacimientos de petróleo. Esa energía facilitó la extracción de materia prima en cualquier parte y nos permitió transportarla a fábricas donde producíamos mercancías que enviábamos a todos lados. Ese proceso sigue intensificándose, porque, si bien la población mundial se ha duplicado en los últimos 50 años, la cantidad de materiales que fluyen hacia la economía se ha más que triplicado.

“Y ahora estamos llegando al límite”, sentencia De Wit.

En ese mismo medio siglo, los ambientalistas han tratado de advertirnos sobre los límites del crecimiento. Pero el nuevo movimiento de la “economía circular” es distinto, ya que postula un conjunto de estrategias (algunas muy conocidas, como reducir, reutilizar y reciclar, y otras novedosas, como alquilar más que poseer cosas) que, tomadas en conjunto, buscan modificar la economía global para evitar el desperdicio. La economía circular no se propone acabar con el crecimiento. Por el contrario, su objetivo es cambiar lo que hacemos para recuperar la armonía con la naturaleza y mantener el crecimiento. “Prosperidad en un mundo de recursos finitos”, como escribió Janez PotoÄnik, comisario europeo del medio ambiente.

Este concepto empieza a imponerse, de manera particular en Europa, un continente pequeño, sobrepoblado y rico, pero carente de recursos. La Unión Europea invierte miles de millones de dólares en esta estrategia y los Países Bajos han hecho el compromiso de volverse completamente circulares para 2050. Ámsterdam, París y Londres ya tienen proyectos para tal fin. “Debe hacerse realidad”, me respondió Wayne Hubbard, jefe de la Junta de Desechos y Reciclaje de Londres, cuando le pregunté si la economía circular era viable.

Un hombre que está seguro de su factibilidad, y cuyo trabajo ha sido revelador para muchos, es el arquitecto estadounidense William McDonough, quien, en 2002, escribió el libro visionario Cradle to Cradle [de cuna a cuna] junto con el químico alemán Michael Braungart. En su obra, los autores argumentan que es posible diseñar productos y procesos económicos de manera tal que todos los desperdicios se aprovechen en algo más. Antes de viajar a Europa visité la oficina de McDonough en Charlottesville, Virginia. Todo lo que se dice sobre acabar con los desperdicios, ¿no será mera ilusión? “Por supuesto que es una ilusión, no hay duda de ello –respondió McDonough–. Necesitamos ilusiones para seguir adelante.

Poco después llevé a reparar mi vieja y rota maleta con ruedas (una decisión muy circular, comparada con la de comprar una nueva), emprendí el viaje en busca de cualquier evidencia que pudiera encontrar sobre la economía circular.

Metales

LAS PRIMERAS FISURAS en nuestra circularidad natural anteceden la revolución industrial del siglo xviii. Además de botar ánforas rotas sin pudor, los romanos concibieron una invención peligrosa: el alcantarillado. Es decir, canalizaban desechos humanos hacia los ríos, en vez regresarlos a los campos, donde deben estar esos nutrientes, como te lo dirá cualquier experto en circularidad. McDonough recuerda que en los años cincuenta, mientras transcurría su infancia en Tokio, solía levantarse de la cama por la noche al oír a los agricultores que recogían los desechos nocturnos de la familia.

Los romanos extraían cobre, pero también reciclaban: fundían las estatuas de bronce de los pueblos conquistados para producir armas. El cobre siempre ha sido uno de los objetivos principales de los recicladores, porque, en comparación con las aguas residuales, es muy escaso y valioso.

En el patio de Aurubis –una fundición de cobre que opera en Lünen, en la región del río Ruhr, al oeste de Alemania–, un gran busto de Lenin se alza sobre un macizo de flores, recordatorio de los muchos otros Lenin de bronce recolectados en las antiguas ciudades comunistas de Alemania Oriental y que fueron fundidos allí tras la reunificación del país en 1990. Amén de ser el principal productor de cobre en Europa, Aurubis es también el mayor reciclador mundial de este metal.

A diferencia del plástico, podemos reciclar cobre de manera indefinida y sin que pierda su calidad: el material circular perfecto. La planta de Lünen aún procesa cobre a granel, casi todo obtenido de tuberías y cables, aunque tuvo que hacer adaptaciones para desechos con concentraciones más bajas del metal. A medida que Europa reemplaza los vertederos con incineradores municipales, empieza a producirse una gran cantidad de escoria que contiene fragmentos de cobre, “porque alguien botó el celular en la basura” en vez de depositarlo en el contenedor de reciclaje, señala Laser.

Hendrik Roth, gerente medioambiental de la planta, me llevó a ver una excavadora que soltaba carretadas de escombros electrónicos, incluidas computadoras portátiles, en una empinada cinta transportadora que los conducía hasta una trituradora, la primera de más de una docena de etapas en un proceso de clasificación desconcertante y ensordecedor. Otra transportadora pasaba rápidamente por una estación, arrastrando pedazos de tarjetas de circuitos. Algunos caían en un abismo y otros, como si tuvieran vida, saltaban hacia la banda que corría por arriba. Roth me dice que un sistema de cámaras determina la presencia de metal en cada fragmento y, si no detecta cobre, activa un chorro de aire en el momento preciso.

Aurubis vende todo el aluminio y el plástico que recupera, mientras que sus hornos reciben cobre y otros metales no ferrosos. En el patio, unos obreros barren a diario el polvo metálico y lo devuelven a la fundición.

Según un informe de la ONU de 2017, reciclamos solo la quinta parte de los desechos electrónicos mundiales, y Aurubis recibe desperdicios incluso de Estados Unidos. “A veces me pregunto a qué se debe que un país tan industrializado renuncie a semejantes recursos –comenta Roth–. Están tirando miles de millones de dólares”.

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