100 maravillas de la arqueología
National Geographic en Español|Noviembre 2021
El entendimiento de la historia de la humanidad ha aumentado de manera dramática durante los últimos dos siglos, ya que las excavaciones en seis continentes –con ayuda de los avances tecnológicos– han develado las historias de nuestros antepasados.
By Andrew Lawler

Guerreros de terracota, 210 a. C. Enterradas para acompañar al primer emperador de China a la otra vida, las estatuas de soldados y sirvientes de tamaño real se descubrieron en 1974. Desde entonces se han desenterrado cerca de 8 000 guerreros, así como caballos, carrozas, acróbatas y músicos.O. LOUIS MAZZATENTA

La tumba de un faraón adolescente, 1322 a. C.

Después de que el arqueólogo Howard Carter abriera la tumba llena de tesoros del rey Tut en Egipto, en 1922, el joven faraón se convirtió en una celebridad internacional. Su máscara funeraria de oro es uno de los objetos más famosos jamás encontrados. KENNETH GARRETT

LA BÚSQUEDA DE TESOROS ES TAN ANTIGUA COMO EL SAQUEO DE LAS PRIMERAS TUMBAS.

Últimos momentos de Pompeya y Herculano, 79 d. C. Al recorrer Pompeya en 1981, un grupo estudia a las víctimas de la erupción volcánica del Vesubio que sepultó a dos prósperas ciudades romanas. “De pronto nos encontramos con seres humanos salidos del pasado oscuro al momento de su muerte –escribió el arqueólogo Amedeo Maiuri–. Unos muestran una actitud de lucha feroz contra su destino; otros se reclinan con tranquilidad, como si estuvieran dormidos”. DAVID HISER

LA URGENCIA POR DESCUBRIR LAS riquezas enterradas ha obsesionado a innumerables buscadores, enriquecido a unos pocos y llevado a otros al borde de la locura.

“Hay ciertos hombres que dedican casi toda su vida a buscar kanûz (tesoros ocultos) –escribió la viajera británica Mary Eliza Rogers tras visitar Palestina a mediados del siglo xix–. Algunos se vuelven maniáticos, abandonan a sus familias y, aunque a menudo son tan pobres que mendigan de puerta en puerta y de pueblo en pueblo, se consideran ricos”.

No todos los cazadores de fortunas con los que se cruzó Rogers eran vagabundos desesperados. También se encontró con sahiri, que se podría traducir como nigromantes, “de quienes se cree tienen el poder de ver objetos ocultos en la tierra”. Estos estimados clarividentes, a menudo mujeres, entraban en un trance que, según Rogers, les permitía describir con minucioso detalle los escondites de bienes valiosos.

La arqueología transformó esos “objetos ocultos en la tierra” de simples tesoros a poderosas herramientas que hoy nos permiten dar un vistazo al pasado.

Al principio, la incipiente ciencia que surgía en la época de Rogers no se diferenciaba mucho del saqueo tradicional, ya que los colonialistas europeos competían por llenar sus vitrinas con estatuas y joyas antiguas de tierras lejanas. Sin embargo, la nueva disciplina también dio paso a una era de descubrimientos sin precedentes que revolucionó la comprensión de la rica diversidad de nuestra especie, así como de nuestra humanidad común.

Si esto te parece una exageración, imaginemos un mundo sin arqueología. Sin la lujosa Pompeya. Sin el imponente oro tracio. Sin ciudades mayas que surgieran de la selva densa. El ejército de terracota de un emperador chino seguiría bajo la oscura tierra de un campo agrícola.

Sin la arqueología sabríamos muy poco sobre las primeras civilizaciones del orbe. Sin la piedra de Rosetta seguiríamos desconcertados por los enigmáticos símbolos en las paredes de las tumbas y los templos de Egipto. La primera sociedad alfabetizada y urbana del planeta, que floreció en Mesopotamia, tan solo se conocería de manera vaga mediante la Biblia. Y la mayor y más populosa de estas primeras culturas, que se agrupó en torno al río Indo, en el subcontinente indio, nunca se nos habría revelado.

Sin el estudio sistemático de lugares y objetos, la historia sería rehén de los pocos textos y edificios monumentales que han sobrevivido a los caprichos del tiempo. El inmenso Pacífico de nuestro pasado solo se interrumpiría por atolones dispersos: un pergamino maltrecho aquí, una pirámide allá.

Dos siglos de excavaciones en seis continentes han dado voz a un pasado que, en su mayor parte, permanecía enterrado. Mediante los sitios y objetos recuperados, nuestros ancestros lejanos –muchos de los cuales no sabíamos que existían– pueden contar sus historias.

AL MENOS DE SDE EL ÚLTIMO REY de Babilonia, hace más de 2 500 años, gobernantes y ricos han coleccionado antigüedades para deleitarse con el reflejo de la belleza y la gloria de épocas pasadas. Los emperadores romanos transportaron al menos ocho obeliscos egipcios por el Mediterráneo para embellecer su capital. Durante el Renacimiento, uno de estos monumentos paganos se levantó en el corazón de la plaza de San Pedro.

En 1710, un aristócrata francés contrató trabajadores para que hicieran un túnel en Herculano, una ciudad cercana a Pompeya que había permanecido casi intacta desde la mortífera explosión del Vesubio, en 79 d. C. Las estatuas de mármol encontradas desencadenaron la moda de desenterrar lugares antiguos, la cual se extendió por toda Europa. En el Nuevo Mundo, Thomas Jefferson mandó abrir zanjas en un túmulo funerario de los nativos americanos para evaluar quién lo construyó y por qué.

En la época de Mary Eliza Rogers, los excavadores europeos se extendían por todo el mundo. Pocos eran eruditos dedicados; en su mayoría se trataba de diplomáticos, militares, espías o negociantes adinerados –y eran, con muy pocas excepciones, hombres– íntimamente ligados a la expansión colonial. Utilizaban su poder e influencia en el extranjero tanto para estudiar como para robar, mientras llenaban sus cuadernos y se llevaban momias egipcias, estatuas asirias y frisos griegos para sus museos nacionales o colecciones privadas.

Avancemos hasta los alegres años veinte del siglo xx. Las espectaculares joyas encontradas en la tumba del rey egipcio Tut y el Cementerio Real de Ur acapararon los titulares y alteraron el curso del arte, la arquitectura y la moda. Sin embargo, para entonces los profesionales cultos habían empezado a comprender que el material más valioso de las excavaciones no era el oro recuperado, sino los datos encerrados en las cerámicas rotas y los huesos desechados.

Los nuevos métodos de registro de las capas finas del suelo proporcionaron novedosas formas de reconstruir la vida cotidiana del pasado. A partir de los años cincuenta, la medición de la descomposición radiactiva de la materia orgánica dio a los investigadores su primer reloj confiable para fechar artefactos.

En nuestro siglo, la arqueología se hace cada vez menos en las excavaciones y más en los laboratorios. Lo que antes tenía poco valor evidente –semillas quemadas, heces humanas, residuos en el fondo de una olla– hoy día es el nuevo tesoro. Mediante un análisis minucioso, estos humildes restos pueden revelar qué comía la gente, con quién comerciaba e incluso su procedencia.

Las técnicas modernas permiten datar el arte rupestre y proporcionan información sobre culturas como las de los primeros pueblos nativos de Australia, que dejaron pocas pruebas duraderas. El mar ya no es la barrera impenetrable que había sido desde tiempos inmemoriales; los buzos acceden a naufragios que van desde un buque mercante de la Edad de Bronce hasta el más legendario de los desastres oceánicos: el Titanic.

El avance más revolucionario de las últimas décadas es nuestra capacidad para extraer el material genético de huesos antiguos. El ADN nos ha proporcionado una visión íntima de cómo nuestros antepasados interactuaban con los neandertales. También ha permitido descubrir a nuestros primos desaparecidos, los denisovanos, y a los extraordinariamente pequeños habitantes de la isla de Flores en Indonesia.

Una serie de enfoques nuevos, desde imágenes satelitales hasta fluorescencia de rayos X, permite a los científicos sondear yacimientos y objetos sin tener que meter una pala en el suelo o cortar una muestra de algún objeto valioso de museo. Esto significa que es menos probable que, sin querer, eliminemos datos que no reconocemos pero que generaciones posteriores podrían recuperar.

NO OBSTANTE, EL PASADO DE LA arqueología, a menudo desagradable, proyecta una sombra larga. No fue sino hasta la década pasada que un movimiento para repatriar objetos extranjeros mal habidos, desde los mármoles de Elgin hasta los bronces de Benín, ganó fuerza política. Durante siglos, la reticencia de Estados Unidos y Europa para formar o promocionar arqueólogos autóctonos significó que, cuando los imperios coloniales se desmoronaron, había pocos investigadores oriundos con la experiencia necesaria para continuar el trabajo. Quienes se esfuerzan por hacerlo, a menudo se ven obstaculizados por guerras, falta de recursos y presiones de desarrollo. Uno de los grandes centros budistas antiguos de Asia Central, Mes Aynak, en Afganistán, se ha visto amenazado por bombardeos, saqueadores y un plan del gobierno para explotar el yacimiento que se encuentra sobre una gran reserva de cobre.

El pasado es un recurso no renovable, y cada sitio antiguo demolido o saqueado es una pérdida global. Hoy día, es del dominio público que las comunidades locales son esenciales para mantener la salud y el bienestar de los ecosistemas naturales, como parques y reservas de vida silvestre. Lo mismo ocurre con lo que nuestros antepasados dejaron tras de sí.

La destrucción que ha afligido a sitios de Medio Oriente y Asia Central es aún más terrible porque los pobladores empobrecidos suelen tener poco interés en protegerlos. Entre las amenazas a este patrimonio se encuentran grupos que destruyen ídolos, como Al Qaeda y los talibanes, así como la compraventa de objetos saqueados. La paz y la prosperidad también suponen peligros cuando las construcciones nuevas arrasan restos antiguos.

A pesar de algunos reveses desalentadores, hay buenas razones para creer que una segunda época dorada de la arqueología despojada en gran medida de sus rasgos colonialistas y prejuicios racistas– ha comenzado.

La afluencia de mujeres e investigadores indígenas revitaliza el campo conforme los arqueólogos trabajan más de cerca con sus colegas de otras disciplinas para trazar el cambio global a través del tiempo con la ayuda de climatólogos, en colaboración con químicos para rastrear la antigua distribución de drogas como marihuana y opio, e investigan junto con los físicos métodos de datación mucho más precisos.

Sin embargo, el verdadero poder de la arqueología sigue arraigado en su capacidad de trascender el conocimiento intelectual y los credos del momento. Descubrir lo que ha estado oculto durante mucho tiempo nos conecta con nuestros antepasados desaparecidos. En el momento en que un excavador limpia la suciedad para dejar al descubierto una moneda antigua o retira con cuidado la tierra apelmazada del rostro cincelado con delicadeza de una estatua votiva, las inmensas distancias del tiempo, la cultura, el idioma y las creencias pueden desaparecer.

Incluso si nos limitamos a mirar a través del cristal de una vitrina de museo o las páginas de una revista, podemos encontrarnos estrechamente vinculados con la persona que dio forma a una vasija, sujetó un broche deslumbrante o llevó una espada finamente forjada a la batalla. Existe una intensidad inquietante en esas huellas de 3.7 millones de años marcadas durante un día lluvioso en la sabana de Tanzania, como si estuviéramos presentes en los albores de nuestra propia creación.

La tarea de los arqueólogos no es encontrar un tesoro enterrado, sino resucitar a los que han estado muertos durante mucho tiempo para convertirlos de nuevo en individuos que como nosotros lucharon y amaron, crearon y destruyeron, y que al final, dejaron tras de sí algo de ellos.

La cueva de Lascaux, en el suroeste de Francia, conserva el arte de pintores paleolíticos que evocaron a gran escala los animales que conocieron hace casi 20 000 años. SISSE BRIMBERG

ARTE DE LA EDAD DE HIELO

Las siguientes imágenes se tomaron del recién publicado libro de National Geographic Lost Cities, Ancient Tombs: 100 Discoveries That Changed the World (Ciudades perdidas, tumbas antiguas: 100 descubrimientos que cambiaron el mundo).

HACE 20 000 AÑOS FRANCIA

Las vívidas pinturas rupestres de Lascaux y Chauvet representan una explosión de la creatividad humana de hace miles de años y muestran un arte sorprendentemente avanzado.

UNA TARDE DE SEPTIEMBRE DE 1940, cuatro adolescentes cruzaron el bosque de una colina con vistas a Montignac, en el suroeste de Francia. Habían ido a explorar un agujero oscuro y profundo del que se rumoraba era un pasaje subterráneo hacia la cercana mansión de Lascaux. Al atravesar la entrada, uno por uno vieron pinturas maravillosamente realistas de caballos que corrían, ciervos que nadaban, bisontes heridos y otros seres; obras de arte que pueden tener hasta 20 000 años de antigüedad.

La colección de pinturas de Lascaux es uno de los 150 sitios prehistóricos que datan del Paleolítico y que han sido documentados en el valle de la Vézère, Francia. Este rincón del suroeste de Europa parece haber sido un centro privilegiado para el arte figurativo. El mayor descubrimiento desde Lascaux se produjo en diciembre de 1994, cuando tres espeleólogos hallaron pinturas que no se habían visto desde que un desprendimiento de rocas de hace 22 000 años selló una caverna en el sur de Francia. Aquí, a la luz del fuego, los artistas prehistóricos dibujaron perfiles de leones de las cavernas, manadas de rinocerontes y mamuts, bisontes, caballos, íbices, uros y osos cavernarios magníficos. En total, los artistas representaron 442 animales durante quizá miles de años, utilizando casi 37 000 metros cuadrados de la superficie de la caverna como su lienzo. El sitio, ahora conocido como la cueva de ChauvetPont-d’Arc, se ha llegado a considerar como la Capilla Sixtina de la época prehistórica.

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