En la azotea del mundo FF
Esquire Latinoamérica|Febrero 2021
“La última encarnación de Ulises, el romance sin fin entre la bella y la bestia, ha estado esta tarde en la esquina de la 42 Street y la 5ta avenida, esperando a que la luz del semáforo cambiara”. -Joseph Campbell.
By Joseph Campbell

UNA ENTRE VISTA CON FERNANDO FRÍAS, EL MEXICANO AL QUE EL OSCAR TIENE EN LA MIRA, COMPARTE SU ODISEA CON ESQUIRE.

CAMINAR EN EL TECHO. Asomarse desde las alturas. Sentir el golpe del viento en la nuca y estar de pie. Hacia los lados el oriente y el poniente, al norte Estados Unidos y al sur el resto de México que embona con Latinoamérica. Fernando Frías es su propia brújula en el techo de un edificio de la antes llamada Tenochtitlan, sintiendo que la vida lo jala, lo empuja y arroja hacia el resto del mundo que lo ha proclamado entre los nuevos emisarios del buen cine y que le da la posibilidad de soñar con el Oscar de Hollywood y el Goya de España, si ambos lo nominan.

Dicen que el camino de regreso a casa solo puede iniciarse cuando se parte de la misma; Frías hace 11 años dejó México para aventurarse a Nueva York con la misión de encontrar su voz como artista, y –sobre todo– apostando por su experiencia favorita: tomar perspectivas de las cosas.

“Nací en la Ciudad de México, pero ya llevo demasiados años fuera para decir que solo soy de ahí”, dice Frías, de 35 años, a Esquire, detrás de su iPhone con lada en Estados Unidos, días después de su sesión de fotos para estas páginas, ahora en su auto, con las bocinas prendidas y las ventanas del auto aislándolo de un Nueva York en plena recuperación pospandemia. Ahí cerca, en su barrio de Brooklyn, también puede pensar en la propia odisea, aquella que sopló vida a Ya no estoy aquí, gestándose en ese espacio entre el que se fue y el umbral mexicano que partió.

Curioso, aventurero y con pocas ganas de complacer a cualquiera que le diga qué debe hacer –excepto a sus padres–, Frías habitó una infancia con pase directo a la silla del director escolar. Así recuerda: “Todo lo que no me podía portar mal en mi casa, me portaba mal en la escuela. Acababa más rápido algunas tareas y era inquieto. Entonces tuve problemas con la autoridad, pero yo estaba en búsqueda de identificación y por eso cambié tanto de escuela”.

“Hijo pilón”, como dicen en México, Frías aprendió a ver hacia arriba desde que se bajó de la cuna. Su hermana y hermano le llevaban muchos años, y su madre –quien trabajaba como secretaria en PanAm– le regalaba a sus hijos y esposo abogado la posibilidad de viajar a Sudamérica y a algunos sitios de Europa en temporada baja, cortesía la línea aérea que Stanley Kubrick inmortalizó con su viaje a la luna en 2001: odisea del espacio.

“Para mí viajar se volvió muy importante, porque encontraba esta combinación de diferentes versiones de lo que yo conocía. Algo familiar, pero al mismo tiempo novedoso. Alimento para un pequeño curioso como lo era yo”, recuerda Frías, quien regresaba a casa a llenar sus ratos de soledad con imaginación y luego con películas, capturadas en Betamax y VHS apilados en estantes, cajas y en el mismo piso, provenientes de la colección de su papá.

“Digo, sin exagerar, que teníamos cientos de miles de videocassettes con películas originales o grabadas en la tele. Ver películas con mi padre era todo un ritual, una ceremonia ofrecida a la que el resto de la familia era invitada. Mi hermano no iba, mi hermana sabía lo que gustaba y mi madre se quedaba dormida. Yo curiosaba con todo”, dice Frías sobre su papá, que sigue siendo aficionado también a la música y a la literatura, incluso escribe poesía.

Una de esas veces, frente al televisor, Frías recibió una de las sacudidas que marcarían su futura carrera de cineasta. Fanny y Alexander, de Ingmar Bergman, contaba la historia de un niño curioso como Fernando, quien gustaba inventar historias aún cuando fuera castigado por ello, precísamente, por una figura de autoridad como lo era el padrastro del filme.

Al iniciar el clásico de Bergman, un teatro cuelga sobre el escenario la leyenda en danés labrada en madera: “Ei Blot Til Lyst” (“No solamente para placer”), vaticinándole a Frías, aún como aprendiz, que la urgencia por hacer películas al crecer vendría con la motivación de búsquedas personales que necesitaban una historia en pantalla, y no necesariamente hacer sentir cómodo a quien está sentado en la butaca.

Alexander, vestido por su madre, y asistentes del hogar, se asomaba tras la cortina roja al tiempo que iba acomodando personajes de cartón en el escenario a escala del Royal Theatre de Copenage. Todo es una ilusión en sí y la cámara de Bergman ayuda al truco de hacer creer –al inicio del filme– que el teatro era real.

“Yo, más que enamorarme del cine, encontré identificación tanto en el cine como en la literatura. Al crecer con miles de DVD pirata coleccionados a mi disposición, poco a poco comencé a traicionar lo que era familiar u oficial de los gustos de mi casa y a buscar mi propio contenido, las cosas con las que yo me identificaba”.

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