El hombre que ha sido el hombre que sería rey
Esquire Latinoamérica|Febrero 2021
¿Quién es Josh O’Connor, el inglés que saltó a la fama mundial como el controvertido príncipe Carlos de The Crown? Este perfil nos muestra a un actor de talento espléndido. ¿Qué viene para él?
Por Alex Bilmes. Fotos Simon Emmett. Moda Catherine Hayward

Supongo que es posible que detrás del exterior excepcionalmente afable de Josh O’Connor se oculte un joven saturnino, atormentado, una sombra de O’Connor; no muy distinto a los jóvenes saturninos, atormentados, a quienes ha interpretado en escena y pantalla, y a quienes debe su fama (en particular, al alicaído príncipe Carlos, en The Crown, la fastuosa saga sobre la realeza que tiene a todos pegados al sillón desde su estreno en Netflix, en 2016). Quizá sea poco probable que el aspecto amigable de O’Connor oculte secretos sombríos, pero tampoco imposible. Porque si sabemos con certeza una sola cosa sobre él, es que a los 30 años de edad es reconocido por su rotundo talento.

“Es mi clase de actor favorito, es decir, transformativo”, afirma Francis Lee, director y guionista de God’s Own Country, la película de 2017 que cimentó la reputación de O’Connor como uno de los hallazgos más emocionantes de la escena y pantalla del Reino Unido. “Es proteico”, agrega Lee y lo equipara con Daniel Day-Lewis, quizás el actor vivo más admirado. También con una actriz con quien Lee ha trabajado en fechas recientes: Kate Winslet. No es poca cosa. “Kate Winslet no actúa, existe”.

“¡Exacto!”, coincide Olivia Colman, coprotagonista de O’Connor en The Crown y ganadora del Oscar, el Globo de Oro y de todos los premios que existen (para republicanos fanáticos o gente sin internet: Colman interpreta a Su Majestad la reina Isabel II de Gran Bretaña, y al igual que O’Connor, se incorporó al elenco en la tercera temporada, en 2018). “Como bien señalas, algunos actores son el personaje”, afirma Colman. Me pregunto cómo lo hacen. “Te pones en los zapatos de alguien más”, dice, señalando que las cualidades requeridas para ello son “... inteligencia emocional y empatía. Y a Josh le sobran”.

A Peter Morgan, cocreador y guionista de The Crown, le gustan las analogías futbolísticas: compara a O’Connor con Andrés Iniesta, exmediocampista del Barcelona a quien se le describe como un jugador “completo” por el dominio sutil, modesto y total de su deporte. Declara que O’Connor es un actor “absoluto”, en toda regla. “En especial con un personaje como Carlos de Inglaterra: es muy fácil malinterpretarlo, caer en la caricatura, la imitación. En su primer día como el príncipe supimos de inmediato lo bueno que era”, cuenta Morgan.

Pues me dan la razón. Si O’Connor es un actor tan capaz –interpretó convincentemente, o fue, un granjero de Yorkshire alcohólico, con incontinencia sexual en God’s Own Country; un alienado y aislado heredero al trono en The Crown; el insufrible pastor Mr. Elton en la melosa adaptación cinematográfica de Emma; el joven Lawrence Durrell en la serie The Durrells de ITV y muchos más–, ¿cómo estar seguros de que su figura pública, un chico decente de clase media de West Country, no es otra sorprendente metamorfosis? ¿Podría ser que debajo de este simpático inglés se oculte un monstruo amargado, melancólico y egocéntrico?

“No, para nada. Es un ser humano absolutamente encantador”, afirma Peter Morgan, y reconoce que –si bien esto no resulta una noticia jugosa– es la realidad. “Todo el mundo lo adora”, comenta Colman, su madre en pantalla, “yo lo adoro y, si fuera mi hijo, estaría muy orgullosa de él, pero –por supuesto– no tengo la edad de serlo”, se burla de su propia sugerencia. “Es una de mis personas favoritas del mundo”, confirma Francis Lee. Carajo.

El hombre que sería el hombre que sería rey y yo, acordamos vernos una mañana despejada, en la punta sur de Hampstead Heath, el oasis del norte de Londres, para realizar la actividad social por excelencia de 2020: pasear a un perro. En esta ocasión, mi perra.

En la cuarentena tardía de Londres, las reglas estaban en las primeras etapas de relajación, igual que O’Connor y yo. Por eso acordamos vernos en vivo y no mediante una pantalla. En todo caso, debemos cumplir los lineamientos gubernamentales sobre el distanciamiento social, a diferencia de la perra, una labrador que nunca se ha sentido obligada a cumplir lineamientos gubernamentales ni de ningún tipo. Decir que O’Connor y ella se llevaron bien sería quedarse corto. Al igual que Eduardo y Walis, Carlos y Camila, “Josh y Popcorn”, tuvo toda la pinta de un romance arrollador, con sus altibajos.

En un momento, la anima a nadar en uno de los tantos estanques de Heath. Emerge empapada y llena de fango, con algas hasta en los dientes, abraza a su galán, quien está sentado en el pasto y usa su suéter color mostaza de toalla. Cuando O’Connor se pone de pie, tiene la espalda tapizada de pelos negros. Más tarde me escribe: “¡Gran perro!”, después de que le doy las gracias por aguantarla. Si está fingiendo, entonces es mejor actor que Day-Lewis y le podría dar la vuelta a Iniesta.

O’Connor es alto y delgado, con abundante pelo castaño y facciones marcadas. Se parece más a un joven Lucien Freud que a un joven príncipe Carlos, pero la expresión de O’Connor es más cálida, y su mirada es particularmente expresiva, no muy diferente a la de un labrador. Colman lo describe como “un cachorro hermoso”.

Paseamos sin prisa. Rodeamos Parliament Hill, pasamos el Lido (cerrado, obviamente), el Men’s Bathing Pond, en donde antes de la pandemia O’Connor nadaba con frecuencia (también cerrado) y volvemos a donde empezamos. Es el nuevo barrio de O’Connor. Hace más o menos un año se mudó a Kentish Town con su pareja, Margot Hauer-King, ejecutiva de WPP, el gigante del marketing (hija de Jeremy King, restaurantero londinense, de The Wolseley y otros restaurantes favoritos entre la clase alta de los creativos y la gente de los medios).

Reconoce que vivir en la zona arbolada de Kentish Town se siente de adulto. Hasta hace muy poco O’Connor se despidió de sus veintes, y asegura que le ha sorprendido el efecto. “Quiero vivir en el campo. A eso estoy habituado. Me siento más cómodo ahí. Ahora que cumplí treinta me pregunté qué estoy esperando”. Para él, en los veinte uno puede posponer las decisiones importantes. “Y ahora siento que ya tengo hacerlo”.

De no ser por la pandemia, en vez de pasear por Heath con un perro ajeno, O’Connor estaría ensayando para interpretar al Romeo de la Julieta de Jessie Buckley –igualmente extraordinaria– en el Teatro Nacional. Esa producción del director Simon Godwin –responsable entre otras cosas de la magnífica Antonio y Cleopatra, con Ralph Fiennes y Sophie Okonedo en el mismo teatro en 2018– iba a ser uno de los acontecimientos de la temporada de otoño.

En cambio, O’Connor ha tenido que participar en llamadas semanales por Zoom para discutir el futuro no solo de ese proyecto particular –que se pospuso, no se canceló, asegura–, sino del teatro en vivo en general. Reconoce que la situación es desalentadora. No obstante, encuentra algo “extrañamente emocionante” en el reto de concebir nuevas maneras de llevar el teatro al público, tal vez por fuera de los auditorios tradicionales.

Al margen de que la pandemia interrumpió su trabajo, la experiencia del encierro le ha parecido valiosa, como a muchos, aunque reconoce que decirlo puede parecer insensible. “Espero que a muchos les haya enseñado que hacer una pausa puede ser muy sano y productivo”. Hace una pausa. “¡Intento ser positivo!”.

Suéter de cuello redondo verde claro/negro en lana con patrón toile de jouy, de Dior.

Renovó su amor por la jardinería. Como los seguidores de su Instagram (@joshographee) ya saben, trabaja en su arte y lo postea: elegantes dibujos lineales, muy de principios del siglo XX europeo. Vio Succession y le encantó. La pandemia interrumpió su plan de completar 30 vueltas en aguas abiertas en su trigésimo cumpleaños para apoyar a Mind, beneficencia con enfoque en la salud mental. Me pregunto por qué Mind. Porque la salud mental es un tema serio, explica. Gracias.

También ha estado trabajando. Se prepara para una película, la adaptación de la elegante novela corta de Graham Swift, Mothering Sunday, que se terminó de grabar y cuyo estreno con Sony Pictures Classic aún no tiene fecha final en este año. Es un drama de época, de clases, contextualizado en 1914, que se centra en el romance entre la inteligente empleada doméstica de una casa de campo (la australiana Odessa Young) y el vástago de la propiedad vecina, O’Connor. También protagonizan Colin Firth y (otra vez ella) Olivia Colman. En otras palabras, tiene todo el pedigrí posible. O’Connor reconoce que es extremadamente afortunado, pues otros actores, sobre todo del teatro, no saben cuando van a volver a trabajar, o si volverán a hacerlo. “Soy un chico con suerte”, afirma, no por primera ni última vez.

O’Connor proviene de una familia feliz, amorosa. “Cálida”, cuenta. Nació en Southampton en 1990, de donde proviene su lado paterno. Se crió en el pueblo de clase alta de Cheltenham, tiene dos hermanos: Barney, el mayor, artista y Seb, el menor, candidato a doctor en economía ecológica. Alguna vez un colega actor le contó que muchos en su profesión son hijos del medio que compensan por haber carecido de atención de niños. “Pero nunca me sentía así. Siempre fui muy querido por mis padres”, afirma.

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