FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ
QUE LEER|Septiembre 2020
LOS INTELECTUALES COMPROMETIDOS PUEDEN Y DEBEN TENER IDEOLOGÍA, PERO NO ES MI CASO
TONI MONTESINOS

El conocido escritor publica el segundo volumen de sus memorias, que además constituye la crónica de la represión franquista entre 1953 y 1964.

Desde hace varias décadas, es uno de los escritores más famosos de España, por su estrecha relación con programas televisivos de libros, por haber ganado premios de gran popularidad como el Planeta, o por aparecer de continuo como noticia en los medios de comunicación, a veces rodeado de asuntos llamativos.

No se necesita apenas presentar a Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936), pero si lo hiciéramos, nada mejor que transcribir lo que aparece en la solapa de su último libro, la segunda parte de sus memorias, Galgo corredor: «Ha hecho de todo en la vida. Se ha metido en mil líos. Ha pasado por guerras, cárceles y exilios. Ha cruzado los Pirineos sin pasaporte, ha atravesado varias veces el Sáhara y una el Tíbet cuando nadie lo hacía. Estuvo en la guerra de Vietnam. Ha vivido en Italia, Japón, Senegal, Marruecos, Jordania y Kenia. Ha recorrido Mongolia, Yemen, Bután, la Ruta de la Seda, el Mekong, el Nilo, el Amazonas, el África Negra, el litoral de Fukushima después del tsunami y, de costa a costa, los siete mares. Se ha caído yendo en coche a un lago de Afganistán, le ha mordido un perro rabioso en Etiopía, ha vivido en tres continentes y ha viajado por más de cien países»

. Y claro está, y por encima de todo, están sus libros, casi una cincuenta, desde su monumental obra Gárgoris y Habidis, en una trayectoria que ha merecido diversos premios, incluyendo en dos ocasiones el Nacional de Literatura. Además, «ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia de España en trece universidades de Europa, Asia, América y África». Y sigue escribiendo, con rotunda honestidad, en este caso dando continuación al que fue el primer tomo de sus recuerdos de vida, Esos días azules. Memorias de un niño raro (2011).

Ya en el comienzo de Galgo corredor sostienes que la única literatura que te gusta es la de sesgo autobiográfico, ya sedé en un género u otro. ¿Siempre fue así o es una preferencia actual? ¿Lo novelístico hoy en día está demasiado tendente a lo comercial, con la omnipresencia de la literatura de mero entretenimiento, de género histórico o policial?

Siempre, siempre... Supe ya en la niñez que era o, por lo menos, que iba a ser escritor y, en consecuencia, construí mi propia vida como la de un personaje literario: Guillermo y los Proscritos, Tom Sawyer, Mowgli, Nils Holggerson, Sinuhé, Hemingway... Esos fueron algunos de mis modelos. ¿Para qué, por ello, iba a inventar vidas ajenas o a indagar en ellas? Ya en mi primera novela, Eldorado, escrita a los veinticuatro años, contaba una historia de amor estrictamente autobiográfica, aunque la disfracé con otros nombres. Suelo decir que seré un buen escritor o no, pero que de seguro soy un buen personaje de novela. Cárceles, exilios, guerras, mujeres, clandestinidad, viajes, catástrofes y aventuras de todo tipo... La vita pericolosa.

En cuanto a la segunda pregunta, cierto es que cunde la literatura de entretenimiento, la novela rosa, la policíaca (que ahora se llama negra), la histórica, la folletinesca, la esotérica y todas esas banalidades de los libros de autoayuda... En fin: la literatura que antaño se consideraba de quiosco. La diferencia es que ahora se la toman en serio los editores, los críticos, los gacetilleros, los medios de comunicación y hasta el grueso de los lectores. El infantilismo se ha generalizado; la trivialidad, también. El entretenimiento puede estar bien, pero no es la función más alta de la literatura. Mal asunto.

> Enseguida adviertes que si eres un hipócrita, no te pongas a escribir memorias, poniendo el acento en que dirigirse al lector con la mayor sinceridad es de obligado cumplimiento. ¿Ves mucha falsedad o imposturas en obras actuales que pretender llevar a cabo memorias íntimas?

Nunca enjuicio a otros escritores, a no ser que estén muertos o que sean extranjeros y no vayan a ser conscientes de mis dardos. No me gusta amargar el desayuno a nadie. Si algo no me agrada, paso de largo. Me siento ofendido cuando alguien, a causa de la atención pública que dedico (o dedicaba) a los libros, me llama crítico literario. Si lo fuese, sería un traidor de clase. Me remito a lo que de ellos dice Jack London en Martin Eden.

Por otra parte, ¿cómo discernir entre lo impostado y lo real si no se ha presenciado de primera mano la vida, el pensar, el querer y el sentir del memorialista en cuestión? Es imposible. Hay lectores maliciosos que me preguntan si todo lo que cuento en Galgo corredor es verdad. Por supuesto que lo es, filtrado por la subjetividad y los caprichos de la memoria, y matizado por los recursos literarios, pero a mí me resbala que lo crean o no. Lo importante es que el libro esté bien escrito y la narración fluya.

Evocar los tiempos de juventud, la universidad, etc., lleva en el libro a comparar aquellos años con los actuales, haciendo una crítica profunda de ciudades de hoy,y cómo han cambiado las costumbres sociales. ¿Se corre el riesgo de edulcorar el pasado con todo ello? ¿Hay margen para darle la vuelta, es decir, se pueden encontrar cosas defectuosas de aquel pasado que ahora han tenido un mejor devenir?

Ese riesgo, sin duda, existe... Es el síndrome de la «juventud, divino tesoro», de Rubén, y del acecho de la nostalgia. Yo procuro equilibrar los posibles excesos del «así lo vi y lo viví» con la constatación del «así fue». No renuncio a la subjetividad emocional, pero tampoco a la ecuanimidad que debe estar siempre presente, por razones más éticas que estéticas, más morales que literarias, en la literatura memorialista.

Es el columpio orteguiano entre el yo y las circunstancias. El reflejo de éstas tiene que ser lo más objetivo posible;lo otro, no. Un buen libro de memorias tiene que retratar la mismidad de quien lo escribe, pero también dibujar el rostro de una época, de una sociedad, de una ciudad, de un país, de muchos ambientes y de las personas que se cruzaron en su vida. El novelista debe intentar que sus personajes se conviertan en personas; el memorialista debe impedir que las personas se transformen en personajes. Son géneros emparentados por la narratividad, pero de muy distinta preceptiva.

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