Sin salida
National Geographic en Español|Marzo 2019

La pobreza y la guerra entre pandillas diezman El Salvador. Y, aunque muchos han huido a Estados Unidos, miles de migrantes podrían regresar al caos debido a cambios en las políticas estadounidenses.

Por Jason Motlagh. Fotografías de Moises Saman

Transeúntes observan la escena de un homicidio en el centro de San Salvador, la capital de El Salvador. Debido a la violencia, cientos de salvadoreños migran diariamente a Estados Unidos, donde constituyenla cuarta comunidad latina más grande.

Decenas de miles de miembros integran las pandillas criminales de El Salvador; su guerra por la supremacía ha fragmentado el pequeño país.

Integrantes de la MS 13 se apretujan en una celda de la prisión de Chalatenango, al norte de El Salvador. Para evitar disturbios mortales, las autoridades encierran a los grupos rivales en prisiones separadas, pero la sobrepoblación ha excedido la capacidad del sistema penitenciario.

Generaciones de migrantes han forjado vidas nuevas para sus familias en Estados Unidos, lejos de la violencia que aún devasta sus países de origen.

Juan y Yesenia Valle posan con sus hijas, ambas estadounidenses, frente a su hogar en el estado de Nueva York. Hace casi 20 años, Juan se reunió con su madre y su hermano en Estados Unidos y hoy es copropietario de un próspero negocio de letreros y toldos. Juan espera que él y su esposa puedan quedarse permanentemente: “Estados Unidos es mi país. Ya nada queda para mí en El Salvador. Si regreso allá, me muero”.

Los deportados bajan en fila de los autobuses con las cabezas gachas, cual criminales.

Acarreados de los centros de detención de inmigrantes en todo el territorio estadounidense, abordan un avión sin marcas cerca de la frontera entre Texas y México, desde donde vuelan más de 1 870 kilómetros hasta un aeropuerto en las afueras de San Salvador, la capital de El Salvador. Bastan escasas cuatro horas para arruinar años de preparativos y semanas de esfuerzo para realizar el peligroso viaje al norte.

“Bienvenidos”, dice el funcionario de migración salvadoreño, quien los recibe en un flamante centro de acogida construido con ayuda del gobierno estadounidense. “Aquí son familia”. Ciento diecinueve rostros impávidos se vuelven hacia él.

Al fondo del salón se ha sentado un hombre de 24 años, fornido y sonriente, quien viste una camiseta garrapateada con las palabras “Fe Esperanza Amor”. Igual que muchos salvadoreños, no quiere revelar su nombre. Originario de la región rural de Usulután –uno de los 14 departamentos del país–, fue presionado en la adolescencia para unirse a la pandilla más grande de El Salvador: la Mara Salvatrucha, también conocida como MS 13. En vez de ello, se inscribió en la academia de policía y, cuando la pandilla se enteró, empezó a recibir amenazas de muerte.

Tuvo que huir al sur. Consiguió empleo como camionero en Colombia y también encontró el amor. Su novia obtuvo una visa estadounidense y abordó un avión para encontrarse con sus parientes. Por su parte, él le pagó 8 000 dólares a un coyote (un contrabandista de personas) y pasó el mes siguiente cruzando las siete fronteras del istmo centroamericano. Cuando logró entrar en Texas, se enfiló hacia el oriente. Al llegar a Atlanta, un pariente con residencia permanente le consiguió trabajo instalando aspersores por 3 000 dólares mensuales –más de cinco veces el ingreso mensual promedio de una familia salvadoreña–; cada mes enviaba 500 dólares para ayudar a su madre y abuela en El Salvador.

EL SALVADOR | En noviembre de 2018, migrantes salvadoreños cruzaron la frontera de Guatemala hacia México. De allí caminaron 3 900 kilómetros hasta EUA. El presidente Donald Trump intentó ahuyentar a los migrantes enviando a más de 5 000 soldados a la frontera con México.

Pasó inadvertido durante los cinco años que permaneció en Georgia. Trabajaba entre semana; los fines de semana visitaba parques y centros comerciales, y asistía a la iglesia cada domingo. Jamás recibió una infracción de tránsito ni tuvo encuentros con la ley, pero una infortunada mañana de septiembre de 2017 lo detuvieron de manera aleatoria en un retén policiaco y fue arrestado por conducir sin licencia. La policía de Georgia lo entregó a las autoridades de Inmigración y Control de Aduanas, quienes lo encerraron.

Anuncian su nombre. El hombre recoge su billetera, una Biblia y se amarra las botas. “Tengo mucho miedo”, confiesa. Durante su estancia en el norte, las noticias estadounidenses sobre El Salvador lo dejaron con la impresión de que las pandillas se habían “apoderado de todo el país”. De algo está bien seguro: “Regresaré a Estados Unidos tan pronto como pueda”.

En 1992, la guerra civil en El Salvador terminó en un impasse que dejó un saldo de 75 000 muertos y más de un millón de desplazados.

Ana Machado (53 años) posa en un departamento de Virginia con su hija Kenia Gaitán (29) y sus tres nietos: Jakob (tres), Bridget (seis) y Aviela (nueve). En 1991, Machado emigró a Estados Unidos como refugiada de la guerra civil, pero solo hasta hace poco recibió asilo político. Hoy trabaja limpiando oficinas. Gaitán llegó en 2006 tras recibir amenazas de la MS 13. Aunque indocumentada, sus hijos son ciudadanos estadounidenses.

La siguiente etapa de su viacrucis se inicia en cuanto sale a la calle en San Salvador. El centro de recepción está ubicado en un bastión de la MS 13, como lo testimonia un grafiti pintado en la esquina opuesta; el cajero automático más próximo se encuentra a dos cuadras de allí, en el territorio de la pandilla Barrio 18, el archienemigo de la MS 13.

A decir del gobierno salvadoreño, las pandillas criminales cuentan con alrededor de 60 000 miembros activos y, debido a su lucha por la supremacía, la diminuta nación de 6.4 millones de habitantes se ha fracturado a lo largo de una creciente red de fallas invisibles por donde corre la sangre. En 2017, la tasa de homicidios fue de 61 por cada 100 000 habitantes.

La tasa de homicidios en la capital, San Salvador, es casi cuatro veces más alta que en todo el país.

Un presunto ladrón yace muerto en un autobús después que un pasajero disparara en defensa propia contra él y otro asaltante (quien sobrevivió), durante un intentode robo en el centro de San Salvador. El tirador huyó de la escena.

El Salvador está trabado en la fase más reciente de un conflicto social que estalló durante la guerra civil de 1980 a 1992, cuando la guerrilla de la izquierda se levantó contra una élite acaudalada y un Estado militar que, durante mucho tiempo, expropió las tierras de la subclase rural. Estados Unidos apoyó las dictaduras salvadoreñas de derecha con miles de millones de dólares en ayuda económica y militar, lo que perpetuó la violencia. Aquella guerra terminó en un impasse, con un saldo de 75 000 muertos y más de un millón de desplazados. De estos, cientos de miles huyeron a Estados Unidos. Los refugiados salvadoreños se dispersaron desde Los Ángeles hasta Washington, D.C., donde hallaron comunidades y empleos para enviar dinero a sus familias.

La tregua entre pandillas comenzó a desmoronarse en 2013. Para 2015, la tasa de homicidios de El Salvador se elevó a 104 por cada 100 000 personas, una de las más altas del mundo.

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