Los cazadores de la Biblia
National Geographic en Español|Diciembre 2018

Científicos, coleccionistas y maquinadores compiten por descubrir textos sagrados en un mundo de intriga y misterio, donde la religión se encuentra con la arqueología.

Por Robert Draper. Fotografías de Paolo Verzone

Un calor inmisericorde abrasa las colinas yermas del desierto de Judea, cerca de la costa del mar Muerto.

Sin embargo, hay un frescor misericordioso en el interior de la cueva donde Randall Price se encuentra tendido boca abajo, con la mirada fija en una grieta donde, apenas el día anterior, descubrió una olla de bronce de 2 000 años de antigüedad.

“Los beduinos saquearon esta cueva hace unos 40 años –informa Price, arqueólogo estadounidense y profesor de investigaciones en la Universidad Liberty de Virginia–. Por suerte para nosotros, no excavaron a gran profundidad. Tenemos la esperanza de que, si seguimos excavando, llegaremos a la veta principal”.

Cualquiera que haya oído hablar de estas célebres cuevas, próximas al asentamiento judío de Qumrán, sabe a qué veta se refiere Price. En 1947, unos jóvenes cabreros beduinos se asomaron a una gruta cercana e hicieron uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes del siglo xx: siete pergaminos enrollados y cubiertos con caracteres hebreos antiguos, los primeros de los famosos Rollos del Mar Muerto. Es probable que los miembros de la secta separatista de Qumrán escondieran los rollos en la cueva hacia el año 70 d. C., cuando las huestes romanas avanzaban para aplastar la primera revuelta judía. Con el tiempo emergerían otros centenares de rollos escritos hacia el siglo iii a. C., considerados los textos bíblicos más antiguos jamás hallados.

Las cuevas de Qumrán se encuentran en la Cisjordania ocupada por Israel y muchos consideran que el trabajo de Price es ilegal, de acuerdo con las leyes internacionales. Pero eso no ha disuadido al estadounidense –ni al israelí Oren Gutfeld, director de la excavación de la Universidad Hebrea de Jerusalén– de continuar con una agenda de investigación derivada de un esfuerzo anterior e igualmente controvertido.

En 1993, tras la firma de los Acuerdos de Oslo, el gobierno israelí lanzó la Operación Rollo, una inspección de emergencia que abarcó todos los sitios arqueológicos que podría perder el país. Para ello se hizo un inventario precipitado y superficial, y aunque los inspectores no encontraron más rollos, produjeron mapas de decenas de cuevas dañadas por terremotos que los saqueadores beduinos podrían haber pasado por alto. En 2010, una gruta identificada como Cueva 53 llamó la atención de Price y, poco después, despertó el interés de Gutfeld, quien la describió como una cueva “jugosa”. “Encontraron un montón de cerámica de distintos periodos, desde el islámico temprano hasta el correspondiente al Segundo Templo y el helenístico –recuerda–. Tenemos motivos para creer que puede haber algo más allí”.

Hace dos años, durante la exploración inicial de la Cueva 53, los arqueólogos descubrieron un pequeño rollo de pergamino en blanco, así como jarrones de almacenamiento rotos: una evidencia provocadora de que la gruta pudo haber albergado más rollos. Hoy, al cabo de casi tres semanas de excavación, sus hallazgos se encuentran expuestos sobre una mesa plegadiza fuera de la cueva. Pero no hay rollos. Y de esta manera, la excavación continúa.

LOS FIELES DE MUCHAS RELIGIONES veneran reliquias sagradas. Sin embargo, los textos antiguos son fundamentales para la fe de quienes creen que Dios habla conlas palabras que asentaron los profetas y los apóstoles del pasado. Los textos venerados son un vínculo palpable con los mensajeros elegidos de Dios, llámense Mahoma, Moisés o Jesucristo.

La veneración de las escrituras sagradas es parte integral de la fe de los cristianos evangélicos, quienes se han convertido en el motor que impulsa la búsqueda de textos bíblicos perdidos hace siglos. Los críticos arguyen que el apetito evangélico por estos artefactos espolea la demanda de objetos saqueados; acusación corroborada, en cierta medida, por investigaciones recientes e informes de comerciantes legítimos.

“Los evangélicos han tenido una influencia enorme en el mercado –asegura Lenny Wolfe, vendedor de antigüedades en Jerusalén–. Disparan los precios de cualquier cosa asociada con la época de Cristo”.

Desde hace tiempo, coleccionistas adinerados y mecenas generosos han desempeñado un papel importante en la búsqueda de artefactos antiguos. Entre quienes ayudan a subsidiar la expedición de Price y Gutfeld en Qumrán se encuentra una fundación que creó Mark Lanier, acaudalado abogado de Houston. Por su parte, el nuevo Museo de la Biblia, en Washington, D. C., financia otra excavación en Tel Shimron, Israel. Steve Green, presidente de la junta del museo, también lo es del gigante de las manualidades Hobby Lobby y uno de los mayores contribuyentes a las causas cristianas de Estados Unidos.

Khader Baidun, anticuario autorizado por el gobierno israelí, visita la bodega bajo uno de los negocios familiares en Ciudad Vieja de Jerusalén. Para impedir la venta de objetos saqueados, los comerciantes ahora deben registrar los artefactos en una base de datos digital. No obstante, un comerciante asegura que persiste el secretismo. "Es la costumbre no mencionar nombres ni cantidades".

“Hay mucho por encontrar allá. Imagina cuánto más podría haber –me dice Green al reunirnos en el reluciente museo de 40 000 metros cuadrados, valuado en 500 millones de dólares–. Estamos entusiasmados por quitar cada piedra”. Pero, como ha descubierto el devoto bautista sureño, no todos los que participan en el negocio de la cacería de la Biblia son santos. Y si bien remover piedras podría revelar más rollos, también hallarán víboras.

TOPAR CON SERPIENTES y otras amenazas –desiertos calcinantes, tormentas de arena cegadoras, ladrones armados– era un riesgo inherente al territorio que recorrieron los primeros cazadores bíblicos del siglo xix y principios del xx. Egipto era uno de los destinos predilectos, pues su clima árido es idóneo para la preservación de los frágiles manuscritos. Muchos de aquellos exploradores eran recios eruditos aventureros y los relatos de sus viajes y hallazgos evocan imágenes de Los cazadores del arca perdida.

Tomemos el caso de Konstantin von Tischendorf, estudioso alemán que, en 1844, emprendió un largo y peligroso viaje por Egipto, cruzando el desierto del Sinaí hasta el monasterio cristiano de Santa Catalina, el convento en funciones más antiguo del mundo. Allí encontró el “tesoro bíblico más preciado que existe”. Se trataba de un códice –un texto antiguo con formato de libro, en vez de rollo– que databa de mediados del siglo iv d. C. Conocido actualmente como Codex Sinaiticus [Códice Sinaítico], es una de las dos biblias cristianas más antiguas que aún se conservan, y también la copia más completa del Nuevo Testamento.

Según su propio relato de los acontecimientos, Tischendorf detectó unas páginas del códice en un canasto de pergaminos viejos que los monjes pretendían quemar. Así que rescató esas páginas y pidió autorización para llevarse todo el códice y estudiarlo en Europa. El entusiasmo del erudito extranjero alertó a los monjes sobre su valor, por lo que solo accedieron a entregarle unas decenas de páginas.

En 1853, Tischendorf repitió el difícil viaje hasta Santa Catalina, pero el esfuerzo fue infructuoso. Regresó por tercera y última vez en 1859, tras obtener el patrocinio del zar ruso, considerado el “defensor y protector” de la Iglesia ortodoxa oriental, a la que pertenece el monasterio del Sinaí. La tenacidad de Tischendorf fue recompensada en esa ocasión. Aun cuando había firmado una carta compromiso para devolverlo una vez que hiciera copias exactas, envió el códice a su real mecenas en San Petersburgo.

A la larga, los monjes “donaron” el códice al zar, aunque aún se debate si lo hicieron voluntariamente o bajo presión. En cualquier caso, la invaluable Biblia permaneció en San Petersburgo hasta 1933, cuando el gobierno de Stalin, que enfrentaba hambrunas y una crisis financiera, lo vendió al Museo Británico.

Entre quienes siguieron sus pasos se encuentran Agnes Smith Lewis y Margaret Dunlop Gibson, gemelas y eruditas autodidactas escocesas que, entre ambas, dominaban una docena de lenguas. En 1892, las intrépidas hermanas presbiterianas, que ya para entonces eran viudas de mediana edad, cruzaron el desierto egipcio en camellos hasta alcanzar el monasterio de Santa Catalina, donde, según les habían informado, había escritos en siriaco antiguo –un dialecto del arameo, la lengua que hablaba Jesús– escondidos en un armario oscuro. Las hermanas estaban deseosas de investigar.

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