Amenazados por el mundo exterior
National Geographic en Español|Octubre 2018

Mineros, ganaderos y taladores ilegales invaden las tierras de los ltimos pueblos aislados en las selvas amaznicas de Brasil y Per.

Por Scott Wallace y Chris Fagan

En Posto Awá, una avanzada de cinco familias awás emprenden una excursión nocturna por la selva. Como ellos, los awás que viven en comunidades asentadas y echan de menos la selva –sobre todo los miembros de mayor edad que crecieron allí– hacen estas incursiones para reconectarse con sus costumbres tradicionales. Fue hasta 1987 que Brasil estableció su política actual de no contacto con los grupos indígenas.

BRASIL

Las marcas de neumáticos en la tierra roja eran profundas. Y recientes. Tainaky Tenetehar se apea de su motocicleta todoterreno para observarlas de cerca.

“Son de esta mañana”, informa con la certidumbre de un rastreador veterano, habituado a cualquier indicio de actividad humana en estas tierras anárquicas fronterizas.

FOTOGRAFÍA ANTERIOR Aldeanas de Posto Awá disfrutan un baño matutino. Sostienen tortugas de patas rojas y patas amarillas que, probablemente, consumirán después.

Usa los binoculares para escudriñar las ondulantes colinas de sabana calcinada que se extienden hasta una cresta arbolada. Allí, en una de las fronteras más disputadas de Brasil, las huellas de neumáticos tienen un significado especial y amenazador.

“Taladores”, anuncia Tainaky. El enemigo. Tainaky, quien también usa su nombre por tugués, Laércio Souza Silva Guajajara, se vuelve hacia sus compañeros, otros cuatro integrantes de la etnia guajajara, quienes desmontan de sus motocicletas deterioradas. El aspecto de la patrulla es algo abigarrado: pantalones vaqueros remendados, camuflaje, gafas de aviador y pañuelos para proteger sus rostros del polvo omnipresente de la temporada seca. Equipados con una colección de armas igualmente modesta: un rifle de caza de tiro único, una pistola casera y algunos machetes.

Awás asentados provocan un incendio para despejar sembradíos de yuca fuera del puesto gubernamental de Juriti. Este grupo practica una combinación de agricultura, pesca, caza y recolección, mientras que los nómadas viven, eminentemente, de la recolección y la caza.

“¿Los perseguimos?”, pregunta Tainaky.

Han incendiado camiones, confiscado armas y motosierras, y expulsado a los enfurecidos taladores. Los líderes de patrulla –como Tainaky, de 33 años– han recibido varias amenazas de muerte, de modo que algunos patrulleros adoptan nombres ficticios para ocultar sus identidades. En 2016 asesinaron a tres de ellos en solo un mes.

Estos hombres pertenecen a una fuerza local integrada por cientos de voluntarios indígenas que se hacen llamar los Guardianes de la Selva. En años recientes han emergido este y otros grupos semejantes para responder a la creciente oleada de tala ilegal que está diezmando las selvas protegidas del estado amazónico oriental de Maranhão, incluidos los 4 150 kilómetros cuadrados de la territorio indígena Araribóia. Junto con las selvas, están por desaparecer las presas silvestres que han sustentado la cultura de caza de los guajajaras durante generaciones. Y la deforestación también provoca que se sequen los lagos de donde nacen sus ríos y arroyos.

Sin duda, hay mucho en juego para los guajajaras, quienes adoptaron estrategias eficaces de supervivencia desde hace siglos, a raíz de sus primeros contactos sangrientos con los extranjeros. La mayoría conoce las costumbres del mundo exterior; es más, muchos han vivido allí. Sin embargo, mucho más difíciles son las circunstancias de los awás, otro pueblo con el que comparten la reserva de Araribóia. Varias bandas de nómadas awás –el pueblo aislado o “no contactado” de la región más oriental del Amazonas– rondan las selvas centrales del territorio, viviendo en un estado de fuga casi constante debido al chirrido de los cabrestantes y las motosierras y, en temporada de secas, al humo de los incendios forestales.

Confinados a un núcleo boscoso cada vez más reducido, los awás son especialmente vulnerables. Las amenazas a la seguridad de los 50 a 100 grupos aislados y no contactados dispersos en toda la cuenca del Amazonas (alrededor de 5 000 personas en total) aumentan. Esos grupos representan la mayor parte de los pueblos aislados que quedan en el mundo. De las llamadas “tribus no contactadas”, las únicas conocidas fuera de la Amazonía viven en la selva de matorrales del Chaco paraguayo, en las islas Andamán del océano Índico y en el oeste de Nueva Guinea, en Indonesia. Y aunque sus poblaciones puedan parecer reducidas, los defensores de los derechos indígenas aseguran que hay algo mucho más importante en juego: la preservación de los últimos vestigios de un estilo de vida que casi ha desaparecido del planeta.

“Cuando desaparece una etnia o un grupo humano…, la pérdida es inmensa –afirma Sydney Possuelo, activista por los derechos indígenas–. El rostro de la humanidad se vuelve más homogéneo y la humanidad misma se empobrece”.

EN GRAN MEDIDA, LA INTERACCIÓN de los awás (también llamados guajás o awá-guajás) con el mundo exterior ha estado definida por la violencia. Tal vez un centenar de los cerca de 600 awás todavía vive en las selvas como nómadas; pero los demás, quienes han tenido contacto con la modernidad en décadas recientes, han asentado aldeas en tres de los cuatro territorios indígenas protegidos, distribuidos en un corredor contiguo a lo largo de la frontera occidental de Maranhão. La presencia de los awás ha contribuido a impulsar la protección legal de los 12 300 kilómetros cuadrados de selvas estacionalmente secas que forman un amortiguador crítico para las junglas del oeste.

Si bien hay grupos awás aislados en tres de las cuatro reservas, los únicos no contactados son los awás de Araribóia: entre 60 y 80 individuos que se mantienen en el corazón de la reserva, donde cazan con arcos y flechas, siguen recolectando miel silvestre y nueces de babasú, y aún dependen, casi por completo, de la generosidad de la selva prístina y sus fuentes de agua. Sin embargo, no hay awás asentados que vivan en sus inmediaciones y puedan actuar como intermediarios en la eventualidad de un encuentro con forasteros.

Enclavados en las colinas y en las llanuras que circundan el centro de la reserva hay decenas de pueblos y caseríos, donde viven alrededor de 5 300 guajajaras. Y fuera de los límites de la reserva, en una suerte de tercer círculo concéntrico, yacen cinco municipios importantes donde la madera persiste como el principal motor de la economía. Como ya se ha perdido 75 % de la cubierta boscosa original de Maranhão, la mayor parte de las arboledas de madera valiosa que aún quedan se alzan en Araribóia, en las otras tres tierras indígenas donde viven los awás (Alto Tiriaçu, Caru y Awá), así como en una reserva biológica contigua; zonas donde está prohibida la explotación, de manera que casi cualquier operación maderera en el estado es una empresa criminal de facto.

Por supuesto, eso no disuade a los taladores ilegales, quienes socavan los esfuerzos judiciales con vigías y documentos falsos. Sus camiones, muchas veces sin placas, circulan por caminos secundarios que no patrulla la policía y dejan sus cargamentos en aserraderos localizados fuera de las tierras indígenas. Esta red ha vuelto tan frágil la existencia de los awás que, en 2012, al lanzar una campaña global a su favor, Survival International, organización que defiende los derechos de los pueblos indígenas, declaró que los awás eran “la tribu más amenazada de la Tierra”.

Los guajajaras de Maranhão han hecho causa común con os isolados –“los aislados”–, pues consideran que su supervivencia está irrevocablemente ligada a la de sus vecinos awás. “La lucha para salvar a los awás y la selva es una y la misma”, afirma Sônia Guajajara, ex directora ejecutiva de Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil, organismo que busca dar voz a los más de 300 grupos indígenas del país.

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