UN PL AN COMUNISTA SECRETO Objetivo: destruir a INDALECIO PRIETO
Muy Historia|Issue 142
Su resistencia, como ministro de Defensa, a seguir al pie de la letra los dictados soviéticos llevó a una confabulación entre los rusos, el PCE y el presidente Negrín para hacerle caer y salir del Gobierno.
DAVID CASADO RABANAL PERIODISTA

UNA CRISIS TRAS OTRA.

Prieto a la salida del Palacio de El Pardo, el 12 de mayo de 1936, tras la primera crisis de Gobierno en la que se vio involucrado.

SANTOÑA. En la imagen, la fortaleza de San Martín en esta bella ciudad cántabra. Allí rindieron el País Vasco a los fascistas italianos los dirigentes nacionalistas vascos.

Desde que el 17 de mayo de 1937 se anunciara oficialmente que el doctor Juan Negrín había recibido «la honrosa, pero nada envidiable, misión de formar Gobierno», el tándem que había formado con su amigo Indalecio Prieto, responsable de la cartera de Defensa, había funcionado eficazmente con la ilusión puesta en ganar la guerra y la plena satisfacción del presidente de la República, Manuel Azaña, quien nunca se entendió con el anterior jefe del Gabinete, Francisco Largo Caballero. Solo los sindicatos UGT y CNT rechazaron formar parte del nuevo Ejecutivo de Negrín, quien contaba con el apoyo tanto de socialistas como de comunistas. Sin embargo, la pérdida de la cornisa cantábrica, esperada pero no por ello menos dolorosa, supuso un golpe tremendo para la moral republicana en general y para Indalecio Prieto en particular. Su amigo Julián Zugazagoitia nos dice que el ministro, «quien interpretaba cada derrota como una disminución de su autoridad», presentó su dimisión a Negrín, aunque el presidente se negó a aceptarla. La caída del País Vasco, rubricada con la deshonrosa rendición de los famosos gudaris ante los italianos en las playas de Laredo y Santoña, el 26 de agosto de 1937, constituyó un auténtico mazazo para las esperanzas que albergaban millones de republicanos.

Tras esta sonora derrota, que privó a la República del recurso de la industria pesada de Vizcaya, Prieto y el general Vicente Rojo Lluch, responsable del Estado Mayor republicano, planearon una ofensiva de gran alcance en el sector de Teruel. La operación, desarrollada victoriosamente en sus fases iniciales, proporcionó a los republicanos el alivio de la conquista temporal de la ciudad en el durísimo invierno de enero de 1938, pero apenas unos días después la situación militar dio un vuelco considerable. El man-do faccioso, empeñado en no conceder ningún triunfo al Gobierno legítimo, lanzó una contraofensiva el 5 de febrero que recuperó la ciudad el 22. Tras el trágico balance de esta batalla, uno de los mayores desastres de toda la guerra, el Ejército Popular había perdido a más de 60.000 hombres frente a 40.000 bajas del enemigo, quedándose sin reservas para reponer todo el material bélico destruido, además de unas tropas supervivientes tan desmoralizadas como exhaustas. La debacle de Teruel fue aprovechada de inmediato por Franco que, gracias a su superioridad en reservas estratégicas, se lanzó el miércoles 9 de marzo sobre todo el frente de Aragón, que sucumbió en un mes.

La pérdida de la cornisa cantábrica fue un duro golpe para la moral republicana y para Indalecio Prieto

Vicente Rojo cometió el error de suponer que, después de Teruel, su enemigo le daría un respiro a sus maltrechas fuerzas, retomando sus planes de atacar Madrid, y por ello replegó a sus brigadas más castigadas hacia Cataluña. No contó con la obsesión del Caudillo de los rebeldes por buscar siempre el choque aniquilador, ni con que este fuera a ordenar, dos días después de recuperar la ciudad, el avance de sus fuerzas por la ribera sur del Ebro en dirección a Belchite (Zaragoza). Su objetivo era alcanzar el valle del río Guadalope, el segundo afluente más largo del Ebro por su margen derecha, y situar allí una base de partida estratégica, a un centenar de kilómetros de la costa marítima, que pronto le permitió alcanzar el Mediterráneo y partir en dos el territorio en manos de la República. El total de las tropas franquistas desplegadas durante esta nueva campaña ascendió a veintisiete divisiones formadas por 150.000 hombres, respaldados por 750 piezas de artillería y 180 carros de combate y contando con la cobertura aérea de casi setecientos aviones, entre modernos cazas y bombarderos, como los nuevos Junkers Ju-87, más conocidos como Stukas (bombardero en picado), que se estrenaron en los cielos de España. La realidad de aquel nuevo desastre sumió a Prieto en un pesimismo rayano con la resignación ante lo inevitable, agravado por su maltrecho estado de salud debido a sus dolencias cardíacas. Zugazagoitia nos ofrece un patético retrato del ministro con el que compartía mesa y mantel casi todos los días, señalando: «En opinión de Prieto, nos estábamos acercando al desenlace de la guerra. El desastre no tenía compostura. La desmoralización del frente, corriéndose a la retaguardia, provocaría de modo inevitable la catástrofe... El pesimismo no impedía a Prieto trabajar. Su voluntad de servicio no se quebrantaba. Después de comer, tomando café, va dándonos sus impresiones personales. Son terribles: “Preveo el desenlace para el mes de abril”

El general Vicente Rojo (a la derecha) conversa con otros jefes militares republicanos el 13 de noviembre de 1937.

LA ESPAÑA REPUBLICANA PARTIDA EN DOS

Y el sombrío vaticinio de Prieto no era para menos. Con el objetivo de reforzar esta ofensiva y «debilitar la moral de los rojos», Franco y Mussolini se pusieron de acuerdo en llevar a cabo sobre Barcelona, entonces capital de la República (desde el 30 de octubre de 1937), los mayores bombardeos aéreos realizados hasta entonces sobre una ciudad. En solo dos días (16-17 de marzo), la aviación italiana destruyó a conciencia los barrios obreros de la Ciudad Condal, con un balance de más de 1.300 muertos y el doble de heridos, además de centenares de casas derruidas o incendiadas por la acción de las bombas. Tampoco las débiles defensas republicanas del frente resultaron capaces de resistir aquel tremendo castigo y fueron cayendo una tras otra, al tiempo que la moral de combate se desplomaba en toda la retaguardia catalana. Así las cosas, el 23 de marzo las tropas franquistas cruzaban el Ebro por la población de Quinto (Zaragoza) y el 3 de abril Lérida caía en su poder, pese a la dura resistencia que ofreció Valentín González, el Campesino. Dos días después, Negrín aceptaba la dimisión de Indalecio Prieto al frente del Ministerio de Defensa, y, para colmo de males, el viernes 15 de abril el teniente coronel Camilo Alonso Vega, amigo personal de Franco y compañero de promoción, al mando de la IV Brigada de Navarra (carlistas), alcanzaba la costa mediterránea a la altura de Vinaroz (Castellón), partiendo en dos la zona republicana tal y como había previsto el general rebelde.

De este durísimo golpe, la República española jamás se recuperó. Sombrío, Prieto le confesó a Zugazagoitia, por entonces secretario de Estado: «Hemos entrado en el último episodio de la guerra, dentro de poco ni siquiera habrá la posibilidad de retirarnos hacia la frontera francesa, que Franco nos cerrará con bayonetas, y se podrán contar con los dedos de la mano los españoles que con sigan cruzarla». Y en efecto, la victoria del autoproclamado Caudillo resultó aplastante, habiendo tomado Lérida y con las centrales hidroeléctricas pirenaicas en su poder, además de ocupar un territorio cercano a los 15.000 kilómetros cuadrados, tras apresar a miles de combatientes provistos de abundante material de guerra soviético.

INDALECIO PRIETO

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