EL FIN DEL CALIFATO OMEYA - LOS REINOS DE TAIFAS
Muy Historia|Issue 143
Fueron un auténtico caos que jamás debería haber acontecido, por lo que tuvieron de suicidio disparatado. Pero no podemos olvidar que la decadencia generada por la desintegración política –que solo puede ser comprendida como el acto final de uno de los Estados medievales más sólidos, prestigiosos y longevos de la historia– se compatibiliza con el esplendor cultural del periodo (la llamada “paradoja taifa”).
GONZALO PULIDO

LAS TAIFAS

El colapso del califato omeya supuso la aparición de numero-sas taifas gobernadas por árabes, eslavos o bereberes. La de Sevilla, regida por los abbasíes –que se expandiría integrando Córdoba, Niebla, Huelva, Santa María del Algarve y Silves–, y la de Zaragoza y Lérida, gobernada por Sulayman ibn Hud, fueron los dos reinos árabes más importantes de este periodo. El primero duraría dos décadas, y el segundo, siete. En poder de los bereberes cayeron Badajoz, Toledo, Málaga y Granada, entre otras, mientras que los eslavos consiguieron adueñarse de Murcia, Valencia, Denia y Baleares. Pero todo ello de forma temporal, pues en la mayoría de los casos las taifas más pequeñas fueron engullidas por las mayores. Las taifas, en general, perecieron a causa de la conquista por parte de otra taifa, de los almorávides o de un reino cristiano.

La historia es el complejo ejercicio de traducir al lenguaje moderno lo que sucedió en el pasado y que, por catastrófico o épico que fuera, fue comprendido, si no por todos o por una mayoría, al menos por unos pocos coetáneos. A veces esta traducción, por su enorme complejidad, genera misterios que jamás serán desvelados en su totalidad. Los reinos de taifas son uno de ellos. Tanto es así, que la discusión historiográfica ha variado a lo largo de los siglos y todavía parece no haberse decidido.

LA CAÍDA DEL CALIFATO OMEYA DESDE UNA PERSPECTIVA SOCIAL

Los reinos de taifas fueron un auténtico caos que jamás debería haber acontecido –al menos en un contexto geopolítico, porque en un sentido histórico es muy discutible– por lo que tuvieron de harakiri, de suicidio disparatado, pero que, sin embargo, se apoderaron de la España musulmana hasta en tres ocasiones. Un fenómeno todavía inexplicable en parte, y probablemente inédito en la historia, que hubiera resultado completamente impredecible solo unas décadas antes y que solo puede ser comprendido como el acto final del califato omeya, uno de los Estados medievales más sólidos, prestigiosos y longevos de la historia, pues duró casi tres siglos (desde mediados del VIII hasta comienzos del XI) y legó la dinastía más longeva de la península ibérica –los omeyas–. Pensemos que el Imperio de Carlomagno, por ejemplo, no llegó al siglo de existencia (768-843).

Cuando se analiza el califato omeya pareciera que hubo ciertas decisiones, en su momento marcadas por las habituales lógicas de poder, que se hubieran tomado con el ánimo de colocar una carga explosiva en su estructura. Una tras otra, hasta que la acumulación de cargas explosivas demolió el edificio en tan solo unos años, entre 1009 y 1030. Un edificio cuyo arquitecto, Abderramán I, no habría podido imaginar, tras casi cuarenta años de gran trabajo, que fuera a ser minado de forma tan continuada y dinamitado de forma tan súbita. Abderramán legó uno de los Estados más sólidos de la Edad Media gracias a un gran talento y a no poca fortuna: fue uno de los escasos supervivientes omeyas del califato de Oriente que, milagrosa y épicamente, lograron escapar de la matanza que terminó con su dinastía en favor de los abbasíes [ver artículo en página 14].

El califato omeya construyó su estructura inicial sobre las élites árabes que habían participado en la conquista, lo que resultó tan lógico en un primer momento como insostenible dos siglos después por la inevitable merma de poder que ello suponía para el califa. Así, en 912, doscientos años después de su entrada en la Península en 711, Abderramán III, con el ánimo de reducir el poder de esas élites árabes y aumentar el suyo propio, introdujo la primera gran carga explosiva en el edificio del califato: los eslavos –entendiendo por tales a los esclavos no musulmanes–. Procedentes del mar Negro, el norte y el sur de Italia (Lombardía y Calabria), Europa Central y el norte de la Península, donde estaban los reinos cristianos, acumularon un gran poder dentro de la estructura del califato y alcanzaron un número muy elevado: unos 14.000 solo en Córdoba.

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