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Caminar con migrantes

Al rastrear el viaje de la humanida desde África, Paul Salopek realiza la crónica de una historia de todos los tiempos: las migraciones masivas en las que millones de personas buscan un lugar mejor.

Por Paul Salopek. Fotografías de John Stanmeyer

ETIOPÍA 2013 | Tras los pasos de nuestros ancestros

Paul Salopek (izq.) y su guía Ahmed Elema empezaron el día dos de la odisea global del autor en la aldea de Herto Bouri, donde las primeras personas consideradas anatómicamente modernas abandonaron su familiar horizonte africano para explorar el mundo desconocido.

YIBUTI 2013 | El riesgo máximo

La guardia costera de Yibuti intercepta y detiene a los migrantes después de haber pasado por Etiopía, Somalia y Eritrea y haber pagado a los capitanes para que los llevaran por el mar Rojo para buscar trabajo en Yemen, Arabia Saudí y más allá. Cada año, cientos mueren durante este viaje.

UN MUNDO EN MOVIMIENTO

DURANTE CASI SIETE AÑOS he caminado con migrantes. En el invierno de 2013 partí de un antiguo sitio de fósiles de Homo sapiens llamado Herto Bouri, al norte de Etiopía, y empecé a seguir a pie el rastro del viaje que definió a la humanidad: nuestra primera colonización de la Tierra durante la Edad de Piedra. Mi larga caminata es sobre narrativa. Reporto lo que veo a lo largo de los caminos de nuestro descubrimiento original del planeta. Desde el principio supe que mi ruta sería vaga. Los antropólogos sugieren que nuestra especie salió de África por primera vez hace 600 siglos y con el tiempo vagó, más o menos sin rumbo, hasta el extremo sur de América, la línea de llegada de mi propio viaje. Éramos cazadores y recolectores nómadas, no teníamos escritura, rueda, animales domesticados ni agricultura. Avanzábamos a lo largo de playas vacías y probábamos crustáceos. Nos orientábamos con el vuelo de las grullas migratorias. Los lugares de llegada estaban por inventarse. Hasta el momento, he rastreado a estos aventureros olvidados por más de 16 000 kilómetros.

YIBUTI 2013 | En busca de una señal

Migrantes en el Cuerno de África se reúnen en la oscuridad en la playa Khorley de la ciudad de Yibuti. Esperan que sus teléfonos, que utilizan tarjetas de datos del mercado negro, capten la señal de celular de la cercana Somalia para mantenerse en contacto con los seres queridos que dejaron atrás.

Hoy viajo por India.

Nuestras vidas modernas, tan hogareñas, han cambiado hasta quedar irreconocibles desde aquella época de oro de la exploración libre.

¿O no?

La Organización de las Naciones Unidas calcula que más de 1 000 millones de personas –uno de cada siete humanos vivos hoy–migran dentro de sus países o por fronteras internacionales. Millones huyen de la violencia: guerra, persecución, crimen, caos político. Muchos más, sofocados por la pobreza, buscan alivio económico. Las raíces de este nuevo éxodo colosal incluyen un sistema de mercado globalizado que destroza las redes sociales de protección, un clima deformado por los contaminantes y anhelos humanos supercargados por medios de comunicación inmediata. Tan solo por volumen, esta es la mayor diáspora en la larga historia de nuestra especie.

Camino a un ritmo de 25 kilómetros al día. Me mezclo con los desarraigados.

En Yibuti he tomado té con migrantes en paradas de autobús desoladas. He dormido junto a ellos en tiendas de campaña de la Organización de las Naciones Unidas en Jordania. He aceptado sus historias de dolor, les he restituido la risa. No soy uno de ellos, por supuesto, soy un caminante privilegiado. En mi mochila llevo una tarjeta bancaria y un pasaporte, pero he compartido la miseria de la disentería con ellos y he sido detenido muchas veces por su némesis: la policía.

¿Qué se puede decir sobre estos hermanos y hermanas exiliados, sobre las inmensas tierras de sombras que habitan, paradójicamente, a la vista de todos?

Hambre, ambición, temor, resistencia política…, en realidad, los motivos del desplazamiento no son la cuestión. Lo más importante es saber cómo el viaje mismo le da forma a una clase de ser humano diferente: personas cuyas ideas de “hogar” ahora incluyen un camino abierto. Cómo aceptes estas noticias, con los brazos abiertos o en cuclillas detrás de una gran pared, tampoco es la cuestión, porque de cualquier modo que reacciones, con compasión o temor, la movilidad reavivada de la humanidad ya te cambió.

JORDANIA 2013 | Escape de la guerra civil

Los refugiados que huyeron de sus casas en Siria, cuando los combates comenzaron en 2011, viajan alrededor de Jordania para encontrar trabajo dondequiera que puedan; aquí cosechan tomates en la aldea de Gowera, justo al norte de Áqaba.

LOS PRIMEROS MIGRANTES que encontré estaban muertos. Yacían bajo pequeñas pilas de piedras en el Gran Valle del Rift, en África.

¿Quiénes eran estos desafortunados?

Es difícil saberlo. Las personas más pobres del mundo viajan de tierras muy distantes para morir en el Triángulo de Afar, en Etiopía, uno de los desiertos más calientes de la Tierra. Caminan hacia esos terribles páramos estériles con el fin de alcanzar el golfo de Adén. Ahí, el mar es la puerta hacia una vida nueva (aunque no siempre mejor) más allá de África: trabajos con salarios de esclavos en las ciudades y en las plantaciones de dátiles de la península Arábiga. Algunas de las tumbas de los migrantes sin duda contenían somalíes: refugiados de guerra. Otras probablemente tenían desertores de Eritrea o bien oromos de Etiopía debilitados por la sequía. Todos habían esperado escabullirse por las fronteras sin marcar de Yibuti. Se perdieron. Colapsaron bajo un sol al rojo vivo. A veces, murieron de sed sin llegara a ver el mar. Las columnas de viajeros exhaustos que caminaban tras ellos enterraron rápidamente los cuerpos.

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Agosto 2019

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