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Parecería que no hemos avanzado en décadas, pero se avecina una nueva era de viajes espaciales que combinará la exploración con competencia por ganancias económicas.

Por Sam Howe Verhovek. Fotografías de Dan Winters

IZQ.: VSS Unity, de Virgin Galactic (aquí, en 2015) se ha elevado más de 80 kilómetros, altitud que NASA considera como la frontera del espacio.

Este mes, hace 50 años, el ser humano pisó la Luna. Fue uno de los acontecimientos más asombrosos en la historia, y no solo porque nuestra primera vista a otro mundo se cuenta entre los logros científicos más grandes de la humanidad o porque fue la culminación de una carrera épica entre dos superpotencias mundiales, si bien ambas cosas son ciertas. En su primera plana, The New York Times publicó un poema de Archi bald MacLeish, mientras que el comunicador Walter Cronkite, “el hombre más confiable de Estados Unidos”, declaró que, en 500 años, las personas considerarían el alunizaje como “la hazaña más importante de todos los tiempos”. Sin embargo, lo más significativo no fue el final de la carrera, ni siquiera la consecución de una proeza antaño inimaginable. Ese logro fue apenas el comienzo. El inicio de una nueva era para nuestra visión de los horizontes de la humanidad, de los lugares que podríamos explorar e incluso habitar. Éramos navegantes espaciales y, muy pronto –conforme esa victoria seminal nos ayudara a superar lo que el famoso científico y autor Isaac Asimov llamaba nuestro “chovinismo planetario”–, nos transformaríamos en una especie extraplanetaria. El adjetivo “terrícola” ya no bastaría para describir lo que éramos. Todo esto causó gran expectación cuando, con la euforia y el asombro del 20 de julio de 1969, el Eagle, el módulo lunar del Apolo 11, se posó en la superficie de la Luna. El viaje más grandioso comienza con un solo paso. Un pequeño paso para un hombre; un gran salto para toda la humanidad. Poco después, Thomas O. Paine, director de la Asociación Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA), puso la mira en Marte, con un itinerario detallado expuesto en National Geographic. Salida: 3 de octubre de 1983. Tripulación de 12 integrantes, repartidos en dos naves de 75 metros de largo impulsadas por cohetes nucleares. Entrada en la órbita de Marte: 9 de junio de 1984. Ochenta días de exploración en la superficie marciana. Regreso a la órbita terrestre: 25 de mayo de 1985. Llegar a la Luna enalteció a la especie humana, infundiéndonos la confianza que haría falta para adentrarnos en el espacio. “Adonde fuéramos, la gente no decía ‘Vaya, ustedes, los estadounidenses, lo lograron’, sino ‘¡Lo logramos!’ –recordó Michael Collins, piloto del módulo de comando del Apolo 11–. Nosotros, la humanidad; nosotros, la especie humana. Nosotros, todas las personas, lo logramos”.

Las condiciones meteorológicas de Marte pueden variar de manera drástica, por lo que se requiere un traje espacial con el que los astronautas puedan exponerse a temperaturas que oscilan de -60 a 20 °C. Desarrollado con fondos de NASA en un laboratorio de la Universidad de Dakota del Norte, este traje experimental tiene 350 componentes. CENTRO ESPACIAL KENNEDY, NASA

Faltan algunas horas para el amanecer y, mientras el autobús circula por un camino solitario que se extiende varios kilómetros por la estepa del sur de Kazajstán, sus faros iluminan de manera fugaz un mural gigantesco y decolorado, o un mosaico desportillado. Dañadas por veranos calcinantes y crudos inviernos, las estilizadas obras de arte adornan edificios ruinosos y abandonados, y celebran la gloria pasada del programa espacial de una nación que dejó de existir: la Unión Soviética.

Por fin, después de interminables kilómetros en ese paisaje de despojos de la Guerra Fría, el autobús gira hacia un sendero privado y se detiene frente a una estructura colosal y destartalada que, en definitiva, no ha sido abandonada. Iluminado con reflectores, el sitio se encuentra rodeado de agentes de seguridad rusos y kazajos, todos fuertemente armados y con uniformes de camuflaje. Dentro del hangar se encuentra una flamante nave espacial.

He viajado al cosmódromo de Baikonur porque, a escasos días del 50° aniversario del alunizaje, es el único lugar del planeta donde puedo presenciar el lanzamiento de humanos al espacio. Y, a su vez, el único rincón del universo al que pueden volar esas personas es la Estación Espacial Internacional, suspendida a unos 400 kilómetros sobre la Tierra, el equivalente a solo un milésimo de la distancia hasta la Luna.

Desde hace ocho años, cuando NASA retiró los trasbordadores espaciales, la única manera de llevar un astronauta estadounidense a la estación espacial ha sido con Roscosmos, la agencia espacial rusa, que cobra alrededor de 82 millones de dólares por persona para el viaje redondo.

Transcurridos 50 años del alunizaje, tal es nuestra situación en el espacio, y con “nuestra” me refiero a la humanidad. Sin duda parece nada en comparación con las grandes expectativas de 1969. Doce individuos han pisado la Luna –todos estadounidenses y todos hombres–, ninguno desde 1972 y, excepto por las estaciones espaciales que orbitan la Tierra, ningún humano ha puesto un pie en alguna otra parte del universo.

Por supuesto, si utilizamos otro parámetro, hacemos cosas extraordinarias en el espacio.

Hemos explorado otros planetas de nuestro sistema solar con sondas no tripuladas que han producido fotografías fantásticas e infinidad de datos. Las dos misiones Voyager cruzaron el sistema solar para adentrarse en el espacio interestelar, convirtiéndose en los primeros objetos hechos por el hombre en esa región. Y, pese a que se encuentran a más de 17 000 millones de kilómetros, aún se comunican con nosotros.

Ya que las Voyager podrían viajar eternamente hacia el vacío, y dado que el Sol y la Tierra tienen fecha de caducidad, es concebible que llegue el día en que esos viajeros tamaño sedán sean la única prueba de nuestra existencia. Con todo, también es concebible que, para entonces, la especie que nos suceda se haya vuelto interestelar y, con suerte, nos otorgue algún reconocimiento.

Y si lo hace, bien podría apuntar a que este momento en la historia (los últimos años de la segunda década del siglo y principios de los años veinte) fue el “momento de inflexión”, término con el que Jim Keravala –el físico que monitorea los lanzamientos satelitales de Rusia, Europa y Estados Unidos– caracteriza la actividad frenética de la industria espacial contemporánea.

Keravala afirma que estamos a las puertas del “verdadero inicio de la era de los asentamientos espaciales, y del futuro de la humanidad fuera del planeta” (Keravala es el director de OffWorld, compañía que pretende lanzar millones de robots para convertir nuestro sistema solar interior en un “lugar mejor, más amable y verde para la vida y la civilización”).

Aunque interesante, la predicción de Keravala es muy debatible. En parte debido a lo atinado de un conocido adagio de la industria –“el espacio es difícil”– y a que hay reveses y demoras en casi cada etapa de la marcha hacia el progreso.

Aun así, es indudable que algo muy importante ocurre en el espacio. Dos compañías estadounidenses, SpaceX y Boeing, están próximas a certificar sus modelos espaciales, lo que acerca a NASA “al precipicio de lanzar astronautas estadounidenses en cohetes estadounidenses y desde suelo estadounidense”, según la expresión de Jim Bridenstine, administrador de NASA. Y esas naves –que son a los estrechos módulos Apolo lo que un Boeing 787 Dreamliner a un avión de hélices de los años cincuenta– podrían emprender misiones tripuladas para finales de este año o principios del siguiente.

Entre tanto, las empresas privadas Virgin Galactic y Blue Origin avanzan en el desarrollo de sus vehículos, lo que nos acerca cada vez más a una nueva era de turismo espacial. Empezarán por lanzar clientes acaudalados a una altitud de entre 90 y 100 kilómetros, hasta la frontera del espacio exterior, donde los pasajeros podrán experimentar la ingravidez y contemplar el negro vacío del universo y la curvatura azul de la Tierra. En este momento, todo eso puede ser suyo por escasos 200 000 dólares (más o menos). No obstante, ambas compañías aseguran que los precios disminuirán aceleradamente.

Por su parte, Blue Origin ha ingresado en la carrera para poner humanos en la Luna. En mayo, la empresa anunció la construcción de un módulo de alunizaje que llevará el nombre de Blue Moon. Ese vehículo robótico tendrá capacidad para llevar 6.5 toneladas de carga y podría dejar a astronautas en la superficie lunar hacia el año 2024.

LLEGAR A LA ÓRBITA

En los años cincuenta, la Unión Soviética y Estados Unidos construyeron los primeros sitios de lanzamiento. Otros países hicieron lo propio en los setenta. Hoy día, el único sitio privado pertenece a Rocket Lab, aunque hay otros más en construcción. Muchos de los 22 puertos activos se encuentran en el sur de los países sede, ya que la superficie terrestre rota con más rapidez en las inmediaciones del ecuador y esto contribuye a impulsar el lanzamiento.

La actividad espacial no se limita a las empresas estadounidenses ni al programa ruso. En enero, China se jactó de haber “abierto un nuevo capítulo” en la exploración lunar cuando logró posar suavemente la primera nave no tripulada en la cara oculta de la Luna. La nave china implementó un explorador que transporta una “minibiosfera”, ideada para determinar si las moscas de la fruta pueden colaborar con diversas plantas y semillas para producir alimentos en condiciones lunares. En abril, los chinos anunciaron su intención de construir una estación de investigación en el polo sur de la Luna durante la próxima década, aunque la agencia espacial nacional no ha precisado la fecha en que intentará enviar “taikonautas” –como denomina a sus astronautas– a la superficie lunar.

También en abril, Israel –que se describe como una valerosa “nación start-up”– vivió momentos de orgullo y tristeza cuando el consorcio no lucrativo SpaceIL pasó a la historia como la primera compañía privada en orbitar la Luna. Sin embargo, su intento de convertir a Israel en el cuarto país en alunizar un objeto que se estrelló en la superficie lunar y perdió contacto con el centro de control de la misión.

En la remota Nueva Zelanda hay una plataforma de lanzamiento contigua a un inmenso pastizal para ovejas y la compañía Rocket Lab la utiliza para enviar cohetes innovadores y de bajo costo que ponen satélites en la órbita baja terrestre.

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Julio 2019

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