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He regresado para ver cómo sigue un bebé.

Turistas posan con elefantes en Maetaman Elephant Adventure, cerca de Chiang Mai, Tailandia. Los animales jóvenes suelen hacer trucos; los ancianos se usan en paseos. Para que los elefantes permitan las interacciones con humanos, las crías son “sometidas” y adiestradas con dolorosos pinchazos de un gancho de metal.

Por Natasha Daly. Fotografías de Kirsten Luce

Turistas posan con elefantes en Maetaman Elephant Adventure, cerca de Chiang Mai, Tailandia. Los animales jóvenes suelen hacer trucos; los ancianos se usan en paseos. Para que los elefantes permitan las interacciones con humanos, las crías son “sometidas” y adiestradas con dolorosos pinchazos de un gancho de metal.

Es de noche y el auto avanza con dificultad por un camino que se ha vuelto fango bajo la lluvia; paso frente a una fila de elefantes. Estuve aquí hace cinco horas, cuando brillaba el sol, hacía calor y los turistas montaban esos mismos elefantes.

Ahora camino y apenas puedo ver el sendero que ilumina la linterna de mi teléfono celular. Cuando me detiene un poste de la cerca de madera del establo, dirijo la luz hacia abajo y sigo una corriente de agua de lluvia que cruza el suelo de concreto hasta toparse con tres grandes patas grises. Una cuarta pata se encuentra suspendida, sujeta a una cadena corta y ceñida por un grillete con púas metálicas. Cuando el elefante intenta apoyar la pata, las púas se hunden más en su tobillo.

Meena tiene cuatro años y dos meses. Una bebé, en términos de elefantes. Aquella tarde, su mahout, o cuidador, me dijo que usa el grillete con púas porque Meena tiende a patear. Khammon Kongkhaw trabaja en Maetaman Elephant Adventure, cerca de Chiang Mai, al norte de Tailandia, y ha estado encargado de Meena desde que la elefanta tenía 11 meses. Kongkhaw me dijo que solo usa el grillete con púas durante el día y lo retira por la noche. Ya es de noche.

Jin Laoshen es el empleado de Maetaman que me acompaña en esta visita nocturna, y le pregunto por qué no le han quitado el grillete. Responde que no lo sabe.

Maetaman es una de las numerosas atracciones animales de Chiang Mai y sus alrededores. Los visitantes trepan en las trompas de los elefantes que, en respuesta al pinchazo de la pica del mahout (una vara larga con un gancho de metal en el extremo), los levantan para que se tomen fotografías. Los turistas observan a los mahouts azuzando a algunos de los seres más inteligentes del planeta para que arrojen dardos o pateen enormes pelotas de futbol.

Meena es uno de los 10 animales de exhibición de Maetaman. Para ser precisos, es pintora. Dos veces al día Kongkhaw pone un pincel en la punta de su trompa y oprime un clavo de acero contra su cara para dirigir los trazos mientras Meena embadurna colores primarios en un papel. A menudo, el mahout la guía para que pinte un elefante silvestre en la sabana. Al final, los turistas compran sus creaciones.La vida de Meena seguirá el mismo derrotero de los cerca de 3 800 elefantes cautivos de Tailandia, y de miles más en todo el sureste asiático. La obligarán a actuar hasta que cumpla unos 10 años. Después de eso la usarán para paseos. Los turistas se sentarán en un banco sujeto a su lomo y hará varios recorridos al día. Y cuando Meena se enferme o sea demasiado vieja para los paseos –quizá a los 55 años, tal vez a los 75– morirá. Si tiene suerte, podrá disfrutar algunos años de jubilación. Aun así, pasará la mayor parte de su vida sujeta a una cadena en un establo.

National Geographic Society, agrupación sin fines de lucro, aportó fondos para este artículo.

Un macaco pausa durante un espectáculo de la Escuela de Monos, un zoológico itinerante próximo a Chiang Mai donde adiestran monos para montar en triciclos, encestar pelotas y girar sombrillas. Después de la función, los animales regresan a sus jaulas de metal de un metro por un metro.

En un estudio fotográfico de la Granja y Zoológico de Cocodrilos de Samut Prakan, un empleado cambia el pañal de un chimpancé para luego volver a encadenarlo. En otro rincón, y también sujeto a una cadena corta, se encuentra Khai Khem, un tigre anciano con un absceso dental que carcome su mandíbula. Los visitantes pagan para retratarse con los animales.

Las atracciones de la vida silvestre, como Maetaman Elephant Adventure, cautivan a personas de todo el mundo que desean tener contacto con animales como Meena, y esos visitantes componen un segmento muy lucrativo de la floreciente industria turística internacional. Los viajes al extranjero se han duplicado respecto de hace 15 años.

Si bien el turismo de vida silvestre no es una novedad. Mochileros, pasajeros de autobuses turísticos e “influenciadores” de redes sociales solo tienen que tocar las pantallas de sus teléfonos celulares para diseminar selfies de estas actividades, antaño limitadas a la publicidad de las guías turísticas. Casi todos los millennials (quienes tienen entre 23 y 38 años) utilizan redes sociales mientras viajan, y sus selfies –mientras nadan con delfines, en encuentros con tigres, paseos en elefantes y mucho más– se convierten en publicidad viral para las atracciones que ofrecen experiencias directas con animales.

A pesar de la visibilidad que proporcionan, las redes sociales no muestran el trasfondo de la escena que se desarrolla frente a la lente fotográfica. La gente rara vez se percata de que los animales de esas atracciones llevan una vida muy parecida a la de Meena, incluso peor.

Viajé con la fotógrafa Kirsten Luce para averiguar qué ocurre con los animales una vez que se marchan las multitudes de esas atracciones turísticas. Incluidas algunas que se jactan de ser humanitarias.

CUANDO SALIMOS de Maetaman, viajamos durante cinco minutos en auto por una sinuosa colina hasta una propiedad donde una placa de madera anuncia “Elephant EcoValley: donde los elefantes se encuentran en buenas manos”. Allí no hay paseos en paquidermos ni exhibiciones de pintura u otros trucos. Los visitantes pueden ver elefantes en un campo herboso circundado de árboles.

El libro para visitantes de EcoValley está repleto de elogios de australianos, daneses y estadounidenses: turistas que repudian los campamentos como Maetaman, porque sus paseos y espectáculos les resultan incómodos. Aquí encuentran elefantes sin cadenas y se marchan con la sensación de haber apoyado un establecimiento ético. Lo que no saben es que esos elefantes, aparentemente felices, solo pasan el día en EcoValley, ya que provienen de la vecina Maetaman. Las dos atracciones son un mismo negocio.

En Chon Buri, Tailandia, los cachorros del Zoológico de Tigres Sriracha solo salen de sus jaulas para sesiones fotográficas. Para garantizar que siempre haya crías que los visitantes puedan abrazar, los tigres cautivos son forzados a reproducirse y separan a los cachorros tan pronto nacen.

Meena estuvo aquí una vez, pero trató de correr hacia el bosque.

Meena Kalamapijit es la propietaria de Maetaman y también de EcoValley, operación inaugurada en noviembre de 2017 dirigida al turismo occidental. Kalamapijit asegura que sus 56 elefantes están bien atendidos y que los paseos y las exhibiciones les permiten ejercitarse. Además, agrega, la conducta de la elefanta Meena ha mejorado desde que su mahout empezó a utilizar el grillete con púas.

Durante nuestros viajes por el mundo, Kirsten y yo vemos a los turistas que observan animales cautivos. En Tailandia, vimos a estadounidenses abrazando tigres. En Rusia encontramos osos polares con bozales de metal bailando en el hielo bajo una carpa de circo.

Muchos turistas que gozan con estos encuentros no se dan cuenta de que los tigres adultos podrían estar desgarrados, drogados o las dos cosas. Tampoco saben que siempre hay crías disponibles para abrazarlas porque los tigres cautivos son forzados a reproducirse y separan a los cachorros a los pocos días de nacidos. No están enterados de que los elefantes dan paseos y hacen trucos sin dañar al público porque los sometieron cuando eran bebés y aprendieron a temerles a las picas. Y desconocen que los perezosos capturados ilegalmente en las selvas amazónicas suelen morir a las pocas semanas de cautiverio.

Durante nuestros viajes preguntamos por el trato que reciben los animales y obtuvimos respuestas con frecuencia incongruentes, se hizo evidente el ocultamiento metódico y sistemático del sufrimiento animal.

AUNQUE DIRIGIDO A LOS AMANTES DE LOS ANIMALES, EL TURISMO DE VIDA SILVESTRE MAXIMIZA SUS UTILIDADES EXPLOTANDO ANIMALES DESDE NACEN HASTA QUE MUEREN.

La economía de esta industria depende, en gran medida, de que los usuarios crean que los animales, que pagan por observar, montar o alimentar, también están pasándolo bien.

Y, en parte, lo ha conseguido porque los turistas –casi siempre en ambientes desconocidos y deseosos de una experiencia positiva– rara vez contemplan la posibilidad de estar lastimando a los animales. Entre tanto, las redes sociales agravan la confusión debido a la promoción inconsciente de amigos y marcadores de tendencias que legitiman las atracciones incluso antes de que el viajero se acerque a un animal. Ya se ha reconocido el papel de las redes sociales en esta problemática. En diciembre de 2017, después de que National Geographic publicó un reportaje de investigación sobre el daño que el turismo de vida silvestre ocasionaba a la fauna amazónica de Brasil y Perú, Instagram lanzó una nueva función: ahora, al seguir o buscar alguno entre docenas de hashtags, como #slothselfie y #tigercubselfie, los usuarios reciben una advertencia de que el contenido que vean puede causar daño a los animales.

CUALQUIERA PUEDE seguir a Olga Barantseva en Instagram. Su biografía anuncia “Fotógrafa rusa. Fotografío sueños”. Para tal fin, se reúne con sus clientes en los bosques de las afueras de Moscú para sesiones fotográficas con animales cautivos.

Al cumplir 18 años, Sasha Belova se regaló una sesión con Barantseva. Y una manada de lobos.

Los Kravtsov contrataron a Barantseva para tomarse sus primeras fotos familiares profesionales. En un bosque de abedules, los cinco integrantes de la familia tiemblan de frío y sonríen junto a un oso llamado Stepan.

Barantseva “despertó como estrella” en 2015, cuando unas agencias noticiosas internacionales la contactaron en línea. Desde entonces, su público ha crecido a más de 80 000 seguidores en todo el mundo. “Quiero mostrar la armonía entre las personas y los animales”, afirma.

Un crudo día otoñal, bajo un dosel de hojas de abedul doradas, en una colina que domina un lago gélido, Alexander Levin, de dos años y medio, vestido con un suéter de abejorro con capucha, sostiene con timidez la pata de Stepan.

Yury y Svetlana Panteleenko, los propietarios de Stepan, intentan que el animal se acerque al niño incitándolo con comida (atún mezclado con avena). Clic: parece una tierna amistad.

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Junio 2019

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