Tasmania, Australia
National Geographic Traveler en Español|Diciembre - Enero 2020
Tasmania, Australia
Ábrete paso en esta isla épica a pie, en bicicleta, kayak o con el tenedor.
Por Sarah Reid

En el Parque Nacional Cradle Mountain-Lake St. Clair, los senderistas pueden recorrer las rutas que atraviesan paisajes de bosques antiguos y páramos alpinos en varios días.

“Explora las posibilidades”, se lee en la matrícula de mi auto alquilado en la que aparece un tigre que se asoma entre los números. Reto aceptado, pienso, mientras echo mis botas de senderismo en la cajuela y programo el GPS en dirección al parque nacional más cercano.


Dentro y cerca del puerto de Hobart hay botes pesqueros, hoteles de lujo como el MACq 01 y restaurantes de fish-and-chips.

Si alguna vez recibió burlas por su aislamiento, hoy día Tasmania es uno de los destinos turísticos con más desarrollo de Australia. Clave para el atractivo del estado más austral del país es su belleza natural en bruto, que se debe en parte a la combinación de su lejanía (los planes de expansión del aeropuerto están en marcha y los vuelos internacionales están a pocos años de distancia) y al resistente espíritu ecológico de su casi medio millón de habitantes. Envuelta en árboles de 2 000 años y hogar de demonios verdaderos (e incluso de “tigres”, si crees en los rumores de que el tilacino, oficialmente extinto, aún sobrevive), Tasmania es de lo que están hechas las aventuras al aire libre.

Después de hacer la travesía, los visitantes descubren que la mayoría de las atracciones son sorprendentemente accesibles. Solo se necesitan cuatro horas en auto para recorrer el estado. Sin importar dónde decidas hacer base, las oportunidades de estar inmerso en la naturaleza nunca están lejos; después de todo, casi la mitad del estado es un parque nacional. Con la curiosidad de descubrir si las experiencias de aventura más nuevas del estado son tan espectaculares como lucen en las redes sociales, me dirijo a Hobart para explorar las atracciones de adrenalina al alcance de la capital.

El paraíso del senderista

“Más bonito que la serpiente-tigre, ¿verdad?”, bromea el guía Joel Kovacs cuando un ualabí (un tipo de minicanguro) se atraviesa en nuestro camino a lo largo del sendero Three Capes Track y hace una pausa a unos metros para mirarnos a través de un arbusto, entre la hierba que solían usar los palawas (aborígenes tasmanos) para tejer canastas. Junto con el trío de ualabíes de cuello rojo y el reptil mortal que se nos habían unido en el sendero, sin mencionar al equidna que vimos más tarde, esta observación de vida silvestre ha resultado toda una bendición.

Arte y apetito (desde la izq.): ubicado en el río Derwent, desde Hobart, el Museo de Arte Viejo y Nuevo (MONA) incluye instalaciones complejas como la Cámara Espectral, con prismas tachonados; en el centro de Hobart se sirve ceviche de pescado silvestre con agua de coco y limón en Pearl+Co, sobre la costa del muelle Victoria; también hay comida deliciosa disponible cada domingo en los puestos del mercado Farm Gate, en la calle Bathurst.

Sin embargo, los paisajes siguen siendo el punto estelar de este recorrido de cuatro días y 48 kilómetros alrededor de los riscos de dolerita que se levantan a lo largo de la península de Tasman, una tierra silvestre barrida por el viento que sobresale en el extremo sur del estado. Inaugurado en 2015 entre grandes expectativas, el nuevo sendero para recorrer en varios días se complementa con barracas diseñadas por arquitectos y una pizca de “asientos de historias”, que invitan a los senderistas a contemplar la historia de la península mientras toman un respiro.


Habitaciones subterráneas en el MONA muestran la colección de arte privada y antigüedades de David Walsh, valuada en 110 millones de dólares; Aloft (p. op.) sirve alimentos y mariscos de temporada en el muelle flotante de cuatro pisos Brook Street, en Hobart.

El año pasado, Tasmanian Walking Company, que ofrece caminatas guiadas de lujo en algunos de los mejores senderos de Tasmania, lanzó el tour Three Capes Lodge Walk con grupos que pasan la noche en cabañas privadas y ecológicas discretamente colocadas fuera del camino principal. Si se consideran los alimentos gourmet, el vino local que no tengo que cargar en mi equipaje y el conocimiento de los guías, esta es una manera verdaderamente transformadora de experimentar la senda, que es diferente a cualquier otra de la región. Sin embargo, los cerca de 880 senderos distribuidos en parques nacionales estatales, reservas y zonas de conservación tienen aspectos propios, y la variedad no es el único gancho comercial.

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