Renovación a la chilena

National Geographic Traveler en EspañolMayo 2019

Renovación a la chilena

El corazón del país andino y su territorio marítimo más remoto derivan en un viaje de transformación personal.

Por Erick Pinedo​. Fotografías de Sergio Izquierdo

El mirador más alto de América Latina tiene una plataforma con paredes de cristal a cielo abierto que brindan una vista de 360 º de Santiago.

CON TARRO EN MANO, BRINDAMOS POR LA NOTICIA.

Un entrañable amigo con el que crecí –con la imprudencia que solo los veinteañeros juerguistas dominan– partiría al extranjero tras una década de rock y tres años de compartir un departamento al sur de Ciudad de México que apodamos “la cueva”. Su destino, Santiago de Chile, sería el nuevo hogar donde continuaría su trabajo como operador de naves para una empresa que se trasladó al país sudamericano. Esa noche hubo borrachera.

Unos años después, mi amigo solo podía decir una cosa de su nueva realidad: “La calidad de vida, hermano. La calidad de vida lo es todo”. Sin más, hallé la oportunidad para ver al viejo Suli en la capital chilena y cumplir con la promesa de visitarlo. No había mejor momento. Sería una celebración personal por mi cumpleaños 30 y una oportunidad para despedirme de un ciclo intenso con broche de oro, recordando viejos tiempos, con viejos amigos, en lugares nuevos.

Tras un vuelo de ocho horas, Santiago me recibe con un golpe de calor que alcanza los 30 ºC en uno de los veranos australes más intensos de los últimos años, de manera que la terraza en el departamento de Suli es un alivio y la mejor manera de ponernos al corriente mientras armamos un asado casero: lomo vetado, entraña, chorizo de Chillán, cerveza, vino, música, reencuentro, vida, felicidad. Tan simple como asar carne en la parrilla, cortar rebanadas en una tabla para picar, algo de sal de mar y listo, un manjar directo al paladar.

Para cuando pasa el calor, aún tenemos tiempo para conocer algunos de los sitios emblemáticos de la ciudad, así que tomamos el metro –uno de los más limpios y modernos que haya visto– hacia el Palacio de la Moneda y su centro cultural, para continuar a la plaza de Armas, el corazón de la capital enmarcado por la arquitectura colonial del Correo Central, la Municipalidad de Santiago, la Parroquia del Sagrario y la Catedral Metropolitana.

Con un siglo de antigüedad, el cerro San Cristóbal es el parque urbano más ex tenso de Chile y uno de los más grandes del mundo.

Al caer la tarde es preciso un ascenso rápido al cerro de San Cristóbal, que cuenta con un teleférico, dos piscinas, funiculares, un zoológico, un antiguo telescopio, la Casa de la Cultura, el Santuario de la Inmaculada Concepción y la icónica estatua de la Virgen María de 14 metros de altura que observa hacia la urbe.

En la cima, el sol se oculta frente a la siempre nevada cordillera andina para pintar el cielo con tonalidades del rojo al violeta mientras las luces surgen entre los edificios y dan paso a los escenarios nocturnos de Santiago. Es momento entonces de dirigirnos al barrio de Bellavista, entre las comunas de Providencia y Recoleta, un sector famoso por albergar una de las antiguas casas del poeta nacional Pablo Neruda, así como una vigorosa vida nocturna entre restaurantes y bares como el Kross, con más de 60 opciones de cervezas artesanales.

Una tras otra vaciamos las botellas de Austral hasta que llega el pisco sour, un coctel con aguardiente nacional, amargo de angostura, azúcar y clara de huevo para hacerlo espumoso. Aunque fresco, el dulce y el licor no son buenos compañeros si uno busca que la noche sea larga. “¿Será que ya estamos viejos?”, me pregunta Suli mientras volteamos a ver a un grupo de chicas que bailan al ritmo de la cumbia chilena. Tal vez no tanto.

El Palacio de la Moneda, la histórica sede presidencial, fue reconstruida tras los bombardeos durante el golpe de Estado comandado por Augusto Pinochet.

Inciertas horas después, un aterrizaje forzoso es necesario antes de partir, así que paramos en un comercio para comer un par de sanguchos, sándwiches de carne estilo chileno con poroto (frijol), palta (aguacate) y ají (pimiento). Pies en tierra, es hora de descansar.

EL CALOR FUNCIONA COMO DESPERTADOR. No hay una nube en el cielo y el sol pega con fuerza desde temprano. “Solo hay una solución para este calor –dice mi anfitrión mientras se recupera de los estragos de la noche anterior y reconsidera lo dicho respecto a la vejez–. Justo como hacen los santiaguinos: el Cajón del Maipo”.

Entre las caprichosas elevaciones de la precordillera andina, 15 kilómetros al sureste de Santiago, esta región es un destino predilecto entre los capitalinos que buscan una pausa del ajetreo urbano para conectarse con la naturaleza mediante diversas actividades al aire libre. Tomamos el metro hacia el aeropuerto y rentamos un automóvil para dirigirnos hacia allá.

El pueblo de San José de Maipo es el corazón cultural de la región, donde la oferta ecoturística rebosa en cada esquina de sus bien conservadas construcciones coloniales, declaradas Monumento Nacional junto con su casco histórico. Sin embargo, aquí el protagonista es el río Maipo –cuyo caudal del deshielo andino brinda 70 % de la demanda de agua potable en la capital y 90 % para riego–, por lo que la actividad predilecta durante los meses calurosos es descender en balsa sus frías aguas glaciares.

Llegamos a Rafting Ruta Vertical, empresa de aventura y deportes extremos que ofrece el servicio de balsas para navegar rápidos de nivel intermedio (clase tres y cuatro), sorteando obstáculos entre los deslumbrantes paisajes naturales de la cordillera andina. Luego de repasar las reglas de seguridad, los participantes se dividen en grupos para abordar las balsas y dejarse llevar por el río con un capitán que da instrucciones para navegar de forma segura y aprovechar cada oportunidad de la corriente para aumentar la intensidad del descenso.

Izquierda adelante, derecha atrás, ¡todos abajo! Tras una hora surcando las aguas, escapamos de la corriente para descender y celebrar la hazaña. Sin embargo, lo primero es recuperar las energías con un kuchen, pastel tradicional de frutas que se come durante la versión chilena de la hora del té llamada "las once". Con el estómago lleno y la adrenalina templada, partimos con tiempo suficiente para terminar el día en uno de los nuevos iconos de Santiago y de Chile en general, un coloso de 300 metros de altura en el corazón financiero de la ciudad.

De regreso en la capital, nos dirigimos a Providencia para subir a más de ocho metros por segundo en un elevador de alta velocidad hasta el piso 62 del mayor rascacielos de América Latina: la Gran Torre Santiago, la joya arquitectónica del complejo Costanera Center.

La Intendencia (p. op., sup.) y la Municipalidad (aquí) son ejemplos de arquitectura colonial chilena; al igual que el cerro de Santa Lucía (p. op., inf.), ambos son iconos de Santiago.

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