El muro – Una cicatriz de la Guerra Fría
National Geographic Traveler en Español|Noviembre 2019
El muro – Una cicatriz de la Guerra Fría
A 30 años de la caída del Muro de Berlín, un recorrido por el trazado de 160 kilómetros que alguna vez dividió la capital alemana en dos muestra una ciudad idílica, a veces desconocida pero siempre fascinante, en lo que antes fue una zona de muerte.
Por Johan Ramírez
P. op.: el muro es una herida en la historia de Berlín, pero también una identidad que no tiene ninguna otra ciudad en el mundo.

Praderas extensas brillan hasta el horizonte, donde se elevan colinas violetas al amanecer. A cada tanto emergen sobre los predios balas de paja, enormes y redondas, que de tan amarillas y repetidas crean un efecto cinético contra el verde de la llanura. Una trocha traza una diagonal en el paisaje. Dos enamorados pasan a toda marcha en bicicleta. El aire fresco se impone y por un instante uno se cree en la campiña lejana, pero estamos a las afueras de la metrópoli. Es un cuadro soñado para escapar de la barahúnda urbana, pero que no muestra nada del pasado aterrador que se vivió en este lugar: hace apenas 30 años, esta era una zona de muerte.

Entonces pasaba por aquí la sección más palpable de la Cortina de Hierro: 160 kilómetros de concreto en torno a la parte occidental de la capital alemana. La urbe flotaba como una isla en los mares convulsos del comunismo: el infame Muro de Berlín dividió no solo la ciudad y el país, sino el mundo entero, durante casi tres décadas.

Arriba: creado en 1998, en la calle Bernauer, el Memorial del Muro de Berlín conmemora la división de la capital alemana y las muertes que esta ocasionó.

MAUERWEG

Hoy en su lugar está el Mauerweg (Camino del Muro), una ruta segura y bien señalizada que sigue el trazado exacto por donde pasaba la frontera entre los dos Berlines. Se puede hacer a pie, pero nosotros la recorrimos en el trasporte predilecto de Alemania: la bicicleta. Iniciamos el viaje en el vibrante barrio de Wedding. Sobre la Müllerstraße, entre las estaciones de metro Reinickendorfer y Schwartzkopffstraße, tomamos la Liesenstraße hacia el norte. Una línea de adoquines atraviesa la calzada y advierte que estamos en el camino correcto. Unos 300 metros más adelante, antes del corroído puente Liesen, una sección todavía visible del Muro se eleva en la acera derecha. Su sola aparición impacta por el carácter de su estructura que, a pesar de los embates del tiempo, conserva todavía la soberbia de su época más férrea.

Ya rodando sobre la Gartenstraße pasamos frente a la iglesia de San Sebastián, una construcción neogótica de finales del siglo XIX. Luego nos topamos con la Bernauer Straße, donde se halla un memorial conmovedor: barras metálicas de 3.4 metros de altura, organizadas una al lado de la otra a lo largo de 1.4 kilómetros, dan una idea de cómo lucía la calle en ese entonces. Allí se mantiene en pie una torre de vigilancia y el Centro de Documentación del Muro, cuya exposición permite entender mejor el drama de la época. A un costado está la Capilla de la Conciliación, un edificio modesto de adobe y madera erigido en el sitio donde antes estuviera la Iglesia de la Reconciliación. Como esta se ubicaba justo sobre la llamada Tierra de Nadie –también conocida como Franja de la muerte– y entorpecía las tareas de vigilancia de los soldados, el régimen soviético decidió demolerla en 1985.

UN MURO ENTRE LAGOS

La ruta nos conduce hasta el Mauerpark, un sitio de encuentro predilecto de los berlineses. Aquí, los domingos hierve el mercado de pulgas más popular de la ciudad. Se pueden hallar desde armas antiguas de colección hasta tapices persas, muebles de la Bauhaus y cachivaches de todo tipo atiborrados sin orden en cajas de cartón. Pero, con ojo fino y mucha paciencia, descubrimos una escultura de bronce de Auguste Moreau olvidada entre un montón de baratijas empolvadas. Así que vale la pena darse el tiempo.

Siguiendo al norte se debe andar más de una hora entre zonas residenciales para llegar hasta las verdes praderas con las balas de paja, enormes y amarillas. Por esos predios se encuentra el Köppchensee, un lago pequeño y romántico en el que una sinfónica de ranas ofrece un concierto de barítonos cada tarde.

Al continuar llegamos a Hermsdorf, un barrio de caserones de campo amplios cuyo habitante más ilustre es el genial pintor Max Beckmann, quien vivió en el 17 de la Ringstraße hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial.

A 10 kilómetros se encuentran los gigantescos lagos Nieder-Neuendorfer y Tegel, desde donde se abre un brazo del río Havel, que atraviesa buena parte de Alemania. La experiencia de los lagos es imperdible cuando se visita esta región, pues forma parte central de la cultura berlinesa. Apenas las temperaturas comienzan a aumentar a finales de marzo o inicios de abril, los habitantes de la capital se dirigen en masa a refrescarse en las aguas que circundan la ciudad. Tanto en Nieder-Neuendorfer como en Tegel hay zonas bien acondicionadas para acampar. También hay posadas y hotelitos de paso a lo largo del camino, perfectos para hacer una parada y pasar la noche.

DEL JURÁSICO AL HOLOCAUSTO

Otra opción para recorrer el muro es ir hacia el centro de la ciudad, para luego seguir hacia el este. Para quienes se decantan por los paseos urbanos, tal vez este sea el mejor itinerario, pues atraviesa los principales monumentos de la ciudad.

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Noviembre 2019