Corazón Himalayo

National Geographic Traveler en Español|Abril 2019

Corazón Himalayo

Cimas majestuosas –que incluyen el Everest– atraen a la mayoría de los visitantes a Nepal, pero una cultura rica prospera a la sombra de estas montañas.

Por Carrie Miller. Fotografías de Alison Wright

Los monasterios budistas, como Neydo Tashi Choeling, son sitios hospitalarios donde se experimenta la diversidad de la cultura nepalí.

En la calle Yogbir Singh Marg, en Katmandú, los vendedores ofrecen vegetales, frutas y especias. En esta capital bulliciosa de un millón de habitantes la vida diaria se desenvuelve al aire libre.

Es uno de mis lugares favoritos del planeta. Katmandú, Nepal. En especial la estupa Boudhanath, una de las mayores del mundo. Su domo enjalbegado con toques de azafrán y coronado con una aguja dorada está pintado con los ojos de Buda que todo lo ven. Un ojo sagrado en la vorágine de lo profano. A las afueras de las puertas de Boudhanath se arremolina la vertiginosa escena callejera de Katmandú, tan desquiciada y cacofónica como en mi primera visita, hace casi dos décadas: un mar imperioso de un millón de personas, con vendedores que te persiguen durante cuadras por aceras de ladrillos rotos para venderte una pulsera de lapislázuli de cinco dólares, más allá de los postes de luz envueltos con varios haces de cables grises del tamaño de colmenas, obra de magos electricistas, o locos.

Una mujer tharu lleva un vestido tradicional del sur del Nepal; el país mismo es un tapete colorido de 124 etnias (p. op.).

Pero las puertas de la estupa mantienen la ciudad a raya. Banderas de oración ondean en la brisa mientras cientos de peregrinos rodean la base de este santuario del siglo v, siempre en dirección de las manecillas del reloj. Sentada en la plataforma superior que circunda la estupa, juego con la pulsera de lapislázuli que llevo en mi muñeca; tengo la garganta seca a causa del rasposo aire callejero sabor a polvo y escape de motor; evalúo los techos de la ciudad desde el mirador. Aquí arriba la vida se desenvuelve por encima del pandemónium: los turistas se relajan con cerveza y pizza en bares de azotea; los lugareños, conformados por los 124 grupos étnicos de Nepal, tienden ropa limpia y atienden con esmero árboles y plantas en macetas, oasis personales de verdor.

Si levanto más la vista veo el Himalaya, nevado, rosado en el polvo y la neblina que trepa casi hasta la mitad del cielo. Nepal es hogar de ocho de las 10 montañas más altas del mundo, incluyendo el monte Everest, y esas cimas son lo que atrae a la mayoría de los visitantes.

En mi primera visita fui peregrina de las cimas. Con 26 años, inquieta y determinada, estaba lista para probarme a mí misma en esos elevados senderos. Hoy he vuelto para experimentar un lado más oculto de Nepal, a menudo opacado por estas montañas: la diversidad de la gente y los paisajes, el ritmo y el alivio de sitios como Boudhanath. Esta vez no quiero ir arriba, sino dar la espalda a las montañas (y a mi ego) e ir adentro para que esta cultura ancestral se me revele, aunque solo sea un momento.

Comenzamos en el Neydo Tashi Choeling Monastery Guest House, 22 kilómetros al suroeste de Katmandú, cerca de Pharping. El monasterio de techo dorado está en una colina polvosa tachonada con pinos y banderas de oración. Hogar de 150 monjes budistas de entre cinco y 27 años, el monasterio tiene una austera casa de huéspedes para viajeros. Algunos llegan para destensarse, otros para estudiar budismo y unos más para probar la vida monástica. Se alienta a los visitantes a asistir a las puyas de los monjes, las ceremonias de oración budistas.

Le pregunto a Tsering Hyolmo, gerente de 25 años de la casa de huéspedes, si es extraño que los visitantes observen tu práctica devocional diaria. “Disfrutamos compartir –responde Tsering–. Puede que tengamos un lugar hermoso y los visitantes quieran aprender del budismo o solo alejarse de la ciudad. Aquí podemos ayudarlos”.

A 1 700 metros de altitud, la temperatura ambiente es más fresca aquí que en Katmandú y noto que Tsering usa una chamarra de pluma sobre su túnica color bermellón. Abre la puerta de mi habitación, que es austera, sencilla y tiene todo lo que necesito: una cama robusta, un pequeño escritorio de madera y un baño privado.

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