Apetito por Laos

National Geographic Traveler en Español|Marzo 2019

Apetito por Laos

La complejidad, la gracia y el sabor de Luang Prabang se despliegan un delicioso bocado a la vez .

Por Andrew Nelson. Fotografías de Ewen Bell

A VECES UN PORTAL NO ES UNA PUERTA. ES UN TAZÓN DE SOPA.

Llévate a la boca una cucharada de tom kha kai –sopa de pollo y coco tradicional de Laos– y percibirás un perfume seductor de citronela, limón y jengibre azul. Su fragancia es sublime y terrosa, picante y ácida. El aroma tiene un toque pimentoso. La sensación es vívida, de algún modo conmovedora y totalmente extática.

Aquel recuerdo me hace sonreír mientras hago fila en el Aeropuerto Internacional de Luang Prabang, en la República Democrática Popular Lao. He viajado 14 500 kilómetros hacia el sureste asiático gracias a Van Nolintha, carismático restaurantero laosianoestadounidense de 32 años, residente de Raleigh, Carolina del Norte. Sus interpretaciones creativas de los platillos laosianos de su infancia le han merecido elogios de comensales y críticos gastronómicos.

Vine a probar la auténtica cocina de Laos. Al salir del aeropuerto, mi primer encuentro es con las cordilleras de Phou Thao y Phou Nang, que rodean la antigua ciudad real de Luang Prabang como si la abrazara. En las laderas frondosas, los árboles acarician y atrapan las nubes bajas. Cuando entramos a la ciudad, un grupo de motonetas rebasa mi taxi y deja un rastro de humo e impaciencia. Sobre una de ellas, una adolescente sentada de lado y vestida en una sinh (falda de lápiz de seda de la región) pasa como un rayo. Lleva la cara pegada a su celular. Escribe frenética, sin poner atención a su joven conductor ni al tráfico agresivo a nuestras espaldas, donde los sombreros de ala ancha de turistas chinos se pegan a las ventanillas empañadas de cuatro camionetas Toyota.

La ciudad se construyó en una península que formó la confluencia de los ríos Nam Khan y Mekong, y fue un centro budista importante, sede imperial. Entre los siglos xiv y xvi fue la capital del estado Lan Xang, o Reino del Millón de Elefantes. Vivió fortunas decadentes y guerras reales. En 1560, la capital de Laos fue trasladada a Vientián, aunque Luang Prabang conservó su propio rey. Con el tiempo, Laos quedó en manos europeas tras la creación del protectorado francés en 1893. Los franceses reconocieron Luang Prabang como sede real. La ciudad está compuesta por templos antiguos, un palacio de diseño parisino y edificios de la colonia, por lo que la UNESCO le confirió el título de Patrimonio de la Humanidad.

Me reúno con mi amigo Van en Satri House, una antigua mansión colonial restaurada como hotel boutique. Lo encuentro en el patio, frente a la piscina. “Te gusta el lugar?”, me pregunta mientras aparece una botella de vino rosado frío. El edificio de 28 habitaciones decorado con antigüedades exuda serenidad y grandeza de otra época. En ese instante, un Rolls-Royce color crema pasa con una mujer laosiana elegante y de cabello cano en el asiento trasero. ¿Quién es? ¿Adónde va? Hay misterios en Luang Prabang. Y al parecer, fantasmas.

“Mi abuela se llamaba Mae Tao –me cuenta Van–. Al crecer en Luang Prabang la ayudé a cuidar el jardín de la familia. Me enseñó que cada flor tenía vida y personalidad propia, también a podar, limpiar y arreglar cada una. Le gustaba decirme: ‘Eres de Luang Prabang, debes poner atención a los detalles. Son sagrados’”.

Van encontró consuelo en la atención a las cosas pequeñas mientras se criaba en este barrio, en una pequeña casa, en otra época y en otro Laos. Los años posteriores a la Guerra Americana (como se conoce aquí a la Guerra de Vietnam) fueron turbulentos. En 1975 se derrocó a la monarquía y Laos se convirtió en estado comunista.

Las siguientes décadas fueron de perturbación, hambre y conflicto. Él y su hermana Vanvisa vieron las dificultades de sus padres, pero la hospitalidad nunca faltó.

“Éramos muy pobres, pero siempre teníamos visitas en casa. Siempre había invitados a la mesa”, me cuenta.

A sus padres les preocupaba el futuro de sus hijos. ¿Los debían enviar a estudiar al extranjero, donde no conocían? ¿Los mantenían cerca de casa y sus tradiciones? En 1998, a los 12 años, Van se fue a Estados Unidos; pronto lo siguió su hermana. No volverían en seis años.

En Greensboro, Carolina del Norte, Van se quedó con amigos de la familia y asistió a una secundaria pública. Separarse de lo que conocía fue difícil. Preparaba comida que le recordaba a Laos. “Quería conservar los recuerdos de Luang Prabang”, asegura.

Escuchó música pop, aprendió inglés y estudió diseño y química en la universidad. En 2004, como muchos otros migrantes, ambos obtuvieron la ciudadanía.

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