Mazorcas - Que hacen soñar…
México Desconocido|Agosto 2018
Mazorcas - Que hacen soñar…

En los ríos de cenizas del volcán de Jala crecieron cosas maravillosas, entre ellas los más prodigiosos elotes, además de historias que hoy son el pedestal de este Pueblo Mágico hecho de arenales.

Por Gabriela Guerra Rey. Texto y foto: Herbey Morales

Esta historia comienza siglos atrás, cuando los españoles llegaron a Nayarit y se encontraron con un fenómeno rocoso, una formación volcánica erigida en piedras negras que no tardaron en llamar Ceboruco, porque era el nombre que a estas se les daba en las Antillas. Los indígenas, en cambio, lo llamaban Tonan, de Tonantzin, su diosa madre.

Ceboruco es una voz taína, la usaban los indígenas cubanos e isleños, y en Jala hoy es mucho más, es un mito. Desde entonces, se presume, sus culturas ancestrales ya celebraban la  esta del maíz en agosto, para cuando estaba la cosecha. Los conquistadores sincretizaron las festividades con las de la Virgen de la Asunción, porque coincidían en fechas, y porque esta sería la patrona de los jalienses. Desde siempre se producían allí unos elotes gigantes, como no se dan en ningún otro lugar del mundo. ¿Cuál es el misterio? Las cenizas de ese volcán al que hoy todos veneran hacen que en sus arenales crezcan productos únicos, como la jamaica criolla, el cacahuatito (uno que parece miniatura) y desde luego el elote.

Avancemos unos cientos de años, hasta 1870. El Cebo ruco, que se dice explota cada centuria aproximadamente, comenzó a hacer erupción hasta reventar en una bola de lava empedrada que alcanzó varios kilómetros hacia un lado del volcán y, por supuesto, casi todas sus faldas. Hoy, cuando vas camino de Tepic a Jala, unos kilómetros antes de llegar, encuentras un gran valle de piedras negras, donde don Inés te recibe para contarte lo que recuerda. A este señor se le ha perdido el tiempo en los ojos. En su infancia, cuando la época de la Guerra Cristera, dice, se escuchaban voces y cantos en las faldas del volcán. La gente que por allí se asomaba a husmear, desaparecía. Es de suponer que esta suerte de pueblo fantasma fue sepultado por la lava. Que solo unos pocos lo encuentran, y que suele ocurrir únicamente en Viernes Santo.

Una de muchas leyendas cuenta que quien encontraba una cueva “mágica” entre aquellas piedras y se metía dentro, descubría un gran valle donde crecían elotes gigantes, y que quien los recogía, si lo hacía sin ambición, regresaba a casa con elotes convertidos en oro. Sin embargo, a la vuelta comprendería que unas pocas horas en la cueva, afuera signi caban años; hay quien dice que hasta cien.

La última erupción del volcán Ceboruco fue en 1870. En sus alrededores se llegan a ver algunos tigrillos y muchos venados.

Por si acaso, dice don Inés, yo mejor no fui por esos andares. Los nietos juegan a su alrededor, en el parador del volcán, donde el nonagenario desgaja la maleza para que no se coma el único mirador que tiene ese volcán al que le ha entregado la vida.

El maíz de esta región llega a medir hasta 6 metros de altura y se cuenta que algunas mazorcas han rozado los 60 centímetros de largo.

El elote más grande del mundo

Jala es un pueblo de costumbres y tradiciones, así como don Inés lleva toda la vida limpiando el mirador sin nombre a orillas del volcán, don Vicente, de más de ochenta, hornea pan y gorditas de maíz desde la infancia, y la familia de Ismael Elías ha cultivado elotes durante por lo menos cuatros generaciones. La misma cantidad de generaciones lleva don Chávez metiendo biscotelas y rosquetes al horno. Las historias las devela don Miguel G. Lomelí, que es, además de productor de elotes, el cronista de la ciudad, su historiador y poeta.

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