Encuéntrate en el caudal del desierto
México Desconocido|Marzo 2017
Encuéntrate en el caudal del desierto

Como si de un plano secuencia se tratara, Arturo Torres Landa relata un viaje por los paisajes planetarios de Durango. De su hechizo por estas tierras versa esta historia.

Texto: Arturo Torres Landa. Foto: Paulo Jiménez

Los paisajes de Durango tienen la capacidad de estimular la imaginación de quienes los admiran; entre riscos de formas inusuales, a mitad de un pueblo fantasma, lo único que se necesita es echarla a volar para disfrutar una experiencia de viaje única. La belleza del desierto te acompañará durante todo el ensueño.

La carretera 49D hacia Chihuahua se desenrolla sobre el desierto como una tira de celuloide negro; donde el terreno ondula, también lo hace el pavimento. Al igual que la cinta cinematográfica, la pista proyecta espejismos con la luz y el calor. Atravesamos el desierto de Durango a bordo de una Suburban 89 a la que le fallan las puertas. Afortunadamente, el radio no presenta desperfectos: el rythm and blues de la canción Down to Mexico, de The Coasters, se mezcla con la radiación solar que dejamos entrar por las ventanillas.

Transitamos por el corazón de La Laguna, una región árida compartida por Durango y Coahuila, caracterizada por su pujanza industrial. Las ciudades de Lerdo y Gómez-Palacio, del lado duranguense, y Torreón, en Coahuila, son las principales responsables de que la también llamada Comarca Lagunera sea una de las zonas de mayor desarrollo económico de México. Ahí donde antes corrieran los arroyos del Bolsón de Mapimí (hoy prácticamente secos) han brotado estos “oasis” urbanos dedicados a la industria y la ganadería.

A pesar de la promesa de sombra y paletas heladas (nos dicen que las de Chepo, en Ciudad Lerdo, son imperdibles), preferimos pasar de largo. Nuestro objetivo: penetrar en el desierto hasta llegar a Ojuela, pueblo fantasma abandonado a la deriva del tiempo.

DE RAREZAS Y SILENCIOS

Huizaches, rocas y matorrales; espinas, vapor y tolvaneras. Y encima de todo, un cielo azul eléctrico. El viaje transcurre como la escena de alguna road movie estadounidense, una en la que la charla —escasa, espesa— no corresponde con la gran cantidad de pensamientos que se nos amontonan detrás de las frentes sudorosas. Aquí el encanto del desierto: su aparente monotonía provoca que la mente quiera llenar el paisaje vacío con figuraciones. Para romper el silencio —ahora que Down to Mexico ha dado paso a una tonada de Caifanes— le pregunto a Walter Bishop, veterano explorador del estado, sobre cierto dato inútil que por razones oscuras guardé en la memoria: “¿Es cierto que en Durango caen más rayos que en ninguna otra parte del país?”. Walter me mira por el espejo retrovisor y luego regresa los ojos hacia el camino. “Mira, ¡la verdad es que lo dudo mucho! Son tantas las cosas que se dicen sobre esta parte de Durango que ya perdí la cuenta de ellas. Nunca había escuchado eso, pero lo sumaré a la lista de cosas raras que seguramente voy a olvidar”. Todos reímos.

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