Armenia – Después del diluvio...
Lonely Planet Traveller - España|Enero 2017
Armenia – Después del diluvio...

Viaja entre montañas nevadas y antiguos monasterios por un país tan poco visitado como Armenia, donde podrás escuchar historias sobre el arca de Noé y las almas atormentadas que la han buscado en vano

Texto Oliver Smith. Fotografías Justin Foulkes

DESPUÉS DE CIENTO CINCUENTA días flotando sobre las aguas, Noé, su familia y todos los animales sintieron un fuerte crujido cuando el arca tocó tierra seca. Habían llegado a una pequeña isla que, a medida que el agua retrocedía, resultó no ser una isla, sino la cima de una inmensa montaña. La montaña, que se elevaba sobre un rocoso paisaje, fue bautizada Ararat.

Unos cuantos meses después el mundo volvió a emerger seco y la familia y los animales de Noé pudieron, por fin, descender; muchos aprovecharon la oportunidad para dirigirse rápidamente a lugares más cálidos o exóticos. Pero cuenta la leyenda que el tataranieto de Noé, Haik, decidió quedarse en esta tierra pedregosa y fundó Armenia, que se convertiría en la primera nación cristiana en la Tierra.

Tras 4.500 años, el diluvio bíblico se ha convertido en una leve llovizna cuando mi avión aterriza en Ereván, la capital armenia, pero la importancia del Ararat no se ha olvidado. En el control fronterizo, un guardia deja un momento de jugar un solitario en su teléfono móvil para estampar en mi pasaporte un sello con la forma del Ararat. Acercándome a Ereván por bloques de torres de la era soviética, el taxi pasa junto al estadio donde juega el FC Ararat (uno de los más populares de Armenia) y la fábrica donde se fabrica el brandi Ararat. Circulando entre los amplios bulevares del centro de la ciudad se ven el restaurante Ararat y el hotel Ararat, donde, según TripAdvisor, algunas habitaciones huelen a tabaco (posiblemente cigarrillos de la marca Ararat). En los cafés y bares alrededor del edificio de la Ópera podemos pedir botellas de cerveza Ararat o de vino Ararat, y podremos pagar las consumiciones con el dinero que hayamos sacado de los cajeros automáticos del banco Ararat, billetes en los que también se ve una ilustración del monte Ararat. Por cierto, un consumo excesivo de esas bebidas alcohólicas puede hacer que nos tengan que ingresar en el centro médico Ararat. Y cerca del hospital se encuentra la torre del reloj de la Casa de Gobierno, que luce en el centro del escudo nacional, grabado en piedra, una imagen del monte Ararat.

Un camino rural usado para la transhumancia en la provincia de Lorri, al norte de Armenia.

Una cordillera de picos de tamaño modesto rodea Ereván, y en los días nublados puedes pasar algún tiempo tratando de dilucidar cuál de ellos es el Ararat. Pero es un error: ver la montaña auténtica implica levantar un poco más la cabeza y entrecerrar los ojos frente a la claridad del cielo, hasta que se vea un área de un blanco brillante. No son las nubes, sino el destello apenas entrevisto de una inmensa cumbre nevada, de un tamaño absolutamente desproporcionado con respecto a todo lo demás que tengamos a la vista. En los días en que es visible, el Ararat resulta hipnótico por su inmensidad: más alto que cualquier pico de los Alpes y la mayoría de las montañas a este lado del Himalaya. El Ararat acecha por todas partes a los visitantes de Ereván: detrás de las cuerdas de ropa tendida o jugando al cucu a espaldas de los centros comerciales. Para millones de armenios, es lo primero que ven cuando descorren las cortinas por la mañana… y lo último antes de irse a la cama. Es la clave para entender este antiguo país.

Una de las edificaciones del monasterio de Noravank, que data del siglo XII, y del que se dice que guarda un trozo de la cruz de Cristo.

Desde Ereván me dirijo hacia el este, junto a las estribaciones más bajas del Ararat, ascendiendo hacia una meseta barrida por el viento. La carretera serpentea entre abruptas escarpaduras y volcanes extintos. En un puerto de montaña se encuentra un caravasar –una especie de antigua casa de postas– del siglo XIV en el que, en la antigüedad, los comerciantes habrían parado a descansar en sus viajes entre Samarcanda y Estambul. Torres militares de la época soviética –con los cristales de las ventanas rotos y las antenas parabólicas destrozadas– se mantienen todavía en pie, como viejos faros, sobre praderas que se ondulan con el viento.

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Enero 2017