una idea indómita

National Geographic en Español|Mayo 2020

una idea indómita
Una pareja de estadounidenses emprendedores tuvo un sueño: comprar un millón de hectáreas en Chile y Argentina, y después donarlas para parques nuevos.
DAVID QUAMMEN

El veterinario Jorge Gómez monitorea un guacamayo rojo en entrenamiento para ser liberado en el Parque Iberá, en Argentina. Esta especie, que no había sido vista en un siglo, se reintroduce, mientras que a las aves en cautiverio se les enseñan las habilidades necesarias para sobrevivir en estado silvestre.

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Un guanaco, la versión silvestre de la llama, llega a beber a la laguna Seca del Parque Nacional Patagonia. El parque, de 300 000 hectáreas, combina tierras públicas y propiedad privada donada por Tompkins Conservation.

Con su caballo cerca para poder cabalgarlo al regreso, Mingo Ávalos lleva su canoa por un canal, mientras con otro guía lleva a turistas por Iberá. El turismo implica ganar-ganar: ex cazadores y empleados de rancho como él obtienen trabajos amigables con el ambiente; los visitantes aprenden de su conocimiento del entorno.

LOS ULTIMOS LUGARES SILVESTRES

Tompkins Conservation es socio en materia de conservación de National Geographic Society, como parte de la iniciativa Los Últimos Lugares Silvestres.

“Era una época desesperada. Doug nunca se repuso”.’

KRIS MCDIVITT TOMPKINS se sienta ante una mesa de centro cubierta de mapas de Chile y Argentina, y habla sobre la controversia de principios de los noventa que giró en torno a un lugar llamado Pumalín, al sur de Chile. Pumalín fue una experiencia aleccionadora que les mostró a ella y a su difunto marido, el empresario retirado y aventurero Doug Tompkins, lo difícil que podía ser en América del Sur convertir los dólares yanquis y las buenas intenciones en acciones de protección para el entorno. ¶ Más allá de la mesa, más allá de los mapas, más allá de las enormes ventanas de esta casa de huéspedes hecha de piedra, construida como un nido en la saliente de una pequeña colina, se extiende una vista de pastizales y arroyos, bosques de lengas y coihues y lagos de un azul de medianoche: las imponentes glorias naturales del Parque Nacional Patagonia de Chile, otro proyecto de los Tompkins. ¶ El parque comprende más de 300 000 hectáreas, que incluyen el valle de Chacabuco, al oeste de los Andes. Junto con Pumalín, unos 500 kilómetros al norte, y otros seis parques –creados o ampliados por la persistencia de los Tompkins, en asociación con el gobierno chileno, y aprovechando las tierras donadas por ellos–, esta red de lugares silvestres suma un total de 4.5 millones de hectáreas. La amplitud y diversidad son vastas: se extienden a lo largo de la mitad sur de Chile, desde el bosque templado valdiviano de Hornopirén hasta las islas rocosas y glaciares de Kawésqar. Sin embargo, para entender el alcance de lo que Kris Tompkins y su marido han hecho, así como los obstáculos a los que se han enfrentado, es mejor empezar con Pumalín. Kris despliega los mapas y me cuenta la historia.

En 1991, Doug Tompkins compró un rancho en ruinas en la región de los lagos en Chile, un país que él conocía por sus visitas como esquiador y alpinista vagabundo a principio de los sesenta. Más tarde en esa misma década, él y su primera esposa fundaron la empresa The North Face, luego vendió ese negocio por no mucho dinero y estableció la muy exitosa compañía de ropa Esprit. Para principios de los noventa, cuando ya era muy rico, divorciado y estaba desencantado por el consumismo voraz, vendió sus acciones y se alejó del mundo de los negocios para dedicar su vida a los deportes que lo habían llevado al sur en un principio –montañismo, esquí, kayak– y también a la conservación.

Su plan para restaurar la vegetación nativa del rancho se convirtió en una idea más grande. Creó y financió una fundación privada, Conservation Land Trust y, por medio de ella, pudo unir dos bloques de tierra en su mayoría virgen, Pumalín Norte y Pumalín Sur. Entre ellos hay otra parcela, llamada Huinay, entonces propiedad de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, que estaba deseosa de venderla, pero intereses políticos poderosos, incluyendo al entonces presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, se opusieron a la venta. Fue en ese punto cuando Kris McDivitt entró en escena, pues se había jubilado recientemente como directora ejecutiva de otra compañía de ropa, Patagonia, y tenía su dinero y convicciones propios, que se alineaban bien con las de Doug Tompkins. Se casaron en 1994.

Kris Tompkins es una mujer pequeña y enérgica de una inteligencia clínica; recuerda sin exteriorizar sus emociones. “Huinay, sí, esa era la pieza que habría unido Pumalín”, me comentó. Sumaba cerca de 340 kilómetros cuadrados, no muy grande comparada con Pumalín Norte o Sur, pero cubría el territorio continental de Chile en uno de sus puntos más estrechos, desde el golfo de Ancud hasta las cumbres de los Andes. Sus esfuerzos por comprarla despertaron sospechas, resistencia, rencor. Hacían que la tierra de cultivo dejara de producir y algunas personas se quejaron de tantas compras y tanta protección. Estaban eliminando empleos, estaban formando “un feudo” en Chile.

Ese tipo de reacciones continuó durante los noventa y los primeros años de este siglo, a medida que la pareja expandía su compra de tierras y su protección a otras partes de Chile (incluyendo el valle de Chacabuco, donde Kris y yo estamos en este momento). ¿Quiénes eran estos gringos acaparadores y cuáles eran sus malévolos planes?

En realidad, su meta en Pumalín era adquirir tierra, crear un parque y dárselo a la nación, pero Chile no tenía una tradición de filantropía privada fuera de los proyectos escolares o de la iglesia. Esa generosidad inexplicable de un par de estadounidenses parecía patriarcal, en el mejor de los casos, y siniestra en el peor. Huinay era particularmente sensible porque, aunque relativamente pequeña, se extendía de frontera a frontera. Si los gringos ricos se adueñaban de esa propiedad, alegaban los críticos, el país se partiría a la mitad.

“Tuvimos cuatro o cinco años de desprecio –explica Kris Tompkins–. La gente creía que pertenecíamos a un culto”.

DURANTE 2 1 AÑOS de matrimonio, con sus múltiples y extensas propiedades y proyectos en Chile y Argentina, y su incansable interés por las tierras, los Tompkins pasaban un tiempo considerable en pequeños aeroplanos privados. Él tenía 15 000 horas como piloto. Ella a menudo tomaba los controles, pero nunca tuvo licencia, ni para despegues ni aterrizajes. “Ahí soy más feliz, volando”, me dice. Siempre pensaron que morirían juntos, añade, gracias a todas las sacudidas de sus aviones Cessna o Husky, entre los cañones y los picos andinos.

No fue así. Doug murió de hipotermia el 8 de diciembre de 2015, en un hospital de Coihaique, la capital regional, después de una inmersión prolongada en un lago helado de Chile, un día desastroso e infortunado en que los vientos aumentaron, las olas crecieron y el timón de su kayak se descompuso. El bote se volteó y el sistema de control les impidió a él y a su compañero de remo, el renombrado escalador Rick Ridgeway, alcanzar la costa. Ridgeway fue rescatado después de una hora y sobrevivió, Doug Tompkins no.

Kris Tompkins recibió la noticia por teléfono –una versión vaga de un accidente y un posible

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