VIDAS ROBADAS
National Geographic en Español|Octubre 2020
VIDAS ROBADAS
EL TRÁFICO SEXUAL ES UN FLAGELO MUNDIAL QUE ATRAPA A MILLONES DE NIÑOS. ESTA ES LA MANERA EN LA QUE DOS NIÑAS CON SUEÑOS – UNA DE INDIA, LA OTRA DE BANGLADESH–FUERON OBLIGADAS A PROSTITUIRSE.
YUDHIJIT BHATTACHARJEE

Sobre este artículo: Para proteger la privacidad de las niñas víctimas de trata y cumplir con las leyes indias sobre la identificación de víctimas de crímenes sexuales, no revelamos las identidades de estas ni de sus familiares. Las fotografiamos de maneras que se pudieran oscurecer sus rostros y alteramos algunas imágenes para esconder rasgos distintivos. Utilizamos seudónimos para las dos niñas presentadas en el artículo.

Tras una pelea con su madre, R. huyó de su casa cerca de Calcuta. En una estación de trenes, conoció a unos hombres que la engañaron y se la llevaron a una zona roja de la ciudad. Muchasniñas que son víctimas de trata en su adolescencia pasan el resto de sus vidas en burdeles. A R. la rescataron antes de ser vendida a uno. Fue enviada a Sneha, un albergue dirigido por laorganización no lucrativa Sanlaap, que prepara a las víctimas para que reconstruyan su vida. R., quien hoy es adulta, y otras de las niñas en este artículo, fueron fotografiadas en Sneha.

Anjali tenía 16 años cuando se involucró con un hombre que la convenció de que huyera de su casa en Bengala Occidental, India, con la promesa de matrimonio. Sin embargo, él y su cómplice la vendieron a un burdel en Mahishadal, cerca de Haldia, una ciudad industrial. Fue obligada a tener relaciones sexuales hasta 20 veces al día hasta que fue rescatada. Por más de un año vivió en Sneha, entre niñas que, dijo, entendían su angustia. Hoy adulta, vive con su madre, a quien le gustaría que se casara, pero Anjali jura que no volverá a enamorarse.

A los 12 años, S. se fue de su casa en Narayanganj, Bangladesh, con un conocido de la familia que le prometió un trabajo en Daca. Se la entregaron a un hombre que la llevó a Bengala Occidental y luego la vendió a un burdel en Bombay. S. fue esclavizada durante dos años antes de que la policía la liberara y mandara a un albergue. Seis meses después encontró a una mujer que le dijo que la llevaría de regreso a Bangladesh, pero la vendió a un burdel en Namkhana, Bengala Occidental. S. fue rescatada de nuevo y llevada a Sneha. Hoy es adulta.

Antes de que fueran vendidas al mismo burdel, Sayeda y Anjali eran las típicas adolescentes que crecían en circunstancias similares a cientos kilómetros de distancia: Sayeda en la ciudad de Julna, en Bangladesh, y Anjali en Siliguri, Bengala Occidental, India.

Tenían las aspiraciones de las adolescentes de cualquier lugar: escapar de la supervisión paterna, encontrar el amor, empezar a realizar sus sueños. Ambas eran ingenuas respecto al mundo y no podían haber imaginado las crueldades que les tenía preparadas.

Criada en un diminuta casa de dos habitaciones, Sayeda pasó gran parte de su infancia sola. Su madre se levantaba temprano y se iba todo el día para limpiar tiendas en New Market, uno de los distritos comerciales de Julna. El padre de Sayeda era conductor de bici-rickshaw, y llevaba pasajeros por una nimiedad. A Sayeda le costaba trabajo la escuela y la abandonó antes de la adolescencia, pese a las advertencias de su madre de que aquello le traería problemas.

M., quien hoy tiene 18 años, espera con su prima un tren en 24 Parganas Sur, distrito en su mayoría pobre en Bengala Occidental, con una gran incidencia de trata. Un hombre conoció a M. en una clase y la vendió a un burdel en Delhi. Ella llamó a su padre y fue rescatada por un policía con ayuda de la organización Shakti Vahini.

Extrovertida y de espíritu libre, Sayeda sonreía y hacía amigos con facilidad. Lo que más le gustaba era bailar. Cuando sus padres no estaban en casa, veía secuencias de baile en películas en hindi y bengalí en la televisión, y copiaba los movimientos. A veces, cuando su madre la descubría, la regañaba. “A nuestros vecinos no les gustaba que siempre cantara y bailara”, me dijo su madre.

Sayeda era hermosa, con un rostro delicadamente esculpido y ojos almendrados, y le gustaba maquillarse. Empezó a ayudar en salones de belleza, donde aprendía de peinados, tratamientos para la piel y cosméticos. Preocupados por la atención que atraía de los chicos, sus padres la casaron cuando tenía 13 años. El matrimonio infantil es común, aunque ilegal, en gran parte de Asia meridional. El esposo que los padres de Sayeda eligieron era violento, y ella regresó con su familia.

Cuando Sayeda volvió a casa, le rogó a su madre que la dejara inscribirse en una academia de danza. “Podré actuar en espectáculos y ganar algo de dinero”, dijo. Su madre cedió y Sayeda empezó a bailar en bodas y otros eventos. Fue entonces que Sayeda se involucró románticamente con un chico que solía visitar la academia. Él le dijo que la llevaría a India, donde podría aprender mucho más como bailarina. Sayeda decidió huir con él.

Anjali, una chica agraciada de ojos brillantes y pómulos altos, tenía razones semejantes para querer irse de casa. Su familia vivía en un asentamiento irregular, en una vivienda improvisada. Criada principalmente por su madre, quien trabajaba como empleada doméstica, ella y su hermana eran tan pobres que peleaban por los pocos útiles escolares que se podían permitir. Para cuando tenía 13, Anjali había abandonado la escuela, la norma para muchos niños de familias pobres en toda India. Empezó a trabajar en una fábrica donde empacaba botanas. Reservada por naturaleza, Anjali no tenía muchos amigos. En casa, su confidente era una cabra bebé que había adoptado y que la seguía a todos lados, mordisqueaba su comida a la hora del almuerzo y se subía en la cama con ella en la noche.

En la fábrica, Anjali conoció a un joven que la cautivó. Anjali sabía que su madre estaba en busca de un buen prospecto para ella, pero decidió que quería estar con el hombre que le había gustado. Así, una noche de octubre de 2016, durante Durga Puja, un festival hindú, Anjali se puso un salwar kameez nuevo, salió a hurtadillas de la casa y tomó un autobús a una estación de tren para encontrarse con su novio. Para sorpresa de Anjali, él estaba con otro joven, aun así abordó el tren a Calcuta con ellos.

Cuando la buscaba con desesperación esa noche, su madre dedujo que había planeado huir desde hacía un tiempo. En los días anteriores a que Anjali desapareciera, los vecinos habían oído que le hablaba a su cabra y decía: “¿Quién te va a cuidar cuando me vaya?”.

Un cálculo sugirió que 50 000 niñas víctimas de trata son llevadas de Bangladesh a India cada año.

DE TODAS LAS DEPRAVACIONES que afligen a la humanidad, entre las más estremecedoras está la esclavización de niños para gratificación sexual. Sayeda y Anjali, quienes me contaron sus historias, son solamente dos de incontables víctimas. Como la mayoría de las empresas criminales, determinar la escala de esta atrocidad es imposible, pero queda claro que el tráfico sexual de menores es una industria multimillonaria que abarca todo el mundo.

De acuerdo con un estudio frecuentemente citado por la Organización Internacional del Trabajo, más de un millón de niños fueron víctimas de explotación sexual en 2016. Debido a que es difícil detectar la prostitución infantil, el reporte concedió que el número real era probablemente mucho más alto. El más reciente Informe Mundial sobre la Trata de Personas, emitido por la Oficina de la Organización de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, encontró que el número de víctimas de trata reportado por los países se elevó de menos de 15 000 en 2010 a casi 25 000 en 2016. La estadística representa solo una fracción de las víctimas reales; la mayoría no se detecta nunca. El incremento puede reflejar una mejor ejecución, pero los investigadores creen que es más probable que refleje una realidad más sombría: que el tráfico de personas, incluyendo la trata de niños para prostitución, está al alza.

“Es una industria en crecimiento”, afirma Louise Shelley, profesora de Política Pública en la Universidad George Mason y autora de Human Trafficking: A Global Perspective.

El flagelo de la trata sexual infantil no ha dejado virtualmente ningún país intacto, pero algunas partes del mundo han surgido como centros neurálgicos de este comercio ilícito. Un lugar que ha sido especialmente asolado es la región en la que Sayeda y Anjali crecieron: el estado indio de Bengala Occidental y su vecino Bangladesh, que alguna vez fueron una sola provincia conocida como Bengala. Dividida por una frontera internacional de 2 250 kilómetros, pero unida por una herencia común cultural y lingüística, ambas zonas compartían la desgracia de ver a miles de niñas ser vendidas a la esclavitud sexual cada año.

La cifra real es desconocida, pero los números reportados o estimados, sin bien imperfectos, apuntan a un volumen muy alto de trata. De acuerdo con la Oficina Nacional de Registro Criminal de India, Bengala Occidental representaba casi un cuarto de los 34 908 casos de trata de personas reportados en el país de 2010 a 2016, una proporción asombrosamente grande para un estado que contiene alrededor de 7 % de la población del país. Solo en 2017 se reportó la desaparición de 8 178 niños de Bengala Occidental, casi una octava parte del total anual de India ese año. Entre ellos, un número significativo de niñas casi seguramente fueron vendidas a burdeles. El panorama podría ser peor para Bangladesh: un cálculo del gobierno sugirió que 50 000 niñas se trafican fuera del país a India, o por India, cada año; una cifra que no incluye a las niñas que se venden a la prostitución dentro de Bangladesh.

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Octubre 2020