LAS ÚLTIMAS VOCES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

National Geographic en Español|Junio 2020

LAS ÚLTIMAS VOCES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
Unos fueron héroes. Otros, víctimas. Algunos más lucharonc on fascistas que pretendían dominar el planeta. A 75 años del conflicto, conforme esa generación se extingue, sus remembranzas son más relevantes que nunca.
LYNNE OLSON

R.R. “RUSSELL” CLARK, MARINA DE ESTADOS UNIDOS (PÁGINA XX)

BORIS SMIRNOV, MÉDICO SOVIÉTICO (PÁGINA XX)

GALINA SIDORENKO, SUPERVIVIENTE DE LENINGRADO

HARUO YAMADA, EJÉRCITO JAPONÉS

MIKHAIL MOROZ, FUERZAS SOVIÉTICAS

KISAKO MOTOKI, SUPERVIVIENTE DEL BOMBARDEO DE TOKIO

CLARA HUNTER DOUTLY, “ROSIE, LA REMACHADORA”, EUA

JOHN “JACK” THURMAN, CUERPO DE MARINES DE EUA

MAXIMILIAN LERNER, CUERPO DE CONTRAINTELIGENCIA

AZUMA OHYA, EJÉRCITO JAPONÉS

NINA DANILKOVICH, RESISTENCIA BIELORRUSA

Soldados soviéticos corren por las calles de Berlín durante el esfuerzo por tomar la capital alemana en abril de 1945. Para entonces, los bombardeos Aliados habían dejado la ciudad en ruinas y el Tercer Reich (la Alemania nazi) empezaba a colapsar. Las fuerzas de Hitler se rindieron el 7 de mayo; al día siguiente se declaró la Victoria en Europa (en inglés, V-E Day).

DPA PICTURE ALLIANCE/GETTY IMAGES

WOLFGANG BROCKMANN

Veterano alemán

“Un joven soldado ruso salió de los arbustos... DESARMADO, con heridas vendadas y levantando las manos. Debió haberse extraviado. Quise gritar: ‘¡REGRESA! ¡VETE DE AQUÍ!’. Pero un soldado mayor que yo sacó su arma y lo mató de un tiro. Aquella acción iba contra todos mis principios sobre la rendición… Pero así son los horrores de la guerra: LOS HUMANOS SE TRANSFORMAN EN MONSTRUOS”.

En 1939, cuando Alemania desató la SGM con la invasión de Polonia, Brockmann tenía 12 años. Idolatraba a Hitler y estaba ansioso de intervenir en la lucha. Pero, hacia el final del conflicto, cuando tuvo edad para alistarse, descubrió atrocidades que iban “contra mi moral de soldado alemán”. Acabó la guerra como cautivo soviético, “la peor de las consecuencias”, asegura el veterano de 93 años.

Equipos y suministros yacen dispersos en la isla de Iwo Jima, escenario de una de las batallas más sangrientas de la guerra del Pacífico. Tras cinco días de feroz combate, los marines plantaron la bandera estadounidense en la cima del monte Suribachi (al fondo). Sin embargo, la contienda se prolongó otras tres semanas, poniendo a prueba la resistencia de hasta los soldados más curtidos. Un veterano recuerda: “Había marines sentados en el suelo, cubriéndose la cara con las manos y llorando sin control”.

ARCHIVO DE HISTORIA UNIVERSAL/ GETTY IMAGES

NOBUO N ISH IZAK I

Veterano japonés

“Nos enviaron a MORIR POR EL EMPERADOR Y LA NACIÓN IMPERIAL, y todos actuábamos como si creyéramos en ese destino. Pero cuando morían, los soldados jóvenes CLAMABAN POR SUS MADRES y los mayores GRITABAN LOS NOMBRES DE SUS HIJOS. Nunca escuché que alguno invocara al emperador o la nación”.

En 1942, cuando se unió a la armada con escasos 15 años, Nishizaki recibió una orden de su madre: “Tienes que so brevivir y regresar”. Esas palabras fueron su ancla, aun cuando los vientos de guerra lo arrastraron de batalla en batalla por el Pacífico y, finalmente, lo con dujeron a una misión suicida en Okinawa. Pese a todas las probabilidades, salió con vida y pudo cumplir el manda to de su madre

LAS ÚLT IMAS VOCES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Un soldado soviético caído aún sujeta una granada de mano mientras otro apunta a los invasores alemanes durante la batalla de Stalingrado. Aquel escenario –uno de los más grandes y prolongados de la historia– tuvo una duración de 200 días y redujo a escombros la ciudad (cuyo nombre cambió a Volgogrado). Los dos bandos sufrieron bajas pasmosas, pero las fuerzas soviéticas terminaron por imponerse y destruyeron por completo al 6 º Ejército alemán, alterando el curso de la guerra en Europa.

ROGER-VIOLLET/GETTY IMAGES

VERA NIKITINA

Superviviente del bloqueo a Leningrado

“No quiero recordarlo, ni siquiera hablar del asunto. ES MUY DOLOROSO. No deseo que alguien tenga que volver a SUFRIR algo así. Me altera mucho hablar de mi infancia. SIEMPRE TERMINO LLORANDO y no quiero llorar más. QUIERO VIVIR EN PAZ el resto de mis días y ver solo lo bueno de la vida. YA NO QUIERO VER COSAS TERRIBLES. Lo lamento mucho”.

Hoy de 87 años, Nikitina era una niña cuando los nazis bloquearon Leningrado (hoy día San Petersburgo) durante 900 días. Huérfana de madre, cuando su padre marchó a la guerra fue evacuada rápidamente de la ciudad sitiada. De los parientes que no pudieron escapar del asedio nazi, casi todos murieron de hambre y frío, o bajo las bombas que cobraron alrededor de 800 000 vidas civiles.

HACE 75 AÑOS concluyó el conflicto bélico más extenso, destructivo y mortífero de la historia. No hay duda de que la Segunda Guerra Mundial hizo honor a su nombre: fue una conflagración verdaderamente global, en la que las potencias Aliadas –Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña, China y sus confederados más pequeños– enfrentaron al Eje que integraban Alemania, Japón, Italia y algunas otras naciones. Unos 70 millones de hombres y mujeres prestaron servicio en las fuerzas armadas. Sin embargo, la mayoría de los civiles sufrieron y murieron. Y así, de los cerca de 66 millones de caídos, casi 70 % –alrededor de 45 millones– eran civiles, incluidos los seis millones de judíos asesinados durante el Holocausto. Otras decenas de millones de personas tuvieron que abandonar sus hogares y países de origen; muchos de ellos pasaron años viviendo en campamentos para desplazados. ¶ La Segunda Guerra Mundial también cimentó el mundo que hemos conocido a lo largo de más de siete décadas, desde el nacimiento de la era nuclear hasta la creación del Estado de Israel y el surgimiento de Estados Unidos y la Unión Soviética como potencias mundiales rivales. Por otra parte, la guerra dio origen a alianzas internacionales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), concebidas para evitar una repetición de semejante cataclismo. ¶ Sin embargo, el paso del tiempo ha desvanecido la conciencia pública de la guerra y sus repercusiones casi inconmensurables, difuminando el recuerdo como las tonalidades sepia de una fotografía vieja. Entre tanto, la cifra de testigos presenciales es cada vez más reducida. Según estadísticas gubernamentales, de los 16 millones de estadounidenses que participaron en el conflicto, menos de 400 000 (2.5 %) seguían vivos en 2019.

Gracias a su disposición para compartir sus historias, algunos de los últimos supervivientes nos hicieron un regalo inestimable: la oportunidad de revivir la contienda a través de sus palabras. Antes de la guerra, la mayoría de esos hombres y mujeres poco sabía del mundo más allá de sus comunidades. Arrancados de los entornos conocidos, se vieron expuestos a una abrumadora variedad de experiencias nuevas que los pusieron a prueba de maneras hasta entonces inimaginables.

Así fue para Betty Webb (pág. 60), reclutada a los 18 años para unirse a las operaciones secretas de decodificación en Bletchley Park. Webb fue una de las incontables mujeres que desempeñaron tareas críticas para el esfuerzo bélico de sus países y, de paso, descubrieron un sentimiento de autoestima e independencia que jamás habían experimentado.

Nieto de un hombre nacido en la esclavitud, Harry T. Stewart Jr. (pág. 66), también demostró su valía. Con 20 años cumplidos se integró a la unidad conocida como los Aviadores de Tuskegee, grupo de pilotos de combate exclusivamente afroamericanos, con quienes voló 43 misiones que le valieron la Cruz de Vuelo Distinguido.

No obstante, lo que predomina en la narrativa de los supervivientes es lo trágico de aquella experiencia; para Aliados y Eje por igual. Sus relatos son evidencia del horror de la Segunda Guerra Mundial. Un testimonio especialmente perturbador es el de Victor Gregg (pág. 64), prisionero de guerra británico que, en febrero de 1945, se encontraba en una cárcel de Dresde cuando los aliados soltaron bombas incendiarias sobre la ciudad alemana. Gregg vio civiles que morían abrasados (perecieron alrededor de 25 000 habitantes), y no ha podido acallar los sentimientos de culpa y vergüenza que le han atormentado desde entonces. Su historia, al igual que todas las demás, deben permanecer grabadas para siempre en nuestra memoria colectiva.

Lynne Olson es autora de Last Hope Island: Britain, Occupied Europe, and the Brotherhood That Helped Turn the Tide of War. Esta es su primera colaboración para National Geographic.

El 6 de junio de 1944, Día D del operativo Aliado contra la ocupación nazi en Francia, un militar estadounidense desembarca en la playa Omaha. Con cerca de 7000 barcos que transportaban casi 160 000 soldados, la mayor invasión marítima en la historia preparó el escenario para la liberación de Europa. ROBERT CAPA, CENTRO INTERNACIONAL DE FOTOGRAFÍA/MAGNUM PHOTOS

Como se originó este artículo Hacemos un reconocimiento especial al fotógrafo Robert Clark y su padre, R.R. “Russel” Clark, veterano de la Marina de Estados Unidos e inspiración del reportaje. También agradecemos a los numerosos individuos que recibieron en sus casas a Robert y a nuestros escritores para compartir sus recuerdos.

“Quería hacer MÁS POR EL ESFUERZO DE GUERRA que asar salchichas”.

Fue en aquella habitación donde firmé la Ley de Secretos Oficiales”, informa Betty Webb, de 97 años, señalando con el bastón una habitación de la mansión victoriana de Bletchley Park, legendaria instalación ultrasecreta donde Gran Bretaña llevó a cabo operaciones de decodificación durante la Segunda Guerra Mundial. Una ventana mirador permite ver un escritorio inmenso. “Un oficial superior de inteligencia estaba sentado al escritorio –prosigue Webb–, recuerdo que había puesto un revólver junto a él, justo donde está esa taza de café. Me dijeron que firmara y advirtieron, con toda claridad, que nadie debía saber de mi trabajo en este lugar. Firmé. Fue un momento muy solemne. Tenía 18 años”.

Eso fue en 1941 Gran Bretaña estaba en guerra y las fuerzas alemanas habían ocupado gran parte de Europa.

En aquellos días, Webb estudiaba economía doméstica, pero se unió al Servicio Auxiliar Territorial –el ejército femenino– porque, en sus propias palabras, “quería hacer más por el esfuerzo de la guerra que asar salchichas”. Ya que era bilingüe –creció con una nana alemana y vivió en Alemania como estudiante de intercambio–, recibió la orden de presentarse en Bletchley, a poco más de una hora de Londres. “Era tal el secreto que no tenía idea de qué se trataba. ¡Nadie sabía! Y mucho menos en lo que me estaba metiendo”.

Al principio, Webb empezó a catalogar los miles de mensajes codificados que enviaban los alemanes y que los escuchas británicos interceptaban todos los días. Sin embargo, al avanzar la guerra, desempeñó una función más creativa: parafraseaba los valiosos fragmentos de inteligencia que obtenían los decodificadores para que nadie pudiera sospechar que procedían de códigos descifrados.

“Teníamos que presentarlos como si fuera información de espías, de documentos robados o reconocimientos aéreos –explica Webb–. Haber descifrado los códigos militares alemanes y japoneses era un secreto celosamente guardado”.

También trabajó con mensajes japoneses interceptados y era tan hábil para parafrasear el contenido que fue enviada a Washington para colaborar en el esfuerzo de la guerra estadounidense en el Pacífico. “Volé en un hidroavión –recuerda–. Era la primera vez que subía a un avión. Envié postales de Washington a mis padres. Estoy segura de que se preguntaban qué estaba haciendo. Por supuesto, nunca tocaron el tema y, en todo caso, nunca les habría contado”.

Pasarían muchas décadas antes de que el personal de Bletchley pudiera hablar de lo que se hizo allí. “Para entonces, mis padres habían muerto, de modo que nunca se enteraron –prosigue Webb–. Todo aquel secreto hizo que fuera muy difícil conseguir trabajo después de la guerra, porque lo único que podías decir sobre esos años era que trabajaste en un lugar llamado Bletchley Park”.

A la larga, Webb halló empleo en una escuela cuyo director había colaborado en Bletchley. “No lo conocí en aquellos días, pero cuando leyó mi solicitud y vio que también había estado en Bletchley, no hubo necesidad de decir más ni responder preguntas incómodas. Me dio el trabajo”. —RoffSmith

BETTY WEBB

Inteligencia británica

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Junio 2020