LA ZONA MUERTA

Muy Interesante México|Julio - 2020

LA ZONA MUERTA
Todo empieza con los desperdicios que emanan de las ciudades, las fábricas y las grandes producciones agrícolas. Cuando llegan a los océanos, las aguas próximas a la costa reciben un alud de nutrientes, un fenómeno que reduce los niveles de oxígeno y propicia que la flora y fauna marinas perezcan asfixiadas. Aún peor: el número de estos desiertos oceánicos, donde la vida escasea, no deja de crecer.
Laura G. De Rivera

LOS PECES MUEREN por millares en las aguas donde ocurre una carencia de oxígeno, una seria amenaza que, según ciertos expertos, resulta cada vez más común de observar.

La madrugada del 12 de octubre de 2019 trajo una desagradable sorpresa a los pescadores de San Pedro del Pinatar, en Murcia (España). Más de tres toneladas de fauna marina muerta yacía en las playas de la orilla norte del Mar Menor. Quisquillas, anguilas, doradas, lenguados, lubinas, mabres, peces mula... Daba igual que fueran especies del fondo o de la superficie; todos se amontonaban juntos, sin vida o boqueando agonizantes. La masacre tampoco había hecho distinciones de tamaño ni de precio en la tienda. No hacía falta ser científico para adivinar que algo andaba muy mal en aquellas aguas.

No es un caso único. Algo parecido ocurre en muchas otras partes del orbe. En enero de 2018, cientos de miles de cadáveres de animales marinos autóctonos anegaron las costas australianas. En mayo, en sólo una semana, las olas llevaron a las playas de Noruega 40,000 toneladas de salmones muertos. Cientos de toneladas más fueron contabilizadas también en Escocia en el mismo mes. En el golfo de México estos sucesos se han convertido en un espectáculo habitual. A estas alturas, los expertos ya no necesitan hacerles autopsia a los especímenes para suponer qué les ocurrió. Casi siempre es lo mismo: los peces, sencillamente, se ahogan por falta de oxígeno.

Para sobrevivir, la mayoría de las especies acuáticas necesitan respirar este gas disuelto en el agua, pero cuando se encuentra en bajas concentraciones –lo que se conoce como hipoxia–, la biodiversidad del lugar se ve mermada. Sin embargo, si desaparece por completo –la anoxia–, muere todo ser viviente y el área se convierte así en una zona muerta. ¿A qué se debe esto? La razón, como nos explica Jordi Camp, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en el Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona, es el exceso de materia orgánica. Su presencia inicia un proceso en el que acaba consumiéndose el citado oxígeno hasta agotarlo.

Sin oxígeno

La eutrofización, como también se denomina a este fenómeno, es favorecida por el aporte de nutrientes, en especial de nitrógeno y fósforo, y en ello tienen mucho que ver las actividades humanas.

“El concepto nació hace unas décadas, cuando se detectó algo que pasaba en los grandes lagos europeos. Después de que se vertieran en ellos las aguas residuales de las poblaciones aledañas, el fondo se quedaba sin oxígeno”, apunta Camp.

En el océano sucede en zonas donde hay grandes cantidades de fitoplancton –que está compuesto por algas y diminutos organismos acuáticos de origen vegetal que constituyen el alimento de los peces más pequeños–, como en las costas de Namibia. “En estos lugares a veces ocurre que, mientras el fondo se hace anóxico, en la superficie nadan grandes bancos de peces e incluso florecen las pesquerías”, continúa este experto. En esencia, se trata del mismo proceso que, hace millones de años, suscitó la formación de los depósitos de petróleo en las cuencas ricas en materia orgánica, en las cuales brillaba por su ausencia el gas vital.

“En las desembocaduras de los ríos pasa algo parecido, pues ahí es normal que dicha materia esté en mayores cantidades”, añade Camp. Aunque es algo que tiene lugar desde mucho antes de que apareciera nuestra especie, “los humanos somos capaces de potenciarlo y acelerarlo”, reconoce el profesor.

Es lo que ocurre en el golfo de México o en el Mar Menor (en la costa sureste de España), donde el exceso de nitratos y fosfatos generados por la agricultura intensiva propicia que aumente desproporcionadamente la cantidad de materia orgánica que de forma natural habría ido a parar al agua. Tanta que la situación acaba volviéndose insostenible.

Crecimiento exponencial

El número de zonas muertas prácticamente se ha duplicado cada 10 años desde 1970. “Debemos ser conscientes de que no es un problema local. Se trata de una amenaza global de tal magnitud que puede incluso afectar a los recursos que sacamos del mar para alimentarnos”, advierte en la revista Science Robert Diaz. Hace unos años, este biólogo del Instituto de Ciencias Marinas de Virginia impulsó un profundo estudio que dejó de manifiesto la existencia de más de 400 de esos desiertos oceánicos. Los más recientes se han encontrado en Sudamérica, África y Asia; ocupan en total unos 260,000 km2 y han provocado el deceso o la migración de una masa de seres vivos marinos equivalente a 10 millones de toneladas, según la Administración Nacional Atmosférica y Oceánica de EUA (NOAA). Robert Magnien, director del Centro de Investigaciones Patrimoniales de los Océanos Costeros, de esta misma institución, señala otros dos de sus efectos: la disminución de las capacidades reproductivas de las especies y la reducción de su tamaño promedio

Bajo la lupa

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