DE LOS CONDOTTIERI A LOS REYES RENACENTISTAS El poder de las estirpes nobles
Muy Interesante México|Especial Leonardo da Vinci
DE LOS CONDOTTIERI A LOS REYES RENACENTISTAS El poder de las estirpes nobles
En los siglos XV y XVI los Estados mediterráneos vivían una etapa de transición entre estructuras aún de carácter feudal y monarquías renacentistas. Seguimos a Da Vinci en su paso por diferentes cortes italianas y francesas.
Jose Angel Martos

ACOGIDO POR GRANDES PATRONOS. Da Vinci fue recibido en la corte de Ludovico Sforza, duque de Milán y futuro mecenas del artista. Este lienzo decimonónico de Giuseppe Diotti escenifica el encuentro de ambos en 1495.

En la época en que nace Leonardo, los condottieri eran los amos del norte de Italia. Así se denominaba a los mercenarios militares contratados por los señores feudales para hacer la guerra en los numerosos conflictos que surgían entre ellos. Los condotieros habían llegado a adquirir un enorme poder en una macrorregión políticamente desestructurada a finales del siglo XV, en la que durante más de dos siglos la guerra había sido continua, alimentada por la confrontación entre güelfos y gibelinos, partidarios respectivamente del papado y del emperador germánico, las dos facciones que competían por el dominio político de la Europa de la Baja Edad Media.

El enquistamiento del conflicto tuvo el efecto colateral de reforzar a estos militares profesionales, quienes acabaron por convertirse en dinastías gobernantes que transmitieron a sus hijos los dominios políticos sobre las ciudades que controlaban y sus áreas de influencia, adjudicándose derechos hereditarios. Las familias Visconti y Sforza, sucesivos señores de Milán, son los casos más conocidos de condotieros sobrevenidos al poder político, pero hubo muchísimos otros en todas las principales villas del Quattrocento italiano (el siglo XV). Dieron origen así a familias cuyos apellidos hoy evocan la sangre azul europea pero que en su momento tuvieron orígenes mucho menos glamorosos.

Tiempos de cambio

Leonardo fue un privilegiado testigo de la evolución política de esta época en Italia y Francia, donde vivió. Como artista, dependía en absoluto de ellos para su desarrollo profesional, pues un pintor o cualquier otro cultivador de las bellas artes con talento y aspiraciones sólo podía desarrollar su vocación y vivir de ella si recibía encargos de los grandes señores. De este modo su vida se cruzó con la de los protagonistas de la transición entre los condotieros y los primeros grandes reyes renacentistas.

Sintió también los cambios y zozobras de las constantes tensiones que emergieron en Italia, una península en la que el poder emanado del papado se convertía en factor de influencia internacional; pero también de tensiones continuas, atrayendo hacia ahí a franceses, germanos y españoles que pelearon en la bota itálica en vida de Leonardo y después.

Italia no existía entonces como el Estado que conocemos hoy; de hecho, no se creó sino hasta varios siglos después, cuando a mediados del XIX Garibaldi la unificó. Si tuviéramos que dilucidar cuál fue la primera patria de Leonardo, diríamos que Florencia, a cuyos dominios pertenecía el pueblo de Vinci en donde nació, situado apenas a tres kilómetros de la ciudad. Por entonces en esa villa vivían unas 50,000 personas. Era una ciudad muy industriosa que preconizaba las virtudes mercantiles (trabajo, ahorro…). También estaba volcada hacia el triunfo. Una frase de La mandrágora, obra de Maquiavelo, el ilustre pensador político florentino contemporáneo de Leonardo, lo resume muy bien: “En Florencia, si no tienes poder, ni los perros te ladran”.

Florencia se enorgullecía de su carácter de república ajena al dominio de los despóticos condotieros.

LA FLORENCIA DE LOS MÉDICI. El mecenazgo más importante de la república florentina del Renacimiento lo llevaron a cabo los adinerados integrantes de la familia Médici. Aquí, pintura con una vista de Florencia en el siglo XV.

La fuerza del dinero

En contraste con sus vecinos de Milán, Mantua u otras villas cercanas, Florencia se enorgullecía de su carácter de república ajena al dominio de los despóticos condotieros. La familia que había adquirido más poder, los Médici, había encontrado su manera de prosperar en el mundo de la banca. Iniciaron su actividad como prestamistas en 1397 y lograron convertirse en los banqueros del papa, lo que les dio acceso a participar en grandes movimientos monetarios, fruto de los impuestos que la Iglesia recaudaba en toda Europa. Los Médici pudieron extender así su red financiera, abriendo operaciones en las grandes plazas comerciales de la época, como Venecia, Nápoles, Lyon o Brujas. Eran, por decirlo así, una multinacional de las finanzas. A partir de 1434 su ascendiente económico se tradujo en dominio político institucionalizado. Cosme de Médici, hijo del influyente Juan de Médici, tomó el título de Pater Patriae y certificó cómo la familia se convertía en una suerte de dinastía presidencial para la ciudad.

Cuando Leonardo llegó a Florencia a mediados de la década de 1460, la ciudad estaba gobernada por Lorenzo de Médici, quien había asumido el poder con tan sólo 20 años a la muerte de su padre, Pedro. El máximo apoyo era su hermano Juliano, que también le ayudaba en la dirección de los negocios bancarios familiares. Aunque seguía perpetuándose la ficción de que Florencia era una república, lo cierto es que su funcionamiento estaba controlado y las votaciones que se realizaban siempre se saldaban en favor de los intereses de los Médici.

Una visita diplomática del duque de Milán a Florencia en 1471 resultó un acto decisivo en lo político y también para la vida de Leonardo. Rodeado de gran brillo y lujo, Galeazzo Maria Sforza quiso demostrar con su séquito de 800 caballos y centenares de cortesanos el poder y magnificencia de la que había dotado su familia a Milán. Los Sforza venían a ser unos nuevos ricos del momento, recién llegados aunque pisando y derribando, a golpe de espada, a quien compitiera con ellos. Milán transmitía aires de grandeza y este fulgor, la posibilidad de gloria de la que podía convertirse en una dinastía todavía más ambiciosa que los Médici, atrajo a algunos como Leonardo.

EL CONTROVERTIDO personaje César Borgia fue mecenas de Leonardo da Vinci, a quien encargó el diseño de varias máquinas de guerra para el ejército papal.

EL FORMIDABLE CÉSAR BORGIA

La época de gloria del hijo del papa Alejandro VI atrajo hacia su corte a “los mejores hombres de Italia”, en expresión de Nicolás Maquiavelo. Entre ellos se incluyeron Miguel Ángel, Tiziano y el Bosco. También por la misma época se puso a su servicio Leonardo da Vinci, quien en sus notas manuscritas llama a su mecenas “Borges”, aunque el apodo con que más habitualmente mencionan a César Borgia sus contemporáneos es “el Valentino”, por su condición de duque de Valentinois, título que le había concedido el rey de Francia Luis XII, de quien era aliado, con feudo sobre la región de Ródano-Alpes cuya capital es Lyon.

Admirado por Maquiavelo. Borgia era un hombre de acción que consideraba que “las palabras no sirven para nada”, en expresión también de Maquiavelo, quien permaneció durante meses en su corte como representante diplomático de Florencia y lo conoció bien. En algunos de sus escritos el autor parece profesarle una inequívoca admiración y nos ha dejado las que quizá son las mejores descripciones de su personalidad en aquellos momentos de apogeo: “Este duque es una persona tan enérgica que no hay nada, por más grande que sea, que no esté dispuesto a realizar. Con tal de alcanzar la gloria y ampliar sus dominios se priva de todo descanso, sin rendirse jamás ante la fatiga o el peligro. Llega a los lugares antes de que nadie sepa que ha abandonado el sitio donde se encontraba antes, sabe ganarse la voluntad de sus soldados… y la buena suerte nunca parece abandonarlo”. Esto último lo matizaría en El Príncipe, donde haciendo balance del fulgurante paso de César Borgia por la vida italiana concluyó: “Adquirió el Estado con la fortuna de su padre, y con la de este lo perdió”.

Un cambio de aires

En 1482, cuando se decidió a abandonar Florencia y trasladarse a Milán, en la mentalidad de la época era como viajar a un país extranjero. Llegaba Da Vinci a una ciudad más grande que la capital toscana: Milán contaba con 80,000 habitantes, un reflejo de sus posibilidades y ambiciones; sin embargo, todavía carecía de las complejas estructuras comerciales y políticas de que se habían dotado los florentinos. Era aún una ciudad-Estado feudal cuyo poder se basaba en su ejército más que en su comercio o su diplomacia. No obstante, estaba dispuesta a prosperar. Tan sólo 30 años antes se había asentado la dinastía de los Sforza, que habían sucedido a los Visconti, tradicionales señores de Milán. En 1450, Francesco Sforza se había proclamado duque y tomado el poder. Cuando Leonardo llegó, ya no gobernaba Galeazzo Maria Sforza, cuyo fastuoso desfile contemplara años atrás. Había sido asesinado en 1476 a manos de varios conspiradores, entre ellos un Visconti. El ducado había pasado a su hermano menor Ludovico, conocido con el sobrenombre de El Moro.

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