ARTE Y PENSAMIENTO DE LEONARDO La mentalidad de un genio
Muy Interesante México|Especial Leonardo da Vinci
ARTE Y PENSAMIENTO DE LEONARDO La mentalidad de un genio
Tanto en sus cuadros como en sus dibujos, mostró su afán innovador y creó un universo que refleja con vida propia lo que existía en su naturaleza y en su mente de pintor. Teoría y práctica son inseparables en Da Vinci.
Trinidad de Antonio

LA TEORÍA DE LOS MECANISMOS DEL ÁNIMO Leonardo la plasmó en su esencial fresco La Última Cena. Los diferentes gestos y reacciones transmiten el impulso interior y los sentimientos de los apóstoles: irritación, pena, asombro, etc.

Para admirar el arte de Leonardo quizá sólo se necesita contemplar una de sus obras; pero para acer-carse a él y tratar de comprender la genialidad de su creación debe conocerse también su pensamiento: en él se basa su voluntad estética y la singularidad de su mirada, porque para Da Vinci el arte era una ciencia, una actividad de carácter mental destinada al conocimiento de lo representado; un vehículo que permitía al artista recrear el mundo visible a través de su mente para hacerlo permanente, después de haber sufrido un proceso de selección y orden siguiendo criterios de armonía y belleza. Tanto en sus pinturas —escasas: apenas se han conservado 15— como en sus numerosos dibujos, muestra su interés por el valor de la experiencia, el rigor de la comprobación y la voluntad de investigación. Crea un universo en el que refleja con vida propia lo que existe en su naturaleza y en su mente de pintor. Para ello observa, estudia y dibuja, pero no por una exigencia de su arte sino como la proyección y verificación de un método de representación de la realidad. Al elaborar este método con el propósito de reproducir, dominar y superar lo visible, rompe con los límites del oficio y el trabajo de taller, dando a la pintura el rango de una actividad intelectual y científica. Aunque nunca lo hizo en sus escritos, con sus planteamientos creativos concibió el estilo clásico como un equilibrio entre materia y espíritu, entre experiencia inmediata y ley general, calificación que sí fue utilizada años más tarde por su biógrafo Vasari (Las vidas..., 1550).

Uno de los rasgos más conocidos de su arte fue el sfumato, que influyó mucho en la pintura de su época.

En busca del sfumato

Nacido en 1452 en Vinci, pequeña localidad cercana a Florencia, fue hijo natural de un relevante miembro de la sociedad de la época que le facilitó su paso, de 1469 a 1476, por el taller de Andrea del Verrocchio (1435–1488), un orfebre, pintor y escultor que lo acercó a un conocimiento multidisciplinario del arte y a las posibilidades expresivas de los distintos materiales y técnicas. Por entonces la pintura florentina se basaba en esencia en el ideal del acabado, dando importancia al relieve de las formas mediante la sutil combinación de dibujo y modelado, pero Leonardo mostró pronto un deseo de conseguirlo con el empleo de la gradación de la luz y de la sombra, como se ve en el ángel que pintó en el Bautismo de Cristo realizado por su maestro; uno de sus primeros encargos religiosos, en La Anunciación (hacia 1475), o en el temprano retrato de Ginevra de Benci (1476, National Gallery, Washington). Estudió y desarrolló después este recurso con el propósito de lograr la suave definición de los volúmenes y una elegante y más natural relación de las formas con el espacio, favoreciendo la indefinición de los contornos para superar la rigidez del dibujo. Así logró uno de los rasgos más conocidos y personales de su arte, el sfumato, con el que ejerció amplia influencia en la pintura de su tiempo. Ya como maestro independiente, el monasterio de San Donato de Scopeto, cerca de Florencia —y que su padre administraba—, le encargó en 1481 una Adoración de los Magos. Nunca llegó a terminar dicha obra, que hoy se conserva en las Galerías Uffizi, en Florencia, en estado de preparación, pero en ella se aprecian muchas de sus inquietudes.

APUNTANDO MANERAS. Todavía como ayudante de su maestro Verrocchio, Leonardo pintó un ángel (abajo, izquierda) en el Bautismo de Cristo, que contrasta con la rigidez del resto del cuadro por su dinamismo, elegancia y luminosidad.

Captar lo vivo, no describirlo

La composición está estructurada a partir de un círculo y un triángulo superpuestos, superando el concepto geométrico de la perspectiva de Alberti, pues son las figuras con sus volúmenes las que definen el espacio que las rodea. En los personajes destaca su individualización, en la que combina las acciones corporales y la expresión de los rostros. Muestra ya una de las máximas preocupaciones de su pensamiento: captar el efecto de lo vivo en vez de describirlo, a la vez que inicia la superación de la simple habilidad profesional para alcanzar una expresión pictórica en absoluto personal.

Un año después se mudó a Milán, y de ese tiempo es el también inconcluso San Jerónimo (hacia 1483, Pinacoteca Vaticana), donde personifica la agitación espiritual en el gesto grandioso del santo. Existen varias teorías sobre los motivos por los que Leonardo dejó Florencia. En realidad, no tenía una posición consolidada en la corte de los Médici, en la que además predominaba un fervoroso platonismo, muy ajeno a su pensamiento básicamente científico. Por el contrario, en el Milán de los Sforza imperaba el aristotelismo y el interés por el conocimiento enciclopédico. También lo atrajo la personalidad del duque Ludovico el Moro, un mecenas extraordinario que se rodeó de hombres de talento —científicos, estrategas, matemáticos e ingenieros— y al que le interesaba el arte, mientras que Lorenzo de Médici prefería la filosofía y la literatura.

LA ANUNCIACIÓN. En este cuadro de juventud, uno de sus primeros encargos religiosos (hacia 1475), ya se aprecia su esfuerzo por preferir luces y sombras en la composición.

Milán, un hervidero de ideas

Leonardo se presentó ante Ludovico con una carta en la que se ofrecía a entrar a su servicio como ingeniero militar (eran tiempos de enfrentamientos bélicos) y también para llevar a cabo fortificaciones, inventar máquinas de guerra, diseñar edificios, esculpir en mármol, bronce y arcilla o pintar. Pronto recibió diversos encargos, como la fundición de un cañón, la instalación de calefacción central o la supervisión de espectáculos públicos, entre otros. Milán se convirtió así en un lugar idóneo para él, que le permitía pensar, inventar, experimentar, investigar…; en suma, que le facilitaba el desarrollo de los múltiples intereses e inquietudes que siempre estaban presentes en su espíritu creador. También ejerció como pintor en la corte de Ludovico el Moro, donde al parecer realizó varios retratos, entre ellos el de la amante del duque, Cecilia Gallerani, quizá La dama del armiño conservada en Polonia (hacia 1488-90, Museo Czartoryski). Su primer cuadro milanés, La Virgen de las Rocas (1483-1486, Louvre), lo pintó al poco tiempo de llegar a la ciudad por encargo de la Hermandad de la Concepción, para su capilla de la iglesia de San Francisco el Grande, destruida en 1576.

Protagonismo de la atmósfera

Se trata de una obra todavía vinculada a su etapa florentina, ya que muestra el mismo interés por la expresión gestual de las figuras que había utilizado en trabajos anteriores, además de un delicado naturalismo en los detalles de las manos, los cabellos o los elementos vegetales que aparecen en primer plano. Organiza las figuras en un esquema piramidal, que presta unidad y equilibrio a la composición, y las coloca sobre un escenario natural, con fondo rocoso horadado para permitir los efectos de profundidad.

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