¿Seguimos evolucionando?
Muy Interesante España|Octubre 2020
¿Seguimos evolucionando?
Los estudios genéticos más recientes están dando la sorpresa: contra lo que pensaban numerosos especialistas en la evolución biológica de la especie humana, esta no se ha detenido. Todo lo contrario, parece haber entrado en una etapa de aceleración que además podría intensificarse con la llegada de nuevos avances científicos y tecnológicos.
ERNESTO CARMENA

Hasta hace poco, los grandes comunicadores científicos explicaban que nuestra evolución biológica había finalizado. Según la opinión dominante, la evolución cultural había tomado el relevo. Estamos inmersos en una trepidante sucesión de transformaciones sociales y tecnológicas, pero nuestros genes siguen siendo, nos decían, casi idénticos a los de los Homo sapiens prehistóricos. “Desde hace cuarenta mil o cincuenta mil años no se han producido cambios biológicos en los humanos –escribió el paleontólogo y divulgador estadounidense Stephen Jay Gould–, todo lo que llamamos cultura y civilización lo hemos construido con el mismo cuerpo y el mismo cerebro”.

¿Somos entonces cavernícolas con móvil? Algunos investigadores propusieron que arrastramos organismos y mentes de la Edad de Piedra, forjados durante decenas de miles de años de existencia como cazadores-recolectores. Estaríamos mal adaptados a la vida moderna y eso perjudicaría seriamente nuestra salud física y mental. A la sombra de esa teoría, movimientos pro vida sana como la paleodieta o el paleoentrenamiento han surgido como setas.

Asociamos la evolución con el progreso y el perfeccionamiento, pero para los biólogos consiste en cambios genéticos poblacionales en cualquier dirección. Varios mecanismos llamados fuerzas evolutivas hacen que las poblaciones de seres vivos se diferencien, se transformen adaptándose al medio o acaben dando lugar a nuevas especies. ¿Es posible que ya no puedan actuar sobre nosotros tales fuerzas? Entre ellas, la más famosa es la selección natural, considerada el motor principal de la evolución. Si pensamos que, gracias a la tecnología, la medicina y el progreso social, ya no estamos sometidos a presiones selectivas, concluiremos que el motor apenas marcha: el vehículo de la evolución humana se habría detenido. ¿Y cuándo, según los partidarios de tal hipótesis? Cuando demostramos capacidades similares a las modernas, hace al menos 50 000 años. Por entonces nos extendíamos por el mundo y ya poseíamos –a los paleoantropólogos no les cabe duda– lenguaje articulado, pensamiento simbólico y una aguda inteligencia.

LA SELECCIÓN NATURAL HACE QUE SE ACUMULEN CARACTERÍSTICAS ADECUADAS a las condiciones ambientales. Hace miles de años, algunos grupos de osos pardos avanzaron hacia la tundra y las costas heladas más septentrionales. Allí, los individuos que tenían un pelaje algo más claro, o pies más anchos y peludos, o acumulaban más grasa, probablemente vivían con menos dificultades que el resto. Los animales sanos y con mayores reservas de energía suelen reproducirse mejor. Con el paso de las generaciones, los rasgos ventajosos se combinaron y agregaron, hasta producir un ser distinto: el oso polar.

Los inuits –aquí vemos uno en su iglú– viven desde hace milenios en las regiones árticas de Rusia, Alaska, Canadá y Groenlandia. Con el tiempo desarrollaron variantes genéticas para adaptarse a un entorno muy frío y una dieta hipercarnívora.

Pero, a diferencia de los osos, cuando los primeros humanos modernos migraron a climas fríos ya podían calentarse con fuego, construir refugios, cazar con lanzas y arpones y fabricarse abrigos y botas de piel. ¿Fue el fin de las presiones selectivas? En absoluto. Los inuits o esquimales adquirieron adaptaciones biológicas a su medio helado. A pesar de los abrigos y los iglúes, la selección natural modeló las proporciones de sus cuerpos, compactos y más eficaces a la hora de mantener el calor interno. Los inuits poseen variantes genéticas que apenas existen en otras poblaciones. Algunas los protegen de las consecuencias de su dieta hipercarnívora, basada en focas y pescado, sin vegetales. Otras les hacen desarrollar grasa parda, un tejido generador de calor.

EN CUALQUIER CASO, LA INTELIGENCIA NUNCA NOS LIBERÓ DEL PUÑO DE HIERRO de la selección natural. Tras surgir en África y colonizar el resto del planeta, nuestra especie se diferenció y se amoldó genéticamente, como cabría esperar de cualquier otro ser vivo que se expande geográficamente. Nuestra piel se fue adaptando a la cantidad de luz solar que recibíamos durante el año en cada zona de la Tierra. La piel negra original se preservó en las regiones tropicales, no solo para protegernos de los rayos ultravioleta, como se pensaba hasta hace poco, sino porque impide que la radiación solar destruya el ácido fólico, una vitamina esencial cuya escasez provoca diarreas, anemia, infertilidad y graves defectos de nacimiento.

La piel clara evolucionó independientemente en distintas poblaciones que vivían en territorios menos soleados. Gracias a la paleogenómica sabemos que los europeos eran inicialmente oscuros; se fueron blanqueando durante los últimos diez milenios. La antropóloga y paleobióloga estadounidense Nina Jablonski explica que los genes que reducen la pigmentación son diferentes en Asia y en Europa. La piel clara aporta ventajas en latitudes altas, donde la luz solar escasea gran parte del año. Necesitamos esa luz para sintetizar vitamina D, y la piel blanca facilita la absorción de esa radiación cuando es poca. La deficiencia de vitamina D debilita los huesos, los músculos y el sistema inmune, y por tanto reduce la capacidad de reproducirse de quien la sufre. Aunque usamos ropa, en la mayor parte de los territorios la evolución nos ha dado pieles de pigmentación variable, capaces de broncearse o aclararse ajustándose a la cantidad de luz disponible.

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