¿DE VERDAD ES ADICCIÓN?
Muy Interesante España|Octubre 2020
¿DE VERDAD ES ADICCIÓN?
Tradicionalmente, el diagnóstico médico de adicción ha estado reservado al consumo de determinadas sustancias, como las drogas, el alcohol y el tabaco. Pero ahora, de manera polémica, abarca todo tipo de comportamientos, desde el enganche a los videojuegos hasta el consumo exagerado de pornografía. ¿Qué nos dice la ciencia al respecto?
MOYA SARNER
Ian solía jugar a los videojuegos en línea durante toda la noche y hasta bien avanzado el día siguiente. En el transcurso de ocho años perdió su trabajo, su casa y su familia. “Amo mucho a mis hijos, pero la verdad es que me gustaba más lo que sentía al jugar online –dice–. Me hacía sentir tranquilo, era una manera de hacer frente a la vida y me producía un deseo físico”.

Para Ian y otros como él, los videojuegos resultan tan adictivos como una droga. En mayo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) llegó a una conclusión similar e incluyó por primera vez ese trastorno en su Clasificación Internacional de Enfermedades. Los estudios sugieren que entre el 0,3 % y el 1 % de la población general podría ser diagnosticada como adicta a los videojuegos. En el Reino Unido ya está en marcha el plan para abrir el primer centro de adicción a internet financiado por el Servicio Nacional de Salud, que inicialmente se centrará en el trastorno de los videojuegos.

“Los videojuegos suponían una gran vía de escape para mí: cuanto peor se volvía mi vida, más me retiraba a ese mundo en línea”

Pero algunos argumentan que abordar el enganche a los videojuegos como una adicción es un error. En 2017, un grupo de veinticuatro académicos se opuso a atribuir ese comportamiento a un nuevo trastorno. “Nos preocupa que se desate el pánico moral respecto a los daños que producen los videojuegos, algo que ya se ha visto en los temores referentes a juegos como Fortnite. Tal histeria –argumentó el grupo– podría conducir a diagnósticos prematuros o incorrectos”.

Otros simplemente afirman que la adicción a los videojuegos o al sexo no es real, y que sugerir que lo es trivializa el problema de la adicción o permite que las personas no se hagan responsables de sus acciones.

No es sorprendente que se trate de un tema complejo si se tiene en cuenta que ni siquiera los profesionales pueden ponerse de acuerdo sobre una definición de adicción. “Si hablas con cincuenta psicólogos, todos te daremos una respuesta diferente”, afirma Mark Griffiths, director de la Unidad de Investigación Internacional del Juego de la Universidad Nottingham Trent (Reino Unido).

UNA FORMA DE CLASIFICAR LAS ADICCIONES ES DIVIDIRLAS ENTRE LAS QUE ESTÁN RELACIONADAS CON SUSTANCIAS y las que lo están con comportamientos. Tomemos como ejemplo los cigarrillos. Louise fumaba sesenta al día cuando tenía quince años y ha intentado dejarlo repetidamente. “Odio absolutamente el sabor y el olor de los cigarrillos, pero sigo fumando”, dice. Para muchas personas, la nicotina tiene un control tan fuerte sobre el cerebro que ni siquiera necesitan disfrutar de fumar para seguir haciéndolo.

Este tipo de adicción a sustancias formó, originalmente, la base de la investigación sobre adicciones, que es relativamente nueva. “Hace cincuenta años no existía la neurociencia de la adicción”, afirma Barry Everitt, neurocientífico del comportamiento de la Universidad de Cambridge. Luego, en las décadas de 1960 y 1970, estudios pioneros identificaron los objetivos principales de las drogas adictivas dentro del cerebro: el sistema de dopamina, también conocido como vías de recompensa. Cuanto mayor es el aumento del neurotransmisor dopamina desencadenado por la sustancia, más eufórico es el efecto.

Este descubrimiento estimuló una serie de posibles explicaciones de la adicción. Algunos investigadores creían que la gente se enganchaba a la placentera y gratificante descarga de dopamina. Otros observaron que, para adictos como los mencionados Ian y Louise, apenas queda placer. Es posible que activar regularmente el sistema de dopamina produzca cambios duraderos en la función cerebral, por lo que el fármaco se vuelve necesario para sentirse normal.

Prisionero de los videdeojuegos

Half-Life cambió la vida de Ian (al igual que en todos los casos mencionados en este artículo, se usa un nombre falso para preservar su anonimato). Jugaba a los videojuegos desde que era niño, pero siempre había podido dejarlos. Hasta los veinte años. Fue entonces cuando fue a casa de un colega después del trabajo y probó por primera vez Half-Life, un juego de disparos en primera persona, en el que competía en línea contra otras personas. “Sentí una atracción instantánea por él y me enamoré de este tipo de juegos”, dice.

Comenzó a jugar durante unas horas en casa todas las noches, y se quedaba despierto cada vez más y más tarde. Al cabo de un mes, jugaba siete horas cada día y durante toda la noche los fines de semana. “Comenzó a interferir con mi vida familiar. Tenía un hijo, otro en camino y no pasaba tiempo con mi pareja –confiesa–. Debe de haber sido horrible para mi hijo verme sentado frente al PC sin moverme. Pero cuando estaba metido en ‘la zona’, en el juego, no pensaba en eso”.

Como resultado de sus juegos, comenzó a llegar tarde al trabajo o ni siquiera iba, y finalmente fue despedido. Después de eso... “Simplemente jugaba casi constantemente, echando siestas de vez en cuando. Cuando no estaba jugando, me sentía irritable, inquieto e infeliz, pensando solo en volver a conectarme”, explica.

No solo perdió su trabajo, sino también a su familia y su hogar. “Todo sucedió en el transcurso de ocho dolorosos años. Los juegos suponían una gran vía de escape para mí, una descarga de adrenalina; y cuanto peor se volvía mi vida, más me retiraba a ese mundo en línea”, recuerda.

Después de intentar limitar su juego, primero por sí mismo y luego con la ayuda de una nueva pareja, buscó ayuda profesional. Pasó veintiocho días en una clínica de rehabilitación privada, trabajando en un trauma que sufrió en su infancia. “Tenía que averiguar de qué estaba huyendo”, dice. Tuvo una recaída hace unos años y pasó dos meses jugando toda la noche, pero no ha vuelto a jugar desde entonces. “Mi vida, hoy, es muy agradable. Tengo a mi pareja, a mis hijos, tengo un trabajo, soy libre. Ya no estoy encadenado a esa adicción”.

NO FUE HASTA LA DÉCADA DE 1990, CON EL AUGE DE LAS IMÁGENES MOLECULARES, CONOCIDAS COMO TOMOGRAFÍAS POR EMISIÓN DE POSITRONES (TEP), que pudimos ver el impacto de las drogas en el cerebro humano en tiempo real y observar lo que sucede con el sistema de la dopamina.

Un hallazgo importante fue que la corteza prefrontal, donde se toman las decisiones, está mucho menos activa en el cerebro de las personas adictas que en las que no lo son. “Esto sugiere que su función cerebral había cambiado como resultado del uso de drogas, lo que hacía que fueran menos capaces de controlar su propio comportamiento –explica Everitt–. Ya sea para obtener placer o para evitar la miseria, el empleo continuo de las drogas dependerá en última instancia de la medida en que sea capaz de controlar sus impulsos”.

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