¡BENDITAS VACUNAS!
Muy Interesante España|Septiembre 2020
¡BENDITAS VACUNAS!
EN 1796, EDWARD JENNER INOCULÓ EL PRIMER PREPARADO INMUNOLÓGICO DE LA HISTORIA. DESDE ENTONCES, LOS LOGROS EN ESTE CAMPO HAN SALVADO INCONTABLES VIDAS Y HAN LIMITADO EL IMPACTO DE CIERTOS MALES QUE SE CREÍAN INCURABLES.
ELENA SANZ

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LAS VACUNAS CONSTITUYEN UN AVANCE MÉDICO CLAVE QUE PREPARA A NUESTRAS DEFENSAS NATURALES PARA ENFRENTARSE AL ENEMIGO.

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HAY VACUNAS QUE SE HACEN DE ROGAR. TRAS DÉCADAS DE ESTUDIOS, LA DEL SIDA, LA DE LA TUBERCULOSIS O LA DE LA MALARIA AÚN SE RESISTEN.

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DECENAS DE LABORATORIOS TRATAN DE OBTENER UNA VACUNA QUE SIRVA DE ESCUDO CONTRA LA PANDEMIA DE LA COVID-19.

NUESTRO SISTEMA INMUNE ES UN FORMIDABLE MECANISMO DEFENSIVO QUE NOS PROTEGE DE LOS INNUMERABLES AGENTES PATÓGENOS QUE NOS RODEAN. CON LAS VACUNAS, LE ENSEÑAMOS A COMBATIR AQUELLOS AGRESORES QUE NO CONOCE O CON LOS QUE NO PUEDE LIDIAR POR SÍ SOLO. PARA ELLO, SE INOCULAN VARIANTES INOCUAS DE LOS MICROORGANISMOS, LO QUE LE SIRVE DE ENTRENAMIENTO.

Puede que los humanos no nazcamos precisamente con un pan bajo el brazo, pero sí dotados de un sistema inmune que es todo un portento defendiéndonos de los agentes patógenos que continuamente nos rondan. “Cuando uno nos ataca, primero actúa el sistema inmune innato, compuesto principalmente por macrófagos, que dan la voz de alarma, pero de un modo inespecífico, es decir, sin tener en cuenta el tipo de agresor”, indica en una entrevista a MUY la inmunóloga Matilde Cañelles, del Instituto de Parasitología y Biomedicina López-Neyra, en Granada.

Mientras llegan los refuerzos, los macrófagos no se lo piensan dos veces y se enfrentan a los invasores. Literalmente, se los comen. No en vano, se trata de células fagocitarias que se dedican a digerir microorganismos. Puede que sean un poco toscos, pero resultan muy eficaces como primera línea de defensa y proporcionan información clave sobre el enemigo a las células del sistema inmune adquirido o adaptativo.

En esencia, este último está formado por un ejército especializado de linfocitos –un tipo de leucocito o glóbulo blanco– entrenados para combatir individualmente a cada agente patógeno en concreto. Se toman su tiempo –a veces incluso necesitan varios días para activarse por completo–, pero, una vez que irrumpen en el campo de batalla y la milicia de macrófagos les enseña las armas del enemigo, responden de un modo implacable.

EL CABECILLA, POR ASÍ DECIRLO, ES EL DENOMINADO LINFOCITO T COLABORADOR, un tipo celular que actúa como coordinador del resto del citado ejército. A fin de cuentas, es el que dispone de los receptores de antígeno altamente específicos –los antígenos son sustancias que inducen una respuesta inmunitaria en el organismo, lo que provoca la formación de anticuerpos–, capaces de reconocer y diferenciar miles de millones de moléculas diferentes. Una vez que es fichado el adversario, no hay tiempo que perder.

Urge poner en marcha a los linfocitos T citotóxicos, muy destructivos y capaces de neutralizar las células infectadas; y a los linfocitos B, que fabrican los anticuerpos o inmunoglobulinas (Ig), unas moléculas específicas para cada atacante. Además –y aquí viene lo realmente interesante– pueden recordarlo durante años. Existen cinco clases de anticuerpos, de los cuales, el que se conoce como IgG es el que proporciona mayor nivel de protección inmunitaria frente a los invasores.

En definitiva, el mecanismo defensivo de nuestro organismo se pone en marcha cuando el rápido pero desmemoriado sistema inmune innato, liderado por los macrófagos, detecta a un agresor; y culmina cuando los batallones de linfocitos se movilizan al unísono para enfrentarse a él con todas sus armas, lo que incluye los anticuerpos que conservan una memoria inmunitaria. Esto hace que la respuesta sea más rápida, específica e intensa si tiene lugar una segunda exposición al agente patógeno, sea este un virus, una bacteria o un hongo.

Unos anticuerpos –con forma de i griega responden a una infección causada por el coronavirus SARS-CoV-2: se fijan a este y lo marcan para que pueda ser localizado y destruido por otras células del sistema inmune, como los macrófagos.

Todo esto sería perfecto si no fuera porque la primera vez que nos enfrentamos a un germen el sistema inmune puede tardar más de la cuenta en cogerle el puntillo. Eso implica que no siempre le da tiempo a conocer lo suficiente al enemigo para salir victorioso. De hecho, las consecuencias pueden ser fatales cuando el microorganismo al que nos enfrentamos está decidido a acabar con nosotros, como ocurre con los virus de la viruela, la rabia y la poliomielitis. Ahí es donde entran en juego los científicos.

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Septiembre 2020