Un año con 'El Chapo'

Revista Proceso|February 17, 2019

Un año con 'El Chapo'

En una larga conversación con el director de Proceso, Rafael Rodríguez Castañeda, el que fue comisionado nacional de Seguridad del gobierno de Enrique Peña Nieto de agosto de 2015 hasta diciembre de 2018, Renato Sales Heredia, hizo un relato de su experiencia personal en torno de Joaquín Guzmán Loera. Un testimonio vívido, profuso en observaciones y datos precisos, anécdotas y escenas de color, reflexiones y conclusiones. Terminado el juicio del Chapo en Brooklyn, con el veredicto de culpable y la casi segura sentencia a cadena perpetua de quien fuera líder del Cártel de Sinaloa –considerado por la revista Forbes entre los hombres más ricos del planeta–, Rodríguez Castañeda y Sales acordaron publicar la siguiente narración, bajo la firma del exfuncionario de seguridad.

Por Renato Sales Heredia

El sábado 11 de julio de 2015, a eso de las 20:30 horas, para el pasmo y asombro de mexicanos y extranjeros, Joaquín Guzmán Loera se había fugado del Centro Federal de Readaptación Social Número 1, conocido como El Altiplano, a través de un túnel conectado al baño de su celda.

Pocos, muy pocos, hubieran apostado por su recaptura. Casi seis meses después, el 8 de enero de 2016, El Chapo era reaprehendido en Los Mochis, Sinaloa, como parte de un operativo que inició la Marina y culminó la Policía Federal.

Aquí contaré cómo viví directamente la historia:

El 28 de agosto de 2015 el presidente Enrique Peña Nieto me había designado Comisionado Nacional de Seguridad, dependencia que entonces tenía bajo su tutela tres órganos desconcentrados: PYRS (Prevención y Readaptación Social), SPF (Servicio de Protección Federal) y la PF (Policía Federal).

Para esa mañana del 8 de enero teníamos agendado un desayuno con Ángela Buitrago y Carlos Beristain, dos de los integrantes del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (el GIEI) designado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para acompañar al Ministerio Público Federal en la investigación del caso Ayotzinapa. También estarían presentes Patricia Trujillo, jefa de la División de la Policía Científica; Enrique Galindo, comisionado general de la Policía Federal, y yo.

La idea era charlar un rato y después hacer un recorrido por las instalaciones de la División, ubicada en Avenida Constituyentes, para que los expertos advirtieran que la Policía Federal contaba con las capacidades suficientes para la identificación de restos humanos, entre otras.

Esa mañana me encontraba desde las siete en la oficina. Cerca de esa hora recibí una llamada del encargado del CISEN (el Centro de Investigación y Seguridad Nacional), quien me informó del fracaso de un operativo en Los Mochis. El Chapo se había escapado…

Por instrucciones del secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, se nos pedía movilizar todas las unidades posibles por carreteras y en Los Mochis. Esa fue la instrucción que transmití a Enrique Galindo, jefe de la Policía Federal: “Mueve todo lo que tengamos por Los Mochis”. Así lo hicimos.

El Chapo y El Cholo habían escapado, como otras veces, a través del drenaje de la ciudad. Las casas de seguridad a las que llegaba el capo contaban siempre con ese mecanismo de salida. Esa era su especialidad: los túneles, la cañería, el drenaje profundo…

Terminado el desayuno, entre bromas por la demostración, a cargo de Patricia Trujillo, de la existencia de San Expedito, un santo que sólo ella conocía (hasta me regaló una estampa de él que aún llevo en la cartera) y que resolvía los asuntos deses perados, iniciamos el recorrido por las instalaciones de la Policía Científica.

Entre el desayuno y el recorrido, El Chapo y El Cholo salían del drenaje, se robaban un Jetta blanco que después abandonarían y, en ropa interior chamagosa, despojarían a una señora de su Ford Focus rojo, según la denuncia que llegó al C4 en Los Mochis.

Una de las unidades de la PF, alertada por el sistema, detectó el vehículo robado en circulación y le ordenó detenerse. Primero descendió El Cholo y trató de convencer a los policías de que los dejaran irse. Después bajó El Chapo, quien les dijo: “¿Saben quién soy?”. Fue cuando lo reconocieron. “Escóltenme y no va a pasar nada”, arguyó.

Los dos policías de la unidad no se dejaron amedrentar: Llamaron a su superior, quien dio parte del hecho al coordinador de la Federal en el estado, y éste hizo lo propio con el jefe de la División, que avisó al jefe de la policía.

Los dos agentes, cuya identidad permanece desconocida hasta la fecha por razones de seguridad, fueron y son, por su valor y entereza, ejemplo para la corporación y para todas las policías del mundo. No se dejaron intimidar.

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