Testimonio de Norma Meraz, confidente de Diana Laura
Revista Proceso|March 24, 2019
Testimonio de Norma Meraz, confidente de Diana Laura

Amiga muy cercana del matrimonio de Luis Donaldo Colosio y Diana Laura Riojas, la periodista Norma Meraz vivió con Diana Laura el momento trágico del asesinato de quien fuera candidato del PRI a la Presidencia de la República: ambas estaban juntas en Tijuana la noche del 23 de marzo de 1994. Meraz decidió escribir el siguiente relato, que a 25 años de distancia se convierte en un estremecedor testimonio histórico sobre el crimen que conmocionó a México.

Por Norma Meraz

A esa noche del 23 de marzo de 1994, en Tijuana, le había precedido una tarde cálida, un cielo azul y una emoción que llenaba el pecho de Luis Donaldo Colosio en su mitin de

Lomas Taurinas; así también el sol iluminaba el rostro de Diana Laura Riojas, la esposa, quien había llegado presumiéndome que no tenía ni orzuela en su cabello. Esa mañana había recibido los resultados de su revisión médica que acusaban excelentes notas.

A su llegada al aeropuerto de Tijuana, procedente del Distrito Federal, la abordó un reportero de televisión, a quien declaró que estaba feliz, que ese día quedaría indeleble en su vida ...

Y así fue. Por su lado, 15 minutos antes, Luis Donaldo había aterrizado en Tijuana, procedente de la Paz, Baja California.

Al verme, el candidato me preguntó: “¿Y la flaca?” –así la llamaba él. Y le contesté: “Ahí viene”. Su sonrisa franca quedó plasmada en mi memoria.

En la agenda de “campaña” no estaba considerado el viaje de Diana Laura a Tijuana. Luis Donaldo le insistió que mejor lo alcanzara en Hermosillo, donde concluiría esa etapa de su gira. Él no quería que ella se agobiara con tanto ajetreo. Pero cuando ella se empeñaba en algo, lo conseguía.

Esa tarde, a las seis, ambos habían acordado encontrarse en un evento con el magisterio.

Mientras transcurría el mitin en Lomas Taurinas, Diana Laura se estaba instalando en el hotel. Ahí hicimos una escala breve. Me quedé afuera de su habitación. Desde ahí, veo aproximarse a Beto Villaescuza–un sonorense muy amigo del candidato–, quien había sufrido un infarto hacía poco tiempo. Lo vi jadeante y con dificultades para respirar; supuse que estaría de nuevo con ese problema.

Beto acababa de estar en el mitin de Lomas Taurinas. Me ve a los ojos y me dice: “Donaldo...”. Le pregunté: “¿Qué pasó?”. Me contesta: “A Donaldo le dieron un balazo en la cabeza y otro en el estómago”. Le pregunto: “¿Y está vivo?”.

En ese momento escucho a Diana cerrar su habitación y decirme: “Momis –así me llamaba–, ya deja de echar relajo y vámonos”. Ante unos segundos de silencio, se acerca e increpa a Beto: “¿Qué pasó?”. Y él contesta: “A Donaldo le dieron un garrotazo en la cabeza y está en el hospital”. Diana me jala del brazo y salimos corriendo por las escaleras, subimos a la camioneta y nos dirigimos al hospital.

Treinta minutos antes había llegado su marido al hospital, herido de muerte. Al llegar nosotras, coincidimos con Talina Fernández, que venía de Lomas Taurinas. En ese instante grita un doctor: “¿Quién tiene sangre A RH Negativo?”. Talina dice: “¡Yo!”. No era cierto, pero ese fue su pase al hospital.

Al llegar al área de quirófanos, de inmediato le dan el parte médico a Diana Laura... Desde ese momento no paraba de rezar y pedir a Dios que salvara la vida de su esposo.

Momentos más tarde le ofrecen a la señora Colosio un pequeño espacio usado por los médicos –amueblado con pupitres color gris y guardarropas de metal– para que descansara un poco, pues había estado caminando todo el tiempo por el pasillo.

A las 19:45 hora local, fallece el hombre que amaba. Le avisan que puede pasar al quirófano. Ella apresura el paso, permanece largo rato ahí dentro. Cuando sale, bañada en lágrimas, trae su traje color perla manchado de sangre. Había abrazado el cuerpo inerte de su compañero, amigo y padre de sus hijos.

Tiempo después me platicaría que lo había visto “con la cabeza vendada y la mortaja que dejaba al descubierto las facciones afiladas y la piel cual figura de cera”.

Cuando entra al cuartito donde yo la esperaba junto con otras personas, nos abrazamos fuerte, muy fuerte, y ella repetía: “Esto no era así, ¡yo me iba a ir primero! Y ahora, ¡qué le voy a decir a mi hijo!”.

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