“Sólo periodismo”: los trabajos de Vicente Leñero en Proceso
Revista Proceso|July 21, 2019
“Sólo periodismo”: los trabajos de Vicente Leñero en Proceso

Empezó a circular en librerías el nuevo título de la Biblioteca Vicente Leñero, Sólo periodismo (4098 ejemplares), compilación de crónicas y reportajes aparecidos en esta revista entre 1976 y 2015. Y que, a decir de la editorial Planeta, “dieron cuenta de los acontecimientos importantes de la vida cultural, social y política de México a partir de la observación de la realidad”, Así como sus entrevistas, donde “retrató con fidelidad e ingenio a escritores, dramaturgos, políticos, artistas y deportistas”. Con prólogo del periodista Carlos Puig, la selección de textos (39 en total) estuvo a cargo de Carlos Ruiz. Se reproduce el relato “Oscuro. Mi breve vida con Carmen Balcells”, aparecido el 25 de noviembre de 1991.

Por Vicente Leñero

Me acuerdo muy bien: era el año 1965, por ahí por mayo o junio. Joaquín Diez-Canedo me telefoneó para darme una espléndida noticia, dijo. Ya tenía yo una agente literaria para difundir mis novelas por el mundo, para conseguirme traducciones al inglés, al francés, al italiano..., para colocarme en las mejores editoriales extranjeras ahora que La ciudad y los perros de Vargas Llosa y los libros de Cortázar empezaban a hacer mucho ruido por Europa. Mi agente era una mujer catalana que se llamaba Carmen Balcells. No tenía amplios conocimientos literarios ni experiencia alguna como representante –me advirtió Diez-Canedo–, pero era amiga de Carlos Barral, que había editado mi Los albañiles en Barcelona, y apoyada por él y por el prestigio de la firma Seix Barral, se podía esperar que hiciera algo, ojalá mucho, por los novelistas latinoamericanos que se proponía representar.

Para eso acababa de llegar a México la tal Carmen Balcells: para conocer, afiliar escritores mexicanos a su naciente agencia literaria. Por lo pronto yo ya estaba en su lista. Junto con alguien más que DiezCanedo no tenía presente en ese momento, yo era de los primeros escritores de México que gozaría de una agente literaria. Un privilegio. Algo de lo que no podían presumir je je –me reí para mis adentros, envanecido–, ni García Ponce, ni Elizondo, ni Carlos Fuentes, ni Garibay. Je je.

Diez-Canedo celebró la presencia de Carmen Balcells en la ciudad con un coctel en el Club Suizo de la Colonia del Valle.

Cuando llegué, pasadas las siete de la tarde, el salón era un hervidero de escritores. Entré y busqué. Estela no había llegado aún. Tomaba un curso en el Instituto de Psicoanálisis y había quedado de estar conmigo en la reunión, como lo hacía siempre, apoyadora. Pero no había llegado.

Carmen Balcells ocupaba el foco de atención en la gran sala donde la gente coloquiaba de pie. La cercaba el mundo de escritores que se morían por conocerla, por adularla, por ganar su interés. Ella sonreía a todos, cordialísima, y se dejaba querer, feliz de sentirse tan importante como era para tantos literatos sedientos de celebridad. Me sorprendió su figura. La había imaginado alta y espigada, con aire intelectual, pero era baja y redondita como una ama de casa que de pronto abandona los quehaceres domésticos para irrumpir, sin saber en qué se mete, en el mundo de la intelectualidad.

Diez-Canedo me presentó con ella y ella me saludó felicísima, tuteándome porque yo era uno de sus primeros ahijados y estaba segura de conseguir muchas, muchísimas traducciones para Los albañiles y para Estudio Q, mi nueva novela que acababa de aparecer en Joaquín Mortiz. Diez-Canedo ya le había hablado de Estudio Q y esa misma noche, en el hotel, empezaría a leerla. Estaba segura –me dijo– que le iba a encantar.

–Cómo no. Esas novelas experimentales son las que interesan en Europa.

–Primero tienes que leerla –le devolví el tuteo.

–Claro, pero yo sé que me va a encantar. Ya me ha platicado Joaquín y estoy segura de que me va a encantar y la vamos a colocar en muchas partes.

Sonrió Carmen Balcells presionando sus cachetes sonrosados que tan simpática la hacían, y sonreí yo trepado en la torre más alta de mis castillos en el aire.

Alguien interrumpió. Luis Guillermo Piazza apareció, inevitable, y yo me replegué a otro sitio del salón abrumado por el alud de escritores que querían conocer y presentarse con la agente catalana.

Me sentía incómodo. Cumplida la tarea principal, de buena gana habría abandonado el coctel, pero Estela no llegaba y yo tenía un hambre terrible.

En una mesa lejana, distante de donde todo mundo departía de pie, descubrí una charola de sangüichitos. Me aproximé.

Frente a la charola se hallaba sentado, solitario, un hombre bigotón desconocido para mí. Tenía aire de aburrido y ostensiblemente parecía marginarse del bullicio intelectual que sin duda le incomodaba. Le sonreí para justificar –como quien pide permiso– mi ataque a la charola de sangüichitos, y él inició la plática. De buenas a primeras soltó un par de elogios a Los albañiles y de inmediato se puso a hablar de Graham Greene.

–Ya solamente tú y yo leemos a Greene –me dijo–. A ninguno de estos les interesa. Son idiotas –y señaló vagamente hacia la concurrencia de escritores.

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July 21, 2019