Las minas de sangre de Maduro
Las minas de sangre de Maduro
Las enormes reservas de oro, bauxita, coltán, diamantes, cobre y hierro venezolano fueron ignoradas durante décadas, opacadas por la fiebre del petróleo. Sin embargo, tras el colapso de los hidrocarburos, el gobierno de Nicolás Maduro se ha volcado a la explotación de esos minerales, pero no lo ha hecho bien. En lugares como Tumeremo la autoridad no es más fuerte que los grupos criminales y guerrilleros que explotan y pelean el control de las minas. Se calcula que en 2018 la extracción ilegal de oro ascendió a 2 mil 800 millones de dólares.
Temoris Grecko

TUMEREMO, VENEZUELA.– Manuel Fajardo lo llama “barranco”. En la superficie sólo se ve un hoyo, uno entre muchos abiertos alrededor. Sobre el agujero ha sido colocado un artefacto de madera móvil para permitir la entrada; dos bases triangulares sostienen un tronco que un par de hombres con enormes manivelas –los machineros– hacen girar para que la soga eleve o haga descender un pequeño asiento, que no es más que un palo de unos 30 centímetros de largo.

Por ahí se baja cinco, diez o hasta 30 metros. Esto se conoce como “vertical” y la profundidad equivale a un edificio de 10 pisos. Hay varias galerías que son horizontales y pueden tener hasta 50 metros de largo. Aquí desaparecen la luz y el aire fresco. El calor oprime. Se pierde el aliento. Al fondo de una de las cavidades Manuel respira tranquilo mientras con ayuda de una linterna muestra las vetas de oro. Ahí trabaja en turnos de 24 a 48 horas, en equipos de tres personas: alguien pica, otro llena los sacos con tierra y el tercero los manda a la superficie con la ayuda de los dos machineros.

Los pesados bultos extraídos se envían a un molino en el que el material es triturado y lavado hasta que sólo queden pequeñísimos fragmentos de oro, que después serán fundidos con soplete para formar bolitas. Las que pesan un gramo son llamadas gramas y las menores son medidas en puntos hasta sumar 10. O sea que un punto es un décimo de gramo que se vende entre dos y tres dólares, más que un salario mínimo mensual venezolano.

Los mineros esperan ahorrar. De sus 32 años, Manuel lleva cuatro en esta mina de la zona de El Perú, vecina del pueblo de El Callao, en el estado de Bolívar, en lo que el gobierno designó como Arco Minero del Orinoco. Aunque se siente satisfecho de ganar más que en su natal Caracas, no ha juntado mucho porque todo es más caro ahí. Además, hay que pagar “piso” al grupo armado que controla el sitio.

Después, en la carretera Troncal 10 que lleva a Ciudad Guayana, la mayor de la región, hay que sobornar a los militares y guardias bolivarianos en los numerosos retenes.

Los riesgos son grandes. Tras la desaparición del fotógrafo venezolano Wilmer González, en 2018, un grupo de sus amigos periodistas, coordinados por Clavel Rangel, realiza el seguimiento de 39 casos más, cuyas historias se van presentando en la serie Fosas del silencio. El título indica la dificultad de obtener testimonios de “gente que está traumatizada”, dice Rangel. “Contar esto les puede traer la muerte”, agrega.

Los cuerpos son enterrados en tumbas clandestinas. Uno puede morir en una riña, herido en un accidente, atenazado por la malaria, torturado y asesinado por la organización criminal conocida como el sindicato; también la muerte se halla en las manos de la guerrilla colombiana, los militares… O aplastado en un derrumbe.

Manuel explica que nadie se ocupa de coordinar dónde se cavan los “barrancos” ni en qué dirección se abren las galerías. Como en la superficie hay tantos hoyos que parecen madrigueras, estando abajo uno se puede imaginar cómo está el subterráneo: debe tener más perforaciones que un queso gruyere. Es común que las galerías se topen, se encimen. “Arriba es como estar parado sobre el aire”, explica Manuel. “En cualquier momento la tierra cede y ellos caen, y los que estamos aquí no volvemos a salir”. No hay maquinaria de rescate.

El terror del comandante

Pese al riesgo, las mujeres hablan en una casa de una calle céntrica y muy transitada del pueblo de Tumeremo; cada vez que hay un ruido fuerte todas callan un instante y voltean hacia la entrada del lugar, después vuelven a presentar sus casos en voz bien alta.

Por la puerta de ese domicilio ya han ingresado soldados sin pedir permiso. El 10 de mayo de 2019 de aquí sacaron a golpes, frente a sus hijos pequeños, a Víctor Rivera, un mototaxista de 28 años.

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April 05, 2020