'Fue un error la lucha armada, pero éramos jóvenes arrinconados...'
Revista Proceso|September 29, 2019
'Fue un error la lucha armada, pero éramos jóvenes arrinconados...'
El martes 17, al cumplirse 46 años del homicidio del empresario Eugenio Garza Sada, Pedro Salmerón, entonces director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, calificó de “jóvenes valientes” a los miembros de la Liga Comunista 23 de Septiembre que participaron en el intento de secuestro y subsecuente muerte del industrial. En medio de la controversia detonada por dichas declaraciones, el exguerrillero Elías Orozco Salazar, quien participó en aquellos hechos, agradece los señalamientos de Salmerón, “fue un acto sincero de reconocimiento”, pero reflexiona sobre el “suicidio” de su lucha armada: “Éramos jóvenes arrinconados ante tanta injusticia (…) Hoy el país debe elegir la reconciliación”.
Por Luciano Campos Garza

MONTERREY.- Elías Orozco Salazar, uno de los guerrilleros que participaron en el frustrado secuestro de Eugenio Garza Sada, recuerda la fallida acción que acabó con la vida del empresario regiomontano. El operativo duró unos 30 segundos, pero la breve balacera cambió la historia de México. Minutos después de las 09:00 horas de ese lunes 17 de septiembre de 1973, seis hombres de la Liga Comunista 23 de Septiembre (LC23S) ejecutaban el plan que días antes diseñaron: una camioneta Ford pickup amarilla esperaba en la esquina de las calles Luis Quintanar y Villagrán, en la colonia Bella Vista de esta ciudad. Hilario Juárez, al volante, esperaba la señal.

El objetivo, un Galaxy negro con placas RHK 588 avanzó por la avenida Villagrán y se detuvo en la esquina. En el lugar del copiloto viajaba el empresario de 81 años. En el asiento trasero estaba alerta uno de sus escoltas, pegado a la ventana derecha.

En viajes anteriores Garza Sada era acompañado por otro auto con personal de seguridad, pero en esa ocasión sólo llevaba dos guardaespaldas.

Al ver su objetivo, Hilario atravesó la camioneta en un trayecto de izquierda a derecha cerrándole el paso. De la pickup descendió de un salto Elías, quien venía solo en la caja del vehículo y llevaba la pistola en la mano. Su función era ayudar al conductor a detener el coche del industrial.

Otro cómplice, el médico Miguel Torres, esperaba en la esquina como vigía. Aunque estaba armado, su misión era atender a la víctima en caso de que presentara algún problema de salud durante el secuestro y su cautiverio.

Bernardo Chapa, chofer de Garza Sada, era diestro en el oficio de guardaespaldas. Fue quien disparó primero su escuadra y desató la balacera; derribó a los guerrilleros Javier Rodríguez y Anselmo Herrera, quienes se aproximaron por la puerta donde estaba el empresario. Ambos atacantes habían esperado en la acera y recibieron los tiros a quemarropa. Eran jóvenes inexpertos y dejaron su vida en la calle sin haber accionado sus armas.

Orozco Salazar, conocido como Compañero Ulises, se aproximó al lado del conductor y le disparó cuatro veces. Torres, al ver la resistencia, se acercó al coche y también descargó su pistola contra Chapa, quien alcanzó a dispararle en el hombro izquierdo. Al final, el chofer-escolta quedó muerto frente al volante. El peritaje arrojó que tenía 17 impactos de bala.

El otro guardia que estaba en la parte trasera del coche, Modesto Hernández, alcanzó a desenfundar, pero no pudo defenderse. Fue acribillado por Edmundo Medina, quien lo atacó por el lado derecho del Galaxy. Él también disparó contra Chapa.

Cuando los escoltas fueron neutralizados Orozco Salazar rodeó el auto y encontró la puerta abierta. Garza Sada salía de la parte de abajo del tablero, donde se había refugiado. Pretendió sentarse, pero se fue reclinando lentamente en el asiento mientras gritaba agónicamente. Un instante después perdió el conocimiento.

El secuestrador lo jaló fuera del auto y Garza Sada quedó tendido en la calle, inerte. Orozco supuso que se había desmayado por la impresión. Le quitó la escuadra calibre 22 que portaba y lo jaló de los pies, pretendiendo llevarlo a la camioneta, mientras escuchaba a sus compañeros que desesperadamente le pedían que lo dejara y que se retirara.

Impaciente al punto del pánico, Orozco los encaró y les preguntó por qué no querían llevárselo. Le dijeron que el hombre estaba herido y se percató de que, ciertamente, sangraba. El empresario había recibido un balazo que le atravesó el tórax de derecha a izquierda.

Hilario bajó de la camioneta y vio los cuerpos tirados. “Qué bárbaros, qué mal nos vimos”, exclamó abatido. Ahí estaban sin vida Javier, su compadre, y Anselmo, un ingeniero agrónomo de El Mante.

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