El compromiso de León -Portilla
El compromiso de León -Portilla
No podía haber mayor consenso en la despedida al historiador: Era el sabio de la tribu, el último de los grandes humanistas mexicanos… Pero también el que ahondó como nadie en el mundo azteca, al grado de rescatar su pensamiento filosófico y su grandeza avasallada. León-Portilla abrevó en fuentes múltiples y se formó impecablemente. Dos influencias, entre muchas otras, son definitivas: Su paso por el seminario de los jesuitas –prácticamente desconocido– y su cercanía con el arqueólogo Manuel Gamio, su tío. Esos momentos los contó a la reportera Columba Vértiz para el libro inédito que él mismo calificó como “biografía periodística”, y que Proceso publicará próximamente. El trabajo surgió a finales de 2015, cuando el historiador aceptó una serie de entrevistas con un telón de fondo: el reto de ser “el portavoz de la palabra indígena”. Le gustó el título tentativo: Miguel León-Portilla: Revela todo por su pasión a los indígenas vivos y muertos.
Por Columba Vértiz de la Fuente

El historiador, humanista y hablante de náhuatl nació el 22 de febrero de 1926 en la colonia Santa María la Ribera de la Ciudad de México. Su madre fue Luisa Portilla Nájera, familiar del escritor Manuel Gutiérrez Nájera, fundador del modernismo literario en México, y su padre, Miguel León Ortiz, pariente del arqueólogo, antropólogo y sociólogo Manuel Gamio, impulsor de la arqueología moderna. Ella estuvo dedicada al hogar y él a la administración.

Miguel León-Portilla estudió la primaria en el Colegió México y la secundaria en el Colegio Simón Bolívar. La preparatoria la cursó en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), de Guadalajara, operado por los jesuitas. Dice él mismo que desde pequeño ya se interesaba en la filosofía, la literatura e incluso el derecho.

“Yo vengo de una familia tradicional mexicana, mis padres eran católicos. Estudié con los jesuitas, y con ellos terminé agnóstico, ¡casi ateo!”, enfatiza.

Cuando estaba en segundo año de secundaria –platica en su casa de Coyoacán– algunos maestros le hablaban de la vida religiosa, la entrega a Dios y el servicio del prójimo. En ese tiempo también le atrajo un artículo sobre la labor de los jesuitas entre los tarahumaras de Chihuahua. Entonces, a los 16 años de edad, decidió ser jesuita y se lo comunicó a su familia. Ingresó a estudiar al ITESO en 1942:

“Ahí terminé el ciclo preparatorio. Luego me enviaron al Ysleta College, en el Paso, Texas. Allí estaba por la época de la persecución religiosa. En el primer año del noviciado la enseñanza era sólo religiosa. Leíamos obras como Historia de los papas, del austriaco Ludovico Pastor; Historia de la Compañía de Jesús en los países de habla española, del padre Astrain; e Historia de la Iglesia en México, del padre Mariano Cuevas.

“Al segundo año iniciamos un primer curso de humanidades. Se estudiaba la gramática latina y la historia de México. Concluidos los dos primeros años, llegaba el momento de pronunciar los votos de obediencia, pobreza y castidad perpetuos. En el tercer año seguíamos con los cursos de latín e iniciábamos los de griego, ya que la totalidad del Nuevo Testamento está en esa lengua.

“El estudio del griego y de su literatura, sobre todo de los dramaturgos Esquilo, Sófocles y Eurípides, me atrajeron mucho.”

En el último año de las clases de humanidades, el estudiante más destacado ofrecía un discurso en griego en la fiesta de San Juan Crisóstomo. León-Portilla fue seleccionado.

Con el entonces presidente Manuel Ávila Camacho se calmaron los conflictos religiosos. Retornaron estudiantes de Ysleta al Estado de México, cerca de Santiago Tianquistengo:

“Los jesuitas habían comprado ahí un amplio terreno. Fue muy grato ese lugar para mí. El predio estaba muy arbolado y a través de él corría un pequeño río. Ahí permanecí tres años. Al primer año, falleció mi padre de un infarto. Ahí pensé en salirme para ayudar a mi madre, hermana y hermano; sin embargo, mi madre me impulsó a seguir estudiando.”

De nuevo regresó a Ysleta: “Ahí iba a estudiar un año de ciencias y tres de filosofía. Mi primer tropiezo fue en el curso de epistemología, que es la rama de la filosofía que versa sobre el conocimiento humano, y por mi cuenta me acerqué a estudiar a David Hume y a Emanuel Kant. ¡Ellos me encaminaron al campo de la duda y los cuestionamientos!

“Llegué a la conclusión de que el conocimiento metafísico es imposible. Si no hay conocimiento metafísico, ¿puede usted demostrar la existencia de Dios?, ¡noo! ¿Puede usted demostrar que tiene un alma?, ¡noo! ¿Puede usted demostrar que hay un más allá?, ¡noo! ¿Puede usted demostrar que tenemos una voluntad libre?, ¡noo! Y yo me lo tomé muy en serio. Habrá muchos que lo tomen a la ligera o que no les interese.

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October 06, 2019