Interno,El Puente A La Libertad
Cosmopolitan en Español - México|Junio 11 - 2019
Interno,El Puente A La Libertad

Aquí los comensales sacian su apetito y las mujeres cocinan a fuego lento sus sueños, ellas habitan la prisión de Cartagena, Colombia y Johana Bahamón es la alquimista de las segundas oportunidades.

Adrián Atehortúa

El mayor temor de Candelaria Jiménez era tener contacto con la gente de afuera, donde la belleza perpetua de la ciudad es insuperable. Adentro, en medio del aire húmedo que también parece prisionero, Candelaria y las demás mujeres corren noche tras noche a darse los últimos retoques en sus celdas donde nadie puede verlas, excepto otras reclusas. Faltan pocos minutos para las 7 p.m. y el restaurante abra de nuevo. A esa hora deben estar todas listas en sus puestos, ya sea en la cocina o entre las mesas. Tenis, pantalón negro holgado, delantal en la cintura, una camiseta estampada que dice “yo creo en las segundas oportunidades”, trazos sobrios de maquillaje y un turbante colorido como corona. Cualquier cosa que pase afuera no tienen forma de saberlo, porque en el mundo en el cual ellas viven siempre hay cuatro esquinas y allí siempre habrá lo mismo. Lo único que separa el mundo de afuera del mundo de adentro es una puerta metálica que, contrario al prejuicio, para ser la puerta de una cárcel no tiene mayor nivel de seguridad: una reja y un par de candados. Cualquiera que viva o visite Cartagena sabe que se está en constante movimiento en una dinámica ineludible y antiquísima, casi legítima por costumbre, en la que la ciudad acerca (sin revolver) esos mundos extremos que son la gente más “exclusiva” del planeta con la más marginada. Incluso esto lo saben las internas de la cárcel de San Diego, a pesar de vivir años encerradas y sin cruzar esa puerta de poca seguridad, porque este centro carcelario se encuentra en un rincón de la zona más privilegiada de la ciudad amurallada, rodeado de hoteles cinco estrellas. Sin embargo, la idea de juntarse con ese otro mundo ni siquiera se concebía pues sencillamente esta cárcel ha permanecido siglos como un punto invisible para el resto de la urbe, hasta que llegó Johana Bahamón con su fundación Acción Interna y dijo: “Vamos a abrir un restaurante en esta cárcel”. Y sí, lo abrió.

¡Es real!

Cuando todas supieron que era verdad y no otra promesa rota en vano, como tantas que se dicen en las cárceles de Colombia, Candelaria Jiménez, quien ha estado tres veces presa por vender drogas y solo conocía ese mundo clandestino, se dio cuenta de que lo que más miedo le daba de ser mesera en el restaurante Interno de la cárcel de mujeres de Cartagena era tener contacto con la gente que venía de afuera a comer. “Pues ellos saben que uno está preso y a mí sí me daba temor que por ser interna me discriminaran. Pero empecé y ya luego vi que no, son amables, lo tratan a uno bien y vienen con gusto”. Durante dos años, Candelaria fue una de las mejores meseras del restaurante y, dice, esta responsabilidad le ayuda a sobrellevar la monótona dinámica de estar todo el día entre celdas; es lo mejor que le ha pasado en la cárcel, afirma sin duda alguna.

Cómo empezó todo

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Junio 11 - 2019