TENEMOS LAGRIMALES, AL IGUAL QUE UN ESCAPE.. DE AUTO.

Men's Health en Español|Mayo 2020

TENEMOS LAGRIMALES, AL IGUAL QUE UN ESCAPE.. DE AUTO.
Un veterano de la guerra de Iraq engañó a la muerte muchas veces, pero llevaba una pesada carga. COMPARTIR ESA CARgA FUE LA CLAVE PARA LIDIAR CON ELLA.
LAUREN LARSON
DESDE ARRIBA, HABRíAS VISTO DOS HUMVEES abollados avanzando a toda velocidad por una carretera iraquí, uno detrás del otro, rodeados de kilómetros y kilómetros de terreno desértico. Mientras se acercaban a un paso a desnivel, uno se movió hacia el carril de la izquierda y el otro al de la derecha. Posteriormente, se incorporaron al mismo carril. Era julio del 2003 y todos los días explotaban vehículos militares –los insurgentes solían lanzar granadas desde lo alto de las desviaciones en las carreteras. Bobby Somers, un especialista de 23 años del ejército de Estados Unidos, estaba conduciendo el segundo Humvee, apodado Bertha. Tenía una mano en el volante y la otra en una ametralladora que apuntaba a la ventana. Había un pequeño audífono en su oído izquierdo, con el cual escuchaba el álbum Get Rich or Die Tryin’ de 50 Cent. Estaba conectado a un reproductor de discos debajo del asiento. Somers había conducido miles de kilómetros así sin enfrentar ningún problema y se sentía invencible. Mientras el auto cruzaba otro paso a desnivel, Somers vio una lata de Mirinda naranja rebotando en el cofre, clink, clink, clink. En menos de un segundo notó que la lata había sido cortada y tenía una granada dentro. Vio la luz que emanaba desde las grietas mientras ésta explotaba. El impacto destruyó el parabrisas de Bertha, lanzando vidrio hacia el rostro y las orejas de Somers. Dado que el auto avanzaba muy rápido, el viento se llevó una gran parte de los fragmentos que se dirigían hacia él. Sobrevivió y regresó al servicio poco tiempo después.

Esa fue la primera vez que Somers casi muere. La segunda vez fue en enero del siguiente año. Mejor equipado ahora – había comenzado a usar su protector de cuello–, Somers estaba conduciendo de nuevo cuando alguien disparó un cañón howitzer. No recuerda mucho después de eso. El proyectil empujó al Humvee hacia otro carril mientras explotaba.

Somers despertó unos minutos más tarde invadido por el pánico. Pensaba que iba tarde para un entrenamiento de futbol. Luego vio la pólvora, la tierra y la sangre. Fue llevado a un hospital de campo. Había un sargento sentado junto a su cama, temblando.

Después de ambos ataques, a Somers le ofrecieron irse a casa por cuestiones médicas, pero se quedó. “Recuerdo cuando volví a subirme a ese camión, estaba llorando”, dice. “No quería conducir, pero me asustaba más que los demás supieran que tenía miedo”.

Lo cual nos lleva a otra ocasión en la que Somers casi muere, años después de haber terminado su servicio en Iraq, mientras se encontraba en casa en Texas. Fue al baño, puso un arma en su boca y casi tiró del gatillo. El destino había intervenido dos veces para salvar su vida. Ahora necesitaría otro tipo de ayuda.

“ERA UN SOLDADO”, DICE SO-MERS DE 39 AñOS el día que nos vemos, como si esa in-formación explicara todo de inmediato. Estamos en Performix House en Manhattan, la sede de una compañía que empezó vendiendo suplementos y ahora incluye un gimnasio de élite.

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