Switch to previous version of Magzter
Protegiendo la cabeza
Protegiendo la cabeza
Cómo un mariscal de campo del Salón de la Fama y un científico inconformista en Florida, un neurocirujano y un equipo de ingenieros en Seattle y una pareja china en la Facultad de Medicina de Harvard están compitiendo para prevenir y curar lesiones cerebrales.
Por Scott Eden. Fotos Hannah Whitaker

EL DOCTOR JAKE VANLANDINGHAM, neurocientífico de 45 años quien ha pasado casi una década tratando de desarrollar un medicamento que cree que puede curar las conmociones cerebrales, trabaja desde su automóvil. O se sienta en la mesa de la cocina de la casa que alquila en Tallahassee, Florida. “Somos virtuales”, le gusta decir de su compañía de ocho empleados, Prevacus. En 2018, cuenta, vendió la casa de su familia para mantener viva su nueva empresa. Ya había recaudado y gastado millones en las pruebas de toxicología, solicitudes de patentes, honorarios de abogados y gastos generales de la compañía, necesarios para llevar su medicamento a las pruebas clínicas de fase 1 en humanos, una etapa vital en el arduo viaje hacia la aprobación de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés).

Cuando lo visité en julio, nos llevó a recorrer las carreteras, bordeadas de robles de Tallahassee en su SUV Hyundai, mientras nos explicaba su medicamento en medio de llamadas con posibles inversionistas. Cuando habla, las palabras surgen con un acento casi teatral. Nacido y criado en el mango de la Florida, VanLandingham, vástago de un clan de productores de hortalizas con más de mil acres cultivados, es delgado y alto, con el pelo cano. Estaba vestido con una camisa polo, jeans y un par de chanclas, el uniforme de todo padre de familia en Florida. (Él es el padre de cuatro).

VanLandingham estaba de buen humor. La última parte de una subvención prometida se haría realidad en cualquier momento, dijo. Con ese dinero, por fin podría iniciar las pruebas de seguridad de la Fase 1, en una clínica de investigación en Adelaida, Australia. (Muchas empresas pequeñas de biotecnología de Estados Unidos van a Australia para la Fase 1 porque es más barato). Si esto ocurre, el suyo será el primer medicamento, dirigido específicamente a tratar conmociones cerebrales, probado en humanos.

Recaudar fondos ha sido difícil, señaló, en parte debido a la naturaleza confusa de las conmociones cerebrales. Cada persona experimenta una conmoción cerebral de manera diferente. Entre el 10 y el 15% de las personas que sufren una sola conmoción cerebral tendrán problemas cognitivos durante más de un año. Nadie sabe por qué. El llamado síndrome post-conmoción cerebral, o PCS, puede implicar problemas de concentración, atención, memoria y juicio, así como dolor de cabeza, mareos, falta de equilibrio y visión borrosa. También son posibles las anormalidades del sueño, ansiedad, ataques de pánico y depresión. Los niños son más vulnerables a las conmociones cerebrales que los adultos, y les lleva más tiempo recuperarse. Según la Academia Estadounidense de Pediatría, 1.9 millones de niños sufren conmociones cerebrales relacionadas con el deporte cada año, hasta 285 mil de ellos podrían tener síntomas durante el siguiente año. En Estados Unidos, alrededor de 2.8 millones de personas son diagnosticadas anualmente con una conmoción cerebral, algunas de ellas famosas, en la NFL, la NHL o incluso la MLS. Una fracción de ellos experimentará síntomas de conmoción cerebral por el resto de sus vidas. Ahí afuera está el abuelo que después de una caída, tiene vértigo permanente. Ahí afuera está la saludable niña de 20 años, cuya vida quedó marcada con migrañas debilitantes, luego de una sola conmoción cerebral. Ahí afuera está el adolescente al que, después de una lesión en la cabeza, se le dificulta entender las palabras cuando está leyendo.

Sin embargo, hoy en día el único tratamiento médico aceptado para las conmociones cerebrales sigue siendo el descanso y el tiempo, lo mismo que siempre ha sido, y el mismo tratamiento que puedes utilizar para una cruda. Ahora hay un auge en la investigación de lesiones cerebrales. Abarca no sólo la ciencia básica y el desarrollo de fármacos, sino también diagnósticos, equipos deportivos y terapias no farmacológicas. Al menos seis organizaciones –entre startups y programas universitarios de investigación– se esfuerzan por desarrollar medicamentos para las conmociones cerebrales. Hay esfuerzos para idear un método aprobado por la FDA para diagnosticar conmociones cerebrales, incluidos nuevos análisis de sangre, escáneres cerebrales avanzados y sistemas que utilizan inteligencia artificial para interpretarlos. Ya hay nuevos cascos deportivos. Materiales futuristas. Collares que parecen gargantillas y que constriñen la yugular para evitar que el cerebro se mueva dentro del cráneo. Cámaras hiperbáricas de oxígeno. Terapia oculomotora. Fuera de este campo, un grupo, el de VanLandingham, está tratando de crear un tratamiento que alivie los síntomas y acelere la recuperación. Otro, una empresa nueva de cascos, está tratando de mitigar las colisiones en la cabeza de los deportes de contacto, lo que posiblemente salva a esos deportes de una calamitosa caída en la participación. Y un tercero, en Boston, está probando lo que cree que podría ser una cura para la degeneración neurológica a largo plazo, asociada con golpes repetidos en la cabeza. Todos abordan un mercado potencial multimillonario.

Los misterios permanecen, y VanLandigham ha dedicado su vida a resolverlos. “A lo largo de la historia de la medicina clínica, la noción para las conmociones cerebrales ha sido: no hay nada que hacer para eso, acuéstate, y con suerte estarás dentro del 85 por ciento de las personas que mejoran en un par de semanas y continúan su vida”, dice. “Lo que siempre digo es que, si un centenar de personas se cayeran de una maldita escalera hoy, 15 de ellas se romperían un brazo y ¡trataríamos la fractura! ¿Por qué demonios no estamos tratando a sus lastimados cerebros? No tiene ningún maldito sentido para mí, perdona mi lenguaje”.

EL SPRAY

La breve historia de la teoría moderna sobre las conmociones cerebrales comenzó en la década de 1980, cuando el doctor John Povlishock, neurólogo de la Facultad de Medicina de Virginia Commonwealth University, provocó lesiones cerebrales traumáticas, o TBI por sus siglas en inglés, a animales, los sacrificó en cuestión de horas y luego examinó sus cerebros con un microscopio electrónico. Una y otra vez, en el cerebro de animal tras animal, no detectó ningún cambio anatómico, justo después de la lesión. Existía una especie de retraso, de entre unos minutos a unas horas, antes de que se pudiera observar el daño causado por la lesión. Esto sugirió una ventana de oportunidad. Si actúas lo suficientemente rápido, puede que logres interrumpir la cascada de daño neuronal que eventualmente ocurrirá. Tal vez, puedas hacer algo al respecto.

Los hallazgos de Povlishock desencadenaron una oleada de entusiasmo por parte de la ciencia médica. Los científicos comenzaron a buscar intervenciones farmacológicas para lesiones cerebrales. Más de 30 medicamentos pasaron por ensayos en humanos en la década de 1990 y principios de los 2000. En los círculos médicos, el historial de estos medicamentos sigue siendo una advertencia sobre el método científico. Así me lo contó el doctor James Kelly, neurólogo y asesor de Prevacus: “Todos fallaron”.

Luego de estas decepciones de alto perfil, la investigación sobre los tratamientos para lesiones cerebrales se calmó. Sin embargo, la depresión no duró mucho. Las lesiones, ocurridas en el campo de batalla, de los soldados que regresaron de Irak y Afganistán fueron, desde el principio, conmociones cerebrales y lesiones cerebrales traumáticas de todo tipo. Rápidamente, el Departamento de Defensa de Estados Unidos comenzó a canalizar dólares para investigación a los departamentos de neurología e instituciones de salud pública de aquella nación. Luego, en 2005, el doctor Bennet Omalu, publicó los resultados de una investigación que comenzó con la autopsia del fallecido Mike Webster, ex jugador de los Acereros de Pittsburgh. El doctor Omalu descubrió que el cerebro de Webster estaba plagado de proteínas tau, una característica definitoria de la encefalopatía traumática crónica, CTE por sus siglas en inglés, la enfermedad cerebral degenerativa progresiva que muchos (pero no todos) los científicos creen que es el resultado de golpes repetidos en la cabeza.

En el momento del descubrimiento del doctor Omalu, VanLandingham estaba haciendo su investigación postdoctoral en la Universidad de Emory, y sabía un poco sobre las conmociones cerebrales. En 1991, como estudiante de tercer año en Florida High en Tallahassee, era el mariscal de campo estrella. Era capaz de lanzar una espiral perfecta a 70 yardas y correr las 40 en 4.5 segundos. Los reclutadores de muchos programas universitarios lo estaban cortejando, incluidos los Seminoles de la Estatal de Florida. Después, vinieron una serie de lesiones, un esternón roto, varias fracturas en la mano derecha (con la que lanzaba) y, sí, múltiples conmociones cerebrales que efectivamente, terminaron con su carrera deportiva. Después de una temporada en la División II en la Estatal de Valdosta, en Georgia, dejó el deporte y regresó a Florida en donde se graduó en biología.

Continue Reading with Magzter GOLD

GoldLogo

Get unlimited access to thousands of curated premium stories and 5,000+ magazines

READ THE ENTIRE ISSUE

Enero 2020