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Entre la pastilla y la pared
Entre la pastilla y la pared
Una nueva investigación revela que el consumo prolongado de antidepresivos puede aumentar tu riesgo de padecer problemas serios de salud. Sin embargo, cortar las medicinas de tajo también presenta su propia serie de riesgos.
Por Oliver Broudy

COMENCÉ HACE COMO CINCO AÑOS. Mis hijos tenían dos y cuatro años, mi esposa era una extra-ña y mi vida profesional parecía una avalancha de incertidumbre y estrés. Por la mañana, el aire olía a cenizas; por la tarde, el sol parecía sangre. Cuando la gente abría la boca, me les quedaba viendo con la mente en blanco. Todo lo que escuchaba era el aullido de los orcos.

Más de la mitad de los hombres con síntomas de depresión (y quienes podrían beneficiarse de los antidepresivos) no buscan ayuda profesional. Yo no soy uno de esos hombres. Mi doctora de cabecera me recetó 150 mg de bupropión, una dosis inicial. Me quejé y la duplicó.

La vida se volvió menos dura. Descubrí una nueva resiliencia emocional. Las disputas maritales dejaron de provocar un aislamiento total. Campanas de viento reemplazaron el sonido de la fatalidad.

Hoy en día, la vida se siente casi normal. Todas las mañanas me levanto tarareando como un idiota. Alimento a los niños, riego las plantas, tomo la pastilla. Diablos, podría hacer esto para siempre. Mucha gente lo hace. Según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, el 8.6 por ciento de los hombres de 12 años en adelante consumen actualmente antidepresivos, hasta un 5.1 por ciento más que en 2002; asimismo, aproximadamente una quinta parte de ellos lo ha estado haciendo durante 10 años o más.

El problema es que hay muchas cosas que no sabemos sobre los antidepresivos, y cómo y por qué interactúan con el cerebro, en gran parte porque no entendemos por completo cómo funciona el cerebro. Lo que sí sabemos es que hay investigaciones recientes que sugieren que algunos antidepresivos –incluidos los conocidos como inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (SSRis, por sus siglas en inglés)–, pueden aumentar el riesgo de padecer ataques cardíacos, convulsiones y demencia, entre otras cosas. Por supuesto, los datos siguen siendo bastante pobres, más correlación que causalidad. Y nadie ha llevado a cabo una investigación de largo plazo que siquiera se acerque al tiempo que la gente los ha consumido, en algunos casos 25 años.

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Enero 2020